BTS como herramienta diplomática: cómo Corea del Sur usó sus conciertos en México para hablar de comercio

BTS

El 6 de mayo, los siete integrantes de la banda más importante del K-Pop, BTS, llegaron al Palacio Nacional de Ciudad de México. La presidenta Claudia Sheinbaum los recibió en el interior y luego salió con ellos al balcón que da al Zócalo, donde 50.000 personas los esperaban en la plaza más simbólica del país. Dos días después, el Estadio GNP se llenó tres noches seguidas —los días 7, 9 y 10— con más de 70.000 personas cada una. Las entradas se habían agotado en menos de 40 minutos cuando salieron a la venta.

Lo que siguió al espectáculo no fue solo cobertura cultural. El 14 de mayo, el presidente de Corea del Sur, Lee Jae Myung, llamó por teléfono a Sheinbaum. El ministro de Comercio surcoreano, Yeo Han-koo, estaba en ese momento en Ciudad de México reunido con el secretario de Economía, Marcelo Ebrard. Ambos acordaron establecer un mecanismo de diálogo estratégico de comercio e inversión. Lee le dijo a Sheinbaum que había llegado el momento de «reanudar a la mayor brevedad posible las negociaciones del tratado de libre comercio entre Corea y México». Sheinbaum aceptó la invitación a una futura visita de Estado de Lee a México. BTS había abierto una puerta que en el terreno diplomático llevaba tiempo trabada.

El contexto que le da peso al gesto

La coincidencia entre los conciertos de BTS y la ofensiva diplomática coreana no fue casual. En diciembre de 2025, el Congreso mexicano aprobó una reforma arancelaria que impuso aumentos de hasta el 50% en las importaciones de más de 1.400 productos provenientes de países con los que México no tiene tratado de libre comercio. Entre esos países: China y Corea del Sur. Los aranceles afectan directamente a textiles, calzado, electrodomésticos, automóviles y autopartes —rubros en los que las más de 2.000 empresas coreanas instaladas en México tienen intereses concretos.

La presión arancelaria convirtió la negociación de un tratado de libre comercio México-Corea en una urgencia para Seúl. México es el principal socio comercial de Corea del Sur en América Latina y el décimo a nivel mundial. Perder competitividad en ese mercado por un arancel del 50% es un daño económico real. BTS, con sus conciertos agotados en 40 minutos y sus 50.000 fans en el Zócalo, fue el contexto ideal para que Seúl avanzara en esa negociación con el pie en el acelerador.

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El Hallyu como instrumento de Estado

Lo que ocurrió en México en mayo de 2026 es la expresión más visible y mediática de lo que Corea del Sur lleva construyendo desde finales de los años noventa: el Hallyu, o «ola coreana», una estrategia de expansión cultural que combina la iniciativa privada de la industria del entretenimiento con el respaldo activo del Estado para abrir mercados y generar poder blando.

El término fue acuñado a fines de los años noventa por funcionarios chinos que observaron la expansión de la cultura popular coreana en Asia. Seúl lo adoptó como política de Estado: el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Comercio Exterior diseñaron instrumentos de apoyo a la exportación de contenidos culturales —dramas, música, gastronomía, moda, cine— con la misma lógica con la que apoyan las exportaciones industriales. El Hallyu contribuye hoy hasta un 5% de crecimiento anual al PIB coreano, según un análisis de la ONU Comercio y Desarrollo.

El Servicio Nacional de Pensiones de Corea del Sur es un accionista relevante de HYBE Corporation, la empresa productora de BTS, lo que ilustra con precisión la imbricación entre el Estado, el capital privado y la industria cultural en el modelo coreano.

México no es un caso aislado en la estrategia coreana. América Latina en su conjunto se convirtió en uno de los principales mercados de expansión del Hallyu en los últimos diez años. México, Perú, Argentina, Colombia y Brasil están en el top 10 mundial de países con más fans de BTS. Chile, Perú y Colombia ya firmaron tratados de libre comercio con Corea del Sur. Ecuador y otros países negocian los propios.

BTS y la diplomacia: ¿herramienta o coincidencia?

La pregunta que el episodio en México deja flotando es si BTS es un instrumento deliberado de la diplomacia comercial coreana o si la conexión entre los conciertos y las negociaciones fue una oportunidad aprovechada pero no diseñada.

La respuesta más honesta es que probablemente es las dos cosas. Pero que el ministro de Comercio coreano viajara a México en la misma semana de los conciertos de BTS, se reuniera con Ebrard, y el presidente Lee llamara a Sheinbaum el mismo día en que Trump y Xi se reunían en Pekín para redefinir el orden mundial, no fue una coincidencia. Fue una operación diplomática ejecutada con precisión sobre el terreno que la cultura popular ya había abonado.

Sheinbaum fue cautelosa cuando le preguntaron sobre el tratado de libre comercio. «Eso todavía no existe», dijo en su conferencia matutina. «Tenemos que ir paso a paso.» Pero el mecanismo de diálogo estratégico quedó acordado, el ministro coreano se reunió con Ebrard, la presidenta invitó a Lee a una visita de Estado, y BTS volvió a México después de años de ausencia. La dirección del movimiento está clara aunque la velocidad sea incierta.

El sueño coreano en América Latina

Detrás de los conciertos y de las negociaciones hay algo más profundo: una transformación en cómo América Latina mira a Asia. Durante décadas, la región tuvo una relación con el continente asiático mediada principalmente por China, sus inversiones en infraestructura y su demanda de materias primas. Corea del Sur ofrece una alternativa diferente: tecnología avanzada, cultura popular de alcance masivo, industria automotriz y electrónica, y un modelo de desarrollo que los latinoamericanos miran con respeto genuino.

Para millones de jóvenes latinoamericanos, Corea del Sur no es solo el país de BTS. Es también el país que muestra que el desarrollo acelerado es posible. Al final, es el soft power más efectivo de todos: no el que convence, sino el que inspira.

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Periodista con sede en Brasil, experto en Relaciones Internacionales.