El 15 de agosto de 1945, a las doce del mediodía hora de Tokio, los japoneses escucharon por primera vez en sus vidas la voz de su Emperador Hirohito. Lo que oyeron los desconcertó: una voz delgada, en un japonés arcaico y ceremonioso que muchos apenas podían entender, anunciando algo que el texto nunca nombraba directamente. La palabra «rendición» no apareció en ningún momento del discurso. Hirohito habló de haber «aceptado las provisiones de la Declaración Conjunta de las Potencias» y de la necesidad de «soportar lo insoportable y aguantar lo inaguantable»: todo cambiaba para Japón.
Para los soldados japoneses dispersos en cientos de islas del Pacífico, en China, en Birmania, en Filipinas, el mensaje llegó con días o semanas de retraso, o directamente no llegó. Algunos no se rindieron durante años. Hiroo Onoda, el teniente del ejército imperial del Japón que continuó combatiendo en la selva de Filipinas hasta 1974 —casi treinta años después de la rendición— es el caso más extremo de una realidad que afectó a decenas de miles de soldados japoneses que simplemente no creyeron que el dios podía rendirse.
Para los pueblos de Asia que habían sufrido la ocupación japonesa —chinos, coreanos, filipinos, indonesios, birmanos, malayos, vietnamitas— el 15 de agosto fue otra cosa: el fin de una pesadilla que en muchos casos había durado más de una década.
El camino a la rendición
La decisión de rendirse no llegó de un día para el otro. Japón llevaba meses en una situación militarmente desesperada, y varios de los asesores más cercanos a Hirohito lo sabían. En febrero de 1945, el Príncipe Fumimaro Konoe —ex Primer Ministro y uno de los pocos consejeros con acceso directo al Emperador— le presentó un memorándum privado de una claridad brutal: la derrota era inevitable, el ejército estaba desmoralizado, las pérdidas eran insostenibles. Konoe le pidió a Hirohito que iniciara negociaciones de rendición.
Hirohito lo rechazó. Esperaba que el ejército pudiera infligir suficientes bajas a los americanos en la defensa del territorio metropolitano como para negociar una paz favorable, o que la Unión Soviética —que en ese momento todavía no estaba en guerra con Japón— pudiera actuar como intermediaria. Era una esperanza desconectada de la realidad militar, pero el Emperador la mantuvo durante meses mientras los bombardeos incendiarios de las ciudades japonesas —que comenzaron en febrero de 1945 y devastaron Tokio en marzo, matando más de 80.000 personas en una sola noche— convertían el país en cenizas.
Las bombas y el colapso del último cálculo
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el bombardero B-29 Enola Gay soltó sobre Hiroshima un artefacto de uranio apodado Little Boy. La explosión destruyó entre el 60% y el 70% de la ciudad e mató entre 70.000 y 80.000 personas de manera inmediata, con decenas de miles más muriendo en las semanas y meses siguientes por las heridas y la radiación. Hirohito fue informado del ataque a las 7:50 de la tarde, casi doce horas después.
El gabinete se reunió. No se llegó a ninguna decisión. La facción militar —encabezada por el ministro de Guerra Korechika Anami y los jefes del Estado Mayor— seguía insistiendo en continuar la guerra y defender el territorio metropolitano hasta la muerte, literalmente. Argumentaban que el costo de invadir Japón sería tan alto para los americanos que negociarían una paz condicional que preservara al Emperador y al sistema imperial.
El 8 de agosto, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y lanzó una invasión masiva de Manchuria, destruyendo en días al ejército de Kwantung que había sido la fuerza más poderosa del imperio continental. El 9 de agosto, Fat Man cayó sobre Nagasaki, matando entre 40.000 y 80.000 personas. Esa misma noche, el gabinete japonés se reunió en sesión de emergencia que se extendió hasta la madrugada sin llegar a un acuerdo. El ministro Anami seguía pidiendo continuar la guerra.
En un movimiento sin precedentes en la historia del sistema imperial japonés, el Primer Ministro Kantaro Suzuki solicitó a Hirohito que rompiera el empate del gabinete expresando su voluntad personal. Hirohito habló: aceptarían la Declaración de Potsdam. La única condición era preservar la institución imperial. No negociaban la forma de gobierno ni el estatus del Emperador.
La noche del golpe que no fue
Lo que siguió no fue la paz inmediata que el relato simplificado sugiere. En las horas entre la decisión de Hirohito y la transmisión del discurso de rendición, un grupo de oficiales del ejército intentó ejecutar un golpe de Estado para evitar la capitulación de Japón. En la madrugada del 14 al 15 de agosto, el mayor Kenji Hatanaka y varios conspiradores tomaron el control del Palacio Imperial, asesinaron al general Takeshi Mori cuando este se negó a sumarse al golpe y buscaron desesperadamente el disco de gramófono en el que se había grabado el discurso de Hirohito para destruirlo antes de que pudiera ser transmitido.
No lo encontraron. El disco estaba escondido en una bolsa de ropa entre los documentos del personal de la corte. El golpe colapsó al amanecer cuando quedó claro que las unidades del ejército no seguirían a los conspiradores sin una orden imperial explícita. Hatanaka disparó un arma en los jardines del Palacio Imperial y distribuyó panfletos a los soldados desde un avión sobrevolando Tokio antes de suicidarse. Era el mundo que se derrumbaba.
El discurso que no dijo rendición
El 15 de agosto a las doce del mediodía, la transmisión comenzó. El discurso fue grabado la noche anterior y transmitido con múltiples interferencias de señal. Para la mayoría de los japoneses, era prácticamente incomprensible en su japonés arcaico: tuvieron que leer las transcripciones en los periódicos para entender lo que el Emperador había dicho.
Lo que Hirohito no dijo en ese discurso es tan importante como lo que dijo. No mencionó la rendición. No ofreció disculpas a los países que Japón había invadido. No reconoció las atrocidades cometidas por el ejército imperial. Justificó la guerra como una respuesta a la amenaza occidental a la estabilidad de Asia oriental. Y presentó la nueva misión del Japón derrotado con un lenguaje que eludía completamente la responsabilidad: «esforzarse por la prosperidad común y la felicidad de todas las naciones, así como la seguridad y el bienestar de nuestros súbditos.»
La referencia a la bomba atómica fue la más explícita del discurso: «el enemigo ha comenzado a emplear una nueva y más cruel bomba, el poder de destrucción de la cual es efectivamente incalculable, causando el más inocente de las pérdidas de vidas.» La bomba era cruel. El ejército de Hirohito que había masacrado cientos de miles de civiles en Nanjing, esclavizado a decenas de miles de mujeres en burdeles militares y experimentado con seres humanos en Manchuria: ese ejército no apareció en el discurso.
La ceremonia en el USS Missouri
El 2 de septiembre de 1945, en la bahía de Tokio, a bordo del acorazado USS Missouri, la rendición formal de Japón fue firmada ante representantes de nueve países aliados. El general MacArthur presidió la ceremonia. El ministro de Relaciones Exteriores Mamoru Shigemitsu firmó en nombre del gobierno japonés. El general Yoshijiro Umezu firmó en nombre del Alto Mando Imperial.
Hirohito no estaba presente. Un dios no firmaba rendiciones.
MacArthur habló al final de la ceremonia con el tono del estadista que anticipaba el relato histórico: «Hemos tenido nuestras últimas batallas sangrientas en esta guerra.» Y luego: «Una gran tragedia ha terminado. Un gran triunfo ha sido ganado.» Afuera, cientos de aviones americanos sobrevolaron la bahía en formación.
En Tokio, Seúl, Nanjing, Manila, Rangún, Singapur y decenas de ciudades asiáticas que habían vivido bajo la ocupación japonesa, el 2 de septiembre fue algo diferente a un «triunfo.» Fue el final de algo que nunca debería haber comenzado.
Lo que quedó
La rendición de Japón no fue el punto final de la historia: fue el inicio de las negociaciones sobre quién cargaría con la responsabilidad de lo ocurrido. El Tribunal de Tokio juzgó y ejecutó a siete líderes japoneses. No juzgó al Emperador. No juzgó a los miembros de la Unidad 731. No juzgó a los responsables del sistema de esclavas sexuales.
El acuerdo de paz de San Francisco de 1951 normalizó las relaciones entre Japón y los países occidentales. Japón no firmó un tratado de paz con China hasta 1978, y las relaciones con Corea del Sur no se normalizaron hasta 1965 —en condiciones que Corea consideró insuficientes y que siguen siendo disputadas.
El 15 de agosto sigue siendo en Japón el Día del Fin de la Guerra —Shusen Kinenbi—, una jornada de conmemoración que cada año reaviva el debate sobre la memoria histórica. Políticos japoneses que visitan el santuario Yasukuni —donde están enshrinados los espíritus de los caídos en guerra, incluyendo criminales de guerra condenados— generan protestas formales de China y Corea cada vez que lo hacen. Los libros de texto que describen la «Incidente de Nanjing» en lugar de la «Masacre de Nanjing» generan disputas diplomáticas. La estatua de «la chica de la paz» frente a la embajada japonesa en Seúl sigue siendo fuente de tensión bilateral.
Ochenta y un años después de que Hirohito pidiera a sus súbditos soportar lo insoportable, Asia sigue negociando cómo recordar lo que ocurrió entre 1931 y 1945. El 15 de agosto es, según desde dónde se mire, el día de la derrota, el día de la liberación, el día de la paz o el día en que comenzó la impunidad. Todas esas lecturas coexisten, todas tienen razón en algo, y ninguna está todavía resuelta.
Colaboradora en ReporteAsia.














