De socio de los nazis a verdugo de sus vecinos: el emperador Hirohito y la historia que Japón prefiere olvidar

emperador Hirohito

El 2 de septiembre de 1945, a bordo del USS Missouri en la bahía de Tokio, el general Douglas MacArthur presidió la ceremonia de rendición de Japón. Horas después, tomó una de las decisiones más consecuentes —y más cuestionadas— de la posguerra: el emperador Hirohito no sería juzgado por crímenes de guerra. Se lo necesitaba, dijo MacArthur, para pacificar un país que lo adoraba como a un dios. La decisión fue pragmática, comprensible en el contexto de la ocupación, y profundamente injusta con los millones de personas que habían sufrido bajo las órdenes de ese dios.

Hirohito reinó desde 1926 hasta su muerte en 1989. Durante ese tiempo, Japón invadió China, masacró a cientos de miles de civiles en Nanjing, utilizó armas químicas y biológicas contra poblaciones civiles, sometió a Corea a una ocupación brutal, ejecutó prisioneros de guerra en violación de todas las convenciones internacionales, firmó el Pacto Tripartito con la Alemania nazi y la Italia fascista, y atacó por sorpresa a Estados Unidos en Pearl Harbor arrastrando al mundo a la segunda fase más destructiva de la guerra más letal de la historia. Cuando todo terminó, Hirohito renunció a su divinidad por radio, retomó su hobby de biólogo marino y vivió cómodamente en el Palacio Imperial hasta los 87 años.

Esta es la historia de ese hombre.

El dios que llegó al trono

Hirohito nació el 29 de abril de 1901 en el Palacio Aoyama de Tokio, primogénito del príncipe heredero Yoshihito. Fue criado por tutores, no por sus padres —la distancia era parte del protocolo imperial—, y educado en la escuela de la nobleza Gakushuin. A los 20 años recibió comisiones simultáneas en el ejército y la marina, y en 1921 se convirtió en el primer miembro de la familia imperial en salir de Japón, en un viaje de seis meses por Europa que lo llevó a Reino Unido, Italia, Francia, Bélgica y Países Bajos. Hirohito describió ese período como uno de los más felices de su vida: lejos del protocolo sofocante de la corte imperial, podía ser algo parecido a una persona normal.

En 1924 se casó con la princesa Nagako Kuni, su prima lejana. En 1926, tras la muerte de su padre, ascendió al Trono del Crisantemo. Eligió para su era el nombre Shōwa —paz ilustrada. La ironía de ese nombre llevaría décadas en desarrollarse completamente.

El estatus de Hirohito como figura divina no era meramente ceremonial. El sintoísmo estatal que el gobierno japonés cultivó desde la Restauración Meiji de 1868 había construido una ideología en la que el Emperador era descendiente directo de la diosa solar Amaterasu, el Hijo del Cielo, el nexo entre lo humano y lo divino. El concepto de kōdō —el camino imperial— combinaba esa divinidad con un mandato de expansión: la raza japonesa, divinamente elegida y protegida, tenía una misión en Asia. Los libros de texto, el ejército, el sistema educativo entero repetían esa premisa. Cuando Hirohito ascendió al trono, no era un jefe de Estado. Era un dios.

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El camino hacia la guerra: Manchuria, China y el Pacto con Hitler

La expansión militar japonesa comenzó antes de que Hirohito tomara decisiones activas sobre ella, pero la secuencia de hechos que documentaron Herbert Bix en su biografía ganadora del Premio Pulitzer y otros historiadores como Herbert Webb y el Asia-Pacific Journal apunta consistentemente en la misma dirección: Hirohito no fue el titiritero que los militares movían a su antojo. Fue un actor con agencia que eligió, en la mayoría de los casos, la expansión.

En 1931, oficiales japoneses del ejército de Kwantung provocaron el Incidente de Mukden —una explosión en una vía ferroviaria atribuida falsamente a China— para justificar la invasión de Manchuria. El movimiento de tropas fue inicialmente no autorizado. Hirohito lo ratificó ex post facto el 20 de septiembre, asegurando que el ejército podía tener éxito en la ocupación. Manchuria pasó a ser el estado títere de Manchukuo bajo soberanía japonesa.

En 1936, un grupo de oficiales jóvenes del ejército lanzó el golpe del 26 de febrero, asesinando a varios ministros del gobierno. Hirohito actuó con decisión: ordenó a sus generales aplastarlo. Esa respuesta rápida y firme es evidencia de que el Emperador podía ejercer su autoridad cuando quería hacerlo. La pregunta que los historiadores llevan décadas respondiendo es por qué no ejerció esa misma autoridad para frenar las atrocidades que siguieron.

En 1937, la guerra en China —que ya se desarrollaba desde 1931— se intensificó dramáticamente. En julio de ese año, el Incidente del Puente Marco Polo derivó en una guerra abierta entre Japón y China. Hirohito no se opuso. Cuando sus generales comenzaron a preparar el ataque a las potencias occidentales, el Emperador expresó reservas iniciales pero terminó aprobando cada paso. En septiembre de 1940, su gobierno firmó el Pacto Tripartito con la Alemania nazi comandada por Adolf Hitler y la Italia fascista de Benito Mussolini. En octubre de 1941, Hirohito elevó al halcón Hideki Tojo al cargo de Primer Ministro —rechazando deliberadamente la candidatura que le había propuesto el saliente Konoe, que buscaba una salida negociada con Estados Unidos. En noviembre, el Emperador fue informado del plan de ataque a Pearl Harbor. Lo aprobó. Un ayudante de campo registró que mostró «alegría visible» al conocer el éxito del ataque sorpresa del 7 de diciembre de 1941.

La Masacre de Nanjing: el crimen que el Imperio no castigó

El 13 de diciembre de 1937, las fuerzas del ejército imperial japonés tomaron Nanjing —entonces capital de la China de Chiang Kai-shek— después de una campaña militar que había incluido bombardeos masivos de ciudades civiles. Lo que siguió durante las semanas posteriores fue uno de los crímenes de guerra más documentados y más disputados de la historia del siglo XX.

Según el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente —el equivalente asiático de Nuremberg—, durante la Masacre de Nanjing fueron asesinados más de 200.000 civiles y prisioneros de guerra chinos. El gobierno chino y la mayoría de los historiadores occidentales citan cifras que van de 200.000 a 300.000. Algunos historiadores chinos hablan de hasta 400.000. Los revisionistas japoneses —una minoría en el campo académico pero con influencia política desproporcionada en el Japón contemporáneo— intentaron durante décadas reducir las cifras o cuestionar el carácter sistemático de las matanzas.

Lo que los documentos del Tribunal de Tokio establecieron con claridad, y que la investigación histórica posterior confirmó, es lo siguiente: soldados japoneses asesinaron a prisioneros de guerra en violación de las Convenciones de Ginebra, masacraron a civiles incluidos mujeres, niños y ancianos, llevaron a cabo violaciones en masa —el número de casos documentados supera los 20.000 según el tribunal, con estimaciones académicas más altas—, y saquearon e incendiaron la ciudad de manera sistemática durante semanas.

El Príncipe Asaka Yasuhiko, tío del Emperador y comandante de las fuerzas japonesas en Nanjing durante la masacre, nunca fue juzgado: MacArthur extendió la inmunidad de la familia imperial a los parientes del Emperador. El general Matsui Iwane, comandante superior, fue ejecutado. Los soldados que cumplieron las órdenes en el campo no fueron juzgados. Hirohito, que había sido informado del avance de la campaña china y cuya oficina había aprobado el uso de gases tóxicos en el teatro de operaciones chino, continuó siendo el dios de Japón.

La masacre fue seguida de un decreto del Cuartel General Imperial que autorizaba explícitamente el abandono de las restricciones sobre el trato a prisioneros chinos. El Tribunal de Tokio estableció que ese decreto fue el que abrió la puerta legal a las ejecuciones masivas. El decreto llevaba la sanción imperial.

Armas biológicas y químicas: la Unidad 731

Si la Masacre de Nanjing es el crimen más conocido del imperialismo japonés, la Unidad 731 es el más sistemáticamente ocultado. Operó entre 1936 y 1945 en Pingfang, en la región ocupada de Manchuria. Bajo la dirección del general Shiro Ishii, realizó experimentos con seres humanos —principalmente prisioneros chinos, coreanos, rusos y otros— que incluían vivisección sin anestesia, pruebas de resistencia al frío hasta la congelación de extremidades, inoculación de enfermedades, pruebas de granadas y armas incendiarias sobre personas vivas y disección post-mortem de sujetos que habían sobrevivido los experimentos. Los prisioneros eran llamados maruta —troncos de madera— en la jerga de la unidad.

La Unidad 731 también produjo y desplegó armas biológicas contra poblaciones civiles chinas: bombardeos con pulgas infectadas de peste bubónica, contaminación de pozos con cólera y tifus. Se estima que entre 3.000 y 10.000 personas murieron directamente en las instalaciones de la unidad, y que las armas biológicas desplegadas causaron decenas de miles de muertes adicionales en las áreas afectadas.

La oficina de Hirohito aprobó el uso de armas químicas en China mediante órdenes documentadas. Herbert Bix, en su biografía de Hirohito, documentó que el Cuartel General Imperial firmó más de 375 órdenes autorizando el uso de gas mostaza y otros agentes químicos entre 1937 y 1945, en violación directa de las Convenciones de La Haya de 1899 y 1907, que Japón había suscrito.

Después de la guerra, el general Ishii y los principales miembros de la Unidad 731 fueron exonerados de juicio a cambio de entregar sus datos de investigación al ejército estadounidense. El Informe Harris, desclasificado décadas después, confirmó ese acuerdo. Los crímenes de la Unidad 731 no aparecieron en los cargos del Tribunal de Tokio.

Corea: la ocupación que Japón también prefirió olvidar

La relación entre el Japón imperial y Corea tiene una historia más larga que la Segunda Guerra Mundial. La ocupación japonesa de Corea comenzó formalmente en 1910 y duró hasta 1945. Durante ese período, el régimen colonial impuso la asimilación forzada —el sistema sōshi-kaimei que obligaba a los coreanos a adoptar nombres japoneses, como hizo Kim Sin-rak al convertirse en Rikidōzan—, suprimió el idioma y la cultura coreana, utilizó trabajo forzado coreano en las industrias de guerra japonesas y reclutó forzosamente a mujeres coreanas como «mujeres de confort» —eufemismo para designar a las esclavas sexuales del ejército imperial.

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Se estima que entre 50.000 y 200.000 mujeres —en su mayoría coreanas, pero también chinas, filipinas y de otras nacionalidades ocupadas— fueron reclutadas de forma forzosa o engañosa para servir en los burdeles militares del ejército japonés. El gobierno japonés tardó décadas en reconocer el sistema de esclavas sexuales, y los acuerdos alcanzados con Corea del Sur sobre reparaciones han sido disputados repetidamente. El reconocimiento formal y completo de esa parte de la historia sigue siendo un punto de tensión entre Tokio y Seúl.

El no juzgado: MacArthur y la impunidad del Trono

La decisión de MacArthur de no juzgar a Hirohito fue operativamente comprensible. El general temía que procesar al Emperador generara una resistencia popular que complicara la ocupación y la desmilitarización de Japón. También necesitaba a Hirohito para legitimar ante los japoneses las reformas constitucionales que los americanos imponían. La inmunidad del Trono fue el precio de la cooperación imperial.

Para ejecutar esa protección, funcionarios japoneses y americanos trabajaron activamente para destruir evidencia, aleccionar testigos y construir una narrativa en la que Hirohito era un pacifista capturado por militaristas que actuaban sin su conocimiento o su aprobación. El fiscal jefe del Tribunal de Tokio, Joseph Keenan, protegió explícitamente al Emperador durante el juicio. El general Bonner Fellers, oficial de MacArthur, se reunió con testigos japoneses antes de que declararan para coordinar testimonios que no implicaran a Hirohito.

El Tribunal de Tokio juzgó y ejecutó a siete líderes japoneses, incluyendo al ex Primer Ministro Hideki Tojo. No juzgó al único hombre que los había nombrado, que había aprobado sus planes y que había ejercido la autoridad máxima sobre sus acciones.

La reinvención: del dios al biólogo marino

El 1 de enero de 1946, Hirohito emitió un «Rescripto Imperial sobre Humanidad» —el llamado «Edicto de Deidad Negada»— en el que declaró que la concepción de que el Emperador es divino y que el pueblo japonés es superior al resto de razas para dominar el mundo era una ficción. La renuncia a la divinidad fue transmitida por radio. Era la segunda vez que los japoneses escuchaban la voz de su Emperador por ese medio: la primera había sido la rendición.

En noviembre de 1946 firmó la nueva Constitución japonesa, redactada bajo la supervisión americana, que reducía al Emperador a símbolo del Estado sin poder ejecutivo. Hirohito aceptó la nueva realidad con la misma complacencia con la que había aceptado cada decisión de sus militares en los años previos a la guerra: sin protestar públicamente, adaptándose a lo que el poder de turno requería de él.

En su vida privada, se dedicó a la biología marina con genuina pasión. Publicó varios libros académicos sobre hidrozoos. Construyó un laboratorio personal dentro del Palacio Imperial. Visitó Estados Unidos en 1975, se fotografió con Mickey Mouse en Disneyland y se reunió con el presidente Ford. Viajó a Europa. Fue recibido como jefe de Estado en todas partes. En 1971 visitó el Reino Unido, donde veteranos de la guerra en el Pacífico protestaron su llegada; algunos arrojaron su condecoración frente a su limusina.

Expresó en algunos momentos algo parecido al remordimiento. En 1971 dijo que había partes de la guerra de las que se sentía «personalmente apenado». Nunca fue más específico que eso.

El timeline de un reinado

1926 — Asciende al Trono del Crisantemo. Su era se llamará Shōwa: paz ilustrada.

1931 — Ratifica ex post facto la invasión japonesa de Manchuria. El estado títere de Manchukuo queda bajo soberanía japonesa.

1933-1937 — La guerra en China se intensifica. El ejército japonés bombardea ciudades civiles. Hirohito no se opone.

1936 — Ordena aplastar el golpe del 26 de febrero. Demuestra que puede actuar con decisión cuando quiere.

1937, diciembre — Masacre de Nanjing. Más de 200.000 civiles y prisioneros asesinados, 20.000 mujeres violadas, según el Tribunal de Tokio. La oficina imperial había aprobado el abandono de restricciones sobre el trato a prisioneros chinos.

1936-1945 — Operación de la Unidad 731 en Manchuria. Experimentos con seres humanos, armas biológicas y químicas. Hirohito firma más de 375 órdenes autorizando uso de armas químicas en China.

1940, septiembre — Firma el Pacto Tripartito con la Alemania nazi y la Italia fascista.

1941, octubre — Eleva a Hideki Tojo al cargo de Primer Ministro.

1941, noviembre — Es informado del plan de ataque a Pearl Harbor. Lo aprueba. El 7 de diciembre, muestra «alegría visible» al conocer el éxito del ataque.

1941-1945 — Japón ocupa Filipinas, Indonesia, Malasia, Birmania, Singapur, las islas del Pacífico. Masacre de Manila (1945): entre 100.000 y 500.000 civiles asesinados. Marcha de la Muerte de Bataan (1942): miles de prisioneros de guerra americanos y filipinos mueren de agotamiento, hambre y ejecuciones extrajudiciales. Las esclavas sexuales son llevadas a todos los frentes de ocupación.

1945, febrero — El Príncipe Konoe es el único consejero que implora a Hirohito iniciar negociaciones de rendición. El Emperador lo rechaza.

1945, agosto — Hiroshima (6 de agosto) y Nagasaki (9 de agosto). La Unión Soviética invade los territorios japoneses. Hirohito anuncia la rendición en una transmisión radial histórica.

1945, septiembre — MacArthur decide no juzgar al Emperador. Hirohito y sus funcionarios coordinan testimonios para proteger al Trono.

1946 — Renuncia a la divinidad. Firma la nueva Constitución.

1947 — Visita Hiroshima. Nunca visita Nanjing ni se disculpa ante China o Corea.

1975 — Visita Estados Unidos. Se fotografía con Mickey Mouse. Veteranos de guerra protestan en el Reino Unido.

1989, 7 de enero — Muere en el Palacio Imperial de Tokio. Tiene 87 años. Es sucedido por su hijo Akihito.

La pregunta que Asia sigue haciendo

La muerte de Hirohito en enero de 1989 abrió en Japón un debate que el país había pospuesto durante cuatro décadas. Grupos cívicos organizaron conferencias sobre las atrocidades de guerra. En asambleas municipales de Tokio y Nagasaki, políticos plantearon por primera vez en foros oficiales la responsabilidad del Emperador. En agosto de 1993, el primer ministro Hosokawa Morihiro —el primero ajeno al Partido Liberal Democrático desde 1955— llamó a la guerra lo que era: una guerra de agresión.

En China, la masacre de Nanjing nunca dejó de ser un elemento central de la memoria histórica y del relato nacional. El Museo Memorial de la Masacre de Nanjing, abierto en 1985 y ampliado en múltiples oportunidades, recibe millones de visitantes anuales. Las disputas entre Tokio y Beijing sobre la manera en que los libros de texto japoneses describen —o minimizan— ese período siguen generando tensiones diplomáticas cada vez que el ministerio de educación japonés revisa los currículos.

En Corea del Sur, la memoria de la ocupación colonial y el sistema de esclavas sexuales sigue siendo la fuente de tensiones más persistente en la relación bilateral con Japón. Las llamadas «halmoni» —las abuelas sobrevivientes que se identificaron como ex esclavas sexuales— protestaron durante años frente a la embajada japonesa en Seúl. La estatua de «la chica de la paz» instalada frente a la embajada japonesa en 2011 y replicada en decenas de ciudades del mundo es el símbolo más visible de una deuda histórica que Tokio reconoció a medias y bajo condición en 2015, en un acuerdo que el propio gobierno de Corea del Sur consideró posteriormente insuficiente.

El emperador Hirohito murió sin haber sido juzgado, sin haber pedido disculpas en nombre del Estado a ningún país que hubiera sufrido bajo su reinado, y sin haber reconocido públicamente su responsabilidad en ninguno de los crímenes documentados. Su sucesor Akihito expresó en múltiples ocasiones «sentimientos de profunda tristeza» ante los países que sufrieron la agresión japonesa. El actual Emperador Naruhito continuó con esa línea.

En Japón, Hirohito es recordado oficialmente como el Emperador que reinó durante la transición de la guerra a la paz, que aceptó la derrota con dignidad, que renunció a la divinidad y que pasó sus últimas décadas estudiando los poliquetos del Océano Pacífico. En China y en Corea, es recordado de otra manera. Y la diferencia entre esas memorias, sesenta años después de la rendición en el USS Missouri, sigue siendo una de las fracturas más profundas de Asia.

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Colaboradora en ReporteAsia.