La efímera belleza del cerezo en Buenos Aires

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Se acerca el hana fubuki, la lluvia de pétalos  del cerezo que en la cosmovisión japonesa es el momento más intenso de esa contemplación colectiva que arranca a millones de japoneses del trabajo y sucede también en Palermo.

Durante acaso una semana a partir de hoy, la contemplación del cerezo en flor en el Jardín Japonés permitirá celebrar en tierras australes, nuestro propio hanami: esa fiesta popular que arranca a los japoneses del trabajo y los arroja a las plazas en primavera –motivados por una floración– algo que aquí sucede en invierno.

Los cerezos florecen en el Japón central un día concreto pero impredecible –entre fin de marzo y comienzo de abril– y la sociedad comienza a especular un mes antes: los informes meteorológicos en la TV siguen la evolución de las flores para profetizar el día en que las masas saldrán a los parques embelesadas: en una sociedad donde los sentimientos se guardan hacia adentro, cuando algo despierta una pasión, la liberación llega con desmesura. Y son millones los que salen a los parques y bosques a contemplar la flor, mientras los medios no hablan de otra cosa: suele ser la gran noticia del año. Y al aire libre allí cantan, ríen a carcajadas, comen y beben sake sin contemplaciones.

Se dice que un verdadero japonés llega a reconocer esa floración por su levísimo aroma entrando en la ventana. Salvando las distancias, algo emparentado a lo anterior se está viviendo en estos días en el Jardín Japonés porteño, donde los cinco pétalos rosados se han abierto en las dos hileras de árboles en el Sendero de los sakuras y en otros desperdigados por el parque, sumando unos treinta ejemplares con miles de flores, la mayoría traídos de la isla de Okinawa.

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urante acaso una semana a partir de hoy, la contemplación del cerezo en flor en el Jardín Japonés permitirá celebrar en tierras australes, nuestro propio hanami

Una fiesta con formas propias en cada continente

En Japón la Fiesta del Hanami equivale a nuestra celebración de la primavera, aunque se parecen poco y nada. En los parques de todo el país el suelo se subdivide con decenas de miles de lonas plásticas –todas azules– donde se sientan los compañeros de trabajo, usando como mesa a las cajas de sushi y otras delicias. En el jardín porteño no hay lonas pero tienen sillas en distintas opciones gastronómicas.

Ese modo fotográfico de percibir el mundo inventado por los japoneses –ahora universal– se multiplica hasta el arrebato en la semana del Hanami: ancianos, oficinistas, monjes budistas de túnica roja, mujeres en kimono y toda clase de gente, fotografían la flor zen.

La lluvia de pétalos

Una semana después de la floración, las brisas producen la lluvia de pétalos hana fubuli –nevada de flores– y se oye a la gente exclamar a coro largos «ooooooooohh» que arrancan bajo, se elevan y decaen extinguiéndose. Es el momento cumbre, marcado por la categoría estética del mono no aware: es una conmoción que atraviesa el alma por ese resquicio ínfimo entre el elogio y la aflicción. Es una belleza fugaz y punzante, que irrumpe y desaparece con una potencia que no condice con la sutileza del hecho. Ese sentimiento agridulce nace del vuelo lánguido del sakura en el vacío, simbolizando el paso del tiempo a través de las estaciones; la hermosura se va, se pierde volando. Este sentimiento está enraizado en el desapego del zen con su doctrina de la impermanencia y la transitoriedad de las cosas: si todo fuese eterno e inmutable, perdería su capacidad de conmoción.

La máxima belleza de la flor no es cuando se abre -como se lo vería en Occidente- sino al marchitarse. Esa vivencia se está acercando en Buenos Aires.

El sakura y el milenario arte de los jardines japoneses

El sakura es clave en el milenario arte de diseñar jardines en Japón. A diferencia de Occidente, donde son pensados como simples lugares de paseo, los jardines japoneses se conciben como un ámbito zen de contemplación. Según esa filosofía, meditar supone la captación directa de la realidad, sin la interferencia del pensamiento y el lenguaje que alteran las percepciones más puras e instintivas. Para realizar estos ejercicios de mente en blanco y alcanzar –algún día– el nirvana, hace falta un ámbito de armonía natural y silencio perfecto que permitan profundísimos niveles de concentración. Para este fin, despojados de toda suntuosidad y con sumo simbolismo, se diseñan jardines japoneses.

Buenos Aires, curiosamente, tiene el que quizá sea el más estético fuera de Japón, una obra maestra creada en 1967. Su emblema es un rojo puente curvo –un taiko-bashi— que por su forma y peldaños, es incómodo de transitar: determina la forma cuidadosa de caminar. Porque conduce a la «isla de los dioses y los tesoros». Y para un mortal, no debe ser sencillo llegar a ellos. En esa isla hay una pequeña cascada que representa el origen de la vida.

 

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En otro sector del jardín hay un puente yatsu-hashi –»puente de las decisiones»– cuyo zig-zag deriva del ideograma que simboliza el número 8. Es una plataforma truncada casi al ras del agua: según manda la tradición, las personas deben atravesarlo antes de tomar una decisión de peso. Y conduce a la «isla de los remedios milagrosos».

El origen del hábito de juntarse en familia y con amigos a comer, tomar licor de arroz y a cantar bajo los sakuras, se consolidó en el Período Heian (794-1185) como una forma de esparcimiento de nobles y militares. Y en el periodo Edo (1600-1868) se popularizó.

En Japón se acostumbra ir a contemplar el sakura al amanecer, buscando la nubosidad a ras de tierra y en los lagos que generan las gotitas de rocío evaporándose con el sol. La belleza velada muestra y oculta: erotismo de la naturaleza.

Desde el lado del budismo zen, la iluminación se puede alcanzar luego de días observando la naturaleza sin hablar, despertada por una hoja de sakura que cae en un estanque.

De la exaltación romántica a la melancolía en una semana

A partir de una flor, los japoneses pasan de la exaltación romántica, a una honda melancolía en una semana, al llegar el hana fubuli. Hay belleza en la pérdida: la finitud dentro de todo ciclo es necesaria y ese mono no aware cuela su aire de nostalgia en todo el arte tradicional, la ceremonia del té, el ikebana, el cine y el manga. Es un sentimiento de deleite y melancolía ante la frágil fugacidad de la vida; esta transitoriedad del existir potencia la captación de la belleza; en el momento cúlmine de la belleza, caen petalos.

La belleza llega y se va; agoniza en su cumbre. Un samurái comete sepuku y muere creando un instante eterno, su mayor gloria. Es un final apoteótico, incluso bello. Por eso el sakura es el símbolo del Bushido, el código de ética samurái. Así como la flor cae y muere en la cima de su encanto, el guerrero se inspiraba en ese modelo efímero para cultivar el desapego por la vida propia y estar dispuesto a darla: «vivir como si ya estuviésemos muertos»: este es el ideal de una muerte gloriosa y bella como el sakura.

 

Nota: Julián Varsavsky es autor del libro Japón desde una cápsula: Robótica, virtualidad y sexualidad (Adriana Hidalgo Editora). Artículo publicado originalmente en Página 12 y compartido por autorización de su firmante.

 

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Es licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Ha publicado medio millar de crónicas en Página 12, National Geographic, Clarín, Anfibia, Altair, Brando, Reforma, Soho y Lonely Planet. Es autor del libro Japón desde una cápsula (Adriana Hidalgo Editora) y coautor de Corea, dos caras extremas de una misma nación (Continente). Dirige el taller de crónica Viajar para contarla (Anfibia, Fundación Tomás Eloy Martínez). Es también fotógrafo y documentalista.