A comienzos de 2020 el número de casos de Covid-19 en Taiwán era tan bajo que –comparado con muchos países occidentales– parecían inverosímiles: 322 contagiados y 5 muertes en 3 meses de pandemia. Poco después, reportaron más de 200 días sin un nuevo caso. Y la cifra actual –en el contexto mundial— es poco menos que admirable: 853 muertes en toda la pandemia (en los últimos 8 meses han muerto 14 personas). El dato es aún más significativo al considerar que, siendo uno de los países con mayor densidad de población del mundo (23,5 millones de habitantes en un territorio como el de nuestra provincia de Formosa, para colmo con vastos sectores montañosos deshabitados), nunca necesitaron confinar a la población.
La República de Taiwán está justo enfrente de China, a 180 km de la provincia de Hubei, cuya capital es Wuhan.
Para dimensionar datos, se podrían comparar los de Taiwán –más allá de la diferencia de proporciones— con los de EEUU, que en los próximos meses llegará a un millón de muertos. Es más ilustrativo comparar con un país como el Perú, que tiene la tasa de mortalidad más alta del mundo, con 634 muertos por cada 100.000 habitantes. La tasa de Taiwán es 3,61 muertos por cada 100.000 habitantes. Si lleváramos los números a términos futbolísticos, Taiwán –y otros países del Este de Asia— le “ganan por goleada” a prácticamente cualquier país de Occidente; con el agregado de que en Taiwán las actividades productivas nunca se detuvieron.
¿Cómo hizo Taiwán para tener cifras tan sorprendentes?
En primer lugar, su sistema de salud es de alta calidad y de acceso universal: todos portan una tarjeta electrónica con la historia clínica de cada persona almacenada en una nube. Cuando una persona va al médico, este puede revisar su historial de los últimos años. Por otra parte, Taiwán, al igual que otros países asiáticos, ha enfrentado antes pandemias de otros coronavirus. En 2003 el SARS dejó muchas lecciones: se creó el sistema de respuesta hospitalaria para enfermedades infecciosas emergentes, así como infraestructura especial con salas exclusivas para el tratamiento de pandemias, con sus propios protocolos.
«todos portan una tarjeta electrónica con la historia clínica de cada persona almacenada en una nube»
Además, en Taiwán el Estado reaccionó con buenos reflejos. El 31 de diciembre de 2019 se supo del Covid y al siguiente día se estableció un centro de mando para coordinar las acciones. Cuando se detectó el primer caso el 23 de enero de 2020, ya estaba todo planificado. Para detectar posibles nuevos contagiados usaron la tecnología, rastreando a todas las personas con las que había estado en contacto cada infectado durante los últimos días. Todas esas personas, aunque dieran negativo en el test, entraban en cuarentena.
Instalaron un control a la llegada de los viajeros internacionales y todos, sin excepción, debían hacer cuarentena al llegar, aunque diesen negativo en la prueba, sirviéndose de la tecnología para asegurarse de que cumplieran. Un diplomático de un país europeo que había entrado a Taiwán, rompió su cuarentena 15 minutos antes de que esta terminara, saliendo a la calle a tirar la basura y fue captado por una cámara: tuvo que pagar una muy elevada multa.
Para garantizar que la población contara con suficientes mascarillas, el gobierno ordenó que se las produjera masivamente y prohibió su exportación. Se llegaron a fabricar 20 millones de mascarillas por día y su distribución fue centralizada. Entonces, se puede decir que el éxito de este país se fundamentó en un sólido sistema de salud, la experiencia previa, la decisión del gobierno de aplicar medidas tempranas y el uso de la tecnología, una marca de Taiwán a nivel global.
Pero hay algo más que es quizá lo de fondo: nada de esto hubiese sido posible sin un poderoso e invisible recurso de raigambre cultural. En Taiwán, como en otros países del este de Asia, salir a la calle sin mascarilla en pandemia es sencillamente impensable. Ya en tiempos normales, quien siente un resfriado automáticamente usa mascarilla para no contagiar a otros. Con la pandemia, usar mascarilla es casi un imperativo social, algo imprescindible: no usarla es como salir desnudo, causa pudor.
«Para garantizar que la población contara con suficientes mascarillas, el gobierno ordenó que se las produjera masivamente y prohibió su exportación»
La responsabilidad individual en favor del grupo no solo es una regla impuesta por el Estado: también hay un temor a ser señalado por el grupo cercano y acusado de poner en peligro a los otros. Hay incuestionable consenso social de que así debe ser. Allí la unidad moral es colectiva, en pos del interés del grupo y de la sociedad en general, un interés superior asumido como regla para que reine la armonía social, la misma que impera a nivel cósmico en el pensamiento taoísta donde existen dos fuerzas opuestas –yin y yang- en complementaria armonía. En Occidente, en cambio, la unidad moral es individual.
A lo largo de casi todo el continente americano, usar mascarilla se siente como una imposición, algo que coarta la libertad del individuo. Por ello son comunes las escenas de escándalo en lugares públicos cuando alguien llama la atención a otro que no usa mascarilla y este se resiste, en nombre de la libertad (ha habido asesinatos por esa razón). Con tal de no usar mascarilla, algunos niegan la existencia del virus, con saldos trágicos; es decir, todo lo contrario a lo que ocurre en Taiwán. En todo el este de Asia con influencia confuciana, hay consensos fuertes en que el individuo debe actuar –en primer lugar— en función del grupo (a nosotros suelen vernos como individualistas por esta razón). Y esta ha sido acaso su arma secreta contra el coronavirus, especialmente en Taiwán, uno de los países más exitoso del mundo combatiendo el COVID.
Desde que la variante Omicron llegó a Taiwán a comienzos de enero de este año, los contagios se mantuvieron muy bajos, sin llegar nunca a 100 casos diarios. Existe incluso cierta vergüenza en muchas personas por haberse contagiado: es visto como una muestra de irresponsabilidad ante los demás (muchos lo ocultan a posteriori). A cada contagiado, la policía lo rastrea revisando los 14 días anteriores mediante un sistema de lectores QR instalados en cada lugar público o negocio privado como tiendas o restaurantes; es que al entrar a cada lugar, toda persona debe dejar registrado allí su paso con el teléfono.
Esos lectores están en más de dos millones de lugares, incluyendo los masivos mercados nocturnos. Cuando alguien da positivo en un test, miles de personas que anduvieron por el mismo lugar reciben mensajes de texto avisándoles que se deben aislar. En general la población aprueba que el Estado les registre cada lugar que han visitado, si es en función de la salud pública. A comienzos del 2020 algunos pacientes COVID positivo bajaron de un crucero y al ser identificados, 627.000 personas recibieron el mensaje de texto advirtiendo que podrían estar contagiados.
«En todo el este de Asia con influencia confuciana, hay consensos fuertes en que el individuo debe actuar –en primer lugar— en función del grupo»
Pero en Occidente esto es muy problemático. En la cosmovisión occidental, proveniente del racionalismo griego y el republicanismo, el individuo es el centro de todo; de allí la libertad individual y la concepción de los derechos. Y el sacrificio es entonces personal y debe, por tanto, reportar un beneficio personal. Es por eso que lo colectivo generalmente nos resulta más difícil y se dificulta la auto-regulación y la obediencia a la norma, incluso entre los presidentes, que deberían ser los referentes.
Trump y Bolsonaro estuvieron en contacto con infectados y luego participaron de actos públicos con centenares de personas, sin respetar el distanciamiento social. Ambos resultaron luego contagiados y, pese a ello, más allá de unas cuantas críticas, no hubo gran condena a su conducta. En países del este de Asia esto podría haber generado tal repudio, que un presidente se vería quizá obligado a renunciar. Lo cierto, es que, una base confuciana sumada a Inteligencia Artificial y un Estado activo en acciones de salud pública, han permitido a Taiwán -y otros países del este de Asia- dar ejemplo al mundo.
En una pandemia es importante tener infraestructura, tecnología y un liderazgo apropiado. Pero sin el compromiso de la gente, en un país de tal densidad como Taiwán, los resultados hubiesen sido bien distintos. Al no ser Taiwán un país reconocido por la ONU, no es miembro de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por esa razón no ha recibido el reconocimiento en salud pública que se merece. Europa y América, quizá deban mirar más hacia el este de Asia, para tomar algo de ese ethos de lo colectivo y empezar a superar el egoísmo enmascarado de libertad. Así podrían haberse salvado millones de vidas.
Es licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Ha publicado medio millar de crónicas en Página 12, National Geographic, Clarín, Anfibia, Altair, Brando, Reforma, Soho y Lonely Planet. Es autor del libro Japón desde una cápsula (Adriana Hidalgo Editora) y coautor de Corea, dos caras extremas de una misma nación (Continente). Dirige el taller de crónica Viajar para contarla (Anfibia, Fundación Tomás Eloy Martínez). Es también fotógrafo y documentalista.
Profesor de estudios del Este de Asia en FLACSO-Ecuador. Docente del e-School Program para América Latina de la Korea Foundation. Ha sido investigador visitante en la Universidad de California Los Angeles (UCLA) y en la Universidad de Yonsei (Corea del Sur).
Autor de libros y artículos académicos en sus temas de experticia. Columnista de opinión en Diario La Hora, Ecuador.















