Hanói avanzó en la implementación de su tratado de libre comercio con Israel y consolidó una cooperación militar que ya convirtió al país mediterráneo en su segundo proveedor de armas después de Rusia. El doble carril —solidaridad discursiva con Palestina y negocios crecientes con Israel— alimenta las críticas de sectores de izquierda y expone las tensiones de la política exterior vietnamita.
El 29 de junio, en la sede del Ministerio de Economía e Industria de Israel en Jerusalén, el embajador vietnamita Nguyen Ky Son se reunió con el ministro israelí de Economía, Nir Barkat, para reforzar la implementación del Acuerdo de Libre Comercio Vietnam-Israel (VIFTA). Apenas cuatro días antes, el secretario general del Partido Comunista y presidente de Vietnam, To Lam, había reafirmado el respaldo de su país a la lucha del pueblo palestino durante un encuentro con el embajador palestino en Hanói, Saadi Salama.
La secuencia, señalada por medios de izquierda como una evidencia de doble discurso, ilustra un fenómeno más amplio: la creciente distancia entre la retórica anticolonial que Vietnam heredó de su propia historia revolucionaria y la lógica pragmática que guía hoy su inserción internacional.
Los números del vínculo comercial
El comercio bilateral entre ambos países alcanzó los 1.600 millones de dólares durante los primeros cinco meses de 2026, con exportaciones vietnamitas a Israel por 462 millones. El VIFTA, en vigor desde hace poco, funciona como el instrumento que ordena y proyecta ese intercambio, y la reunión de Jerusalén apuntó justamente a acelerar su implementación.
Se trata de una tendencia sostenida, no de un episodio aislado: la relación económica entre Hanói y Jerusalén viene ampliándose desde hace años, con un componente tecnológico e industrial cada vez más marcado.
Israel, segundo proveedor de armas de Vietnam
El capítulo más sensible es el militar. Ante las persistentes tensiones marítimas con China en el mar de China Meridional, Vietnam construyó durante años una red extensa de socios estratégicos destinada a reducir su dependencia histórica de Moscú. En ese marco, la cooperación con la industria de defensa israelí se profundizó al punto de que Israel se convirtió gradualmente en el segundo proveedor de armamento de Vietnam, solo detrás de Rusia.
La lista de adquisiciones es elocuente: sistemas de misiles israelíes, drones de vigilancia Heron y el sistema de defensa antiaérea SPYDER. A ello se suma un contrato de 250 millones de dólares con la empresa estatal Rafael Advanced Defence Systems para adquirir y fabricar localmente municiones merodeadoras Spike Firefly, un sistema que el ejército israelí empleó en Gaza. En el terreno industrial, la firma israelí 4Model y la vietnamita Dong Nam acordaron desarrollar soluciones para el procesamiento de chips de precisión y la fabricación de componentes complejos.
Desde la óptica israelí, las exportaciones militares constituyen un subproducto directo de su experiencia bélica en Medio Oriente, y le permiten combinar diplomacia con ingresos multimillonarios. En 2025, las ventas militares israelíes alcanzaron un récord de 19.200 millones de dólares, de los cuales 6.100 millones provinieron de compras realizadas por países de Asia-Pacífico.
El contexto también juega a favor de ese flujo hacia Asia: mientras crecen los embargos de armas contra Israel en países occidentales —Italia, por ejemplo, no renovó su acuerdo de defensa y habría suspendido entregas tras la presión del movimiento Blocchiamo Tutto, que en el otoño boreal de 2025 llevó a dos millones de personas a las calles—, el mercado asiático adquiere mayor peso relativo para la industria israelí.
El Consejo de Paz de Gaza y la reacción crítica
Un paso adicional generó particular controversia: la decisión del gobierno vietnamita de sumarse al llamado Consejo de Paz de Gaza, tras participar en la ceremonia de firma de su carta fundacional a comienzos de este año.
Para sus críticos —entre ellos la publicación francesa Révolution Permanente, que originó esta cobertura—, se trata de un proyecto de matriz colonial diseñado por Donald Trump y sus aliados, orientado a excluir a las organizaciones palestinas de la gobernanza de Gaza y a colocar el enclave bajo ocupación militar árabe y un gobierno tecnocrático funcional a intereses imperialistas. Desde esa perspectiva, los acuerdos militares y comerciales con Israel desmienten las declaraciones oficiales de Hanói sobre la causa palestina.
La crítica adquiere una carga simbólica particular por el paralelismo histórico entre ambos movimientos nacionales: Vietnam y Palestina funcionaron durante la Guerra Fría como símbolos gemelos de la lucha antiimperialista, y la revolución vietnamita sigue siendo una referencia para buena parte de la militancia propalestina contemporánea. Esos mismos sectores reclaman hoy la construcción de un movimiento independiente que exija la terminación completa de todos los acuerdos militares y económicos entre Vietnam e Israel, en el marco de un conflicto que, según las cifras que manejan, ya causó más de 70.000 muertes palestinas.
La lógica detrás de la contradicción
Más allá de la lectura militante, la conducta vietnamita responde a una racionalidad reconocible. Hanói practica desde hace décadas la llamada «diplomacia del bambú»: flexible en las formas, firme en las raíces, orientada a no alinearse plenamente con ninguna potencia y a multiplicar socios para preservar autonomía. El principio de los «cuatro no» de su doctrina de defensa —no alianzas militares, no bases extranjeras, no alinearse con un país contra otro, no uso de la fuerza— convive con una necesidad concreta: modernizar sus fuerzas armadas frente a un vecino chino cada vez más asertivo en el mar de China Meridional, y hacerlo diversificando proveedores en un momento en que la industria rusa está absorbida por su propia guerra.
Israel ofrece exactamente lo que Vietnam necesita —tecnología probada, transferencia de know-how, producción local— sin las condicionalidades políticas que suelen acompañar a los proveedores occidentales. Que ese cálculo entre en tensión con la memoria histórica del propio Partido Comunista de Vietnam es, para Hanói, un costo asumible. Para sus críticos, una traición. Y para el resto de la región, un recordatorio de cómo la solidaridad tercermundista de la Guerra Fría cedió terreno, en el sudeste asiático contemporáneo, ante los imperativos de la seguridad y el comercio.
Periodista con sede en Brasil, experto en Relaciones Internacionales.













