Casi diez años después de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Yoriko Miyazaki supo cómo había muerto su padre tras la separación familiar en Manchuria.
El relato aún la persigue a sus 89 años y reafirma su convicción de que la guerra es inútil. A los 17, recibió una carta de un hombre que afirmaba conocer el destino de su padre, Masashi: había sido fusilado por el Ejército del Partido Comunista Chino en diciembre de 1946.
Miyazaki, residente de Oshu, en la prefectura de Iwate, pasó parte de su infancia en Manchuria, en lo que hoy es el noreste de China, adonde se mudó hacia 1941 para reunirse con su padre, un oficial de policía destinado allí en solitario. Recuerda haber jugado con niños del lugar, incluso durante los crudos inviernos de la región.
En 1944 regresó a Japón antes que el resto de su familia para asistir a la escuela, y se quedó con sus abuelos en Iwate. El verano siguiente, cuando la guerra llegaba a su fin, escuchó a los adultos murmurar que las mujeres y los niños japoneses que permanecían en Manchuria podían ser secuestrados.
En 1946 le llegó la noticia de que su madre, Chiyo, había sido repatriada al puerto de Moji, en Kitakyushu, junto con sus dos hermanos menores. Eufórica, corrió a la estación más cercana a la casa de sus abuelos para recibirlos, pero al principio no reconoció a su propia madre: vestida con harapos y con el pelo apenas creciendo tras habérselo rapado, Chiyo lucía irreconocible.
De Masashi, en cambio, no había noticias. Mientras criaba sola a sus tres hijos, Chiyo repetía como para darse ánimo: «Cuando papá vuelva, le contaremos todo lo que pasamos.»

Casi una década después del fin de la guerra, aquella carta despejó por fin la incógnita que atormentaba a la familia desde la separación. El remitente contó que había ido hasta el lugar con la esperanza de recuperar algo que sirviera de recuerdo, pero que perros callejeros ya habían devorado el cuerpo de Masashi.
La noticia fue un golpe, pero tras años sin ninguna pista, también trajo cierto alivio: la muerte del padre quedaba oficialmente confirmada por ese testimonio. Durante un viaje escolar a Hokkaido, donde vivía el hombre, Miyazaki fue junto a su profesor a escuchar el relato de primera mano. Fue recién entonces cuando la pérdida se volvió real para ella.

A partir de ese momento, su madre empezó a hablar de lo que había vivido desde el fin de la guerra hasta el regreso a Japón, memorias que había mantenido guardadas durante años. Le contó sobre mujeres que quedaron atrás en Manchuria y sufrieron violencia sexual por parte de soldados soviéticos, algunas de las cuales terminaron quitándose la vida. Chiyo también reveló que hubo noches en que se rapó la cabeza y se untó con excremento de una letrina para protegerse. «Hacía todo lo posible por proteger a mis hijos», dijo.
Miyazaki pasó muchas noches en vela antes de poder asimilar, poco a poco, lo ocurrido.
Al reflexionar sobre los conflictos armados actuales en el mundo, sostuvo: «Es peligroso pensar la guerra en términos de lo que se gana o se pierde.» Mientras la atención suele centrarse en el número de muertos y heridos, pidió no olvidar que cada víctima tuvo una vida propia. «La guerra proyecta una sombra sobre la vida de las personas que nunca termina de disiparse», afirmó Miyazaki. «Quiero que el mundo entienda lo absurda que es la guerra.»
Colaboradora, especialista en Comunicación & Relaciones Internacionales.










