El héroe japonés de posguerra que era coreano: la doble vida y muerte de Rikidōzan

Rikidōzan

Kim Sin-rak, más conocido como Rikidōzan, nació el 14 de noviembre de 1924 en una aldea de Hamgyŏng del Sur, en lo que hoy es Corea del Norte, durante la ocupación japonesa de la península coreana. Murió el 15 de diciembre de 1963 en un hospital de Tokio, con 39 años, siete días después de que un miembro de la yakuza le clavara un cuchillo en el abdomen durante una pelea de baño en la discoteca New Latin Quarter del barrio de Akasaka. El mundo lo lloró como a Rikidōzan, el padre del puroresu, el héroe que había devuelto el orgullo a Japón derrotando a los americanos en el ring. Nadie sabía que era coreano.

Esa es la historia de Rikidōzan: la de un hombre que construyó una identidad completa sobre una mentira necesaria, que se convirtió en el símbolo nacional de un país que lo habría discriminado si hubiera conocido su origen, y que murió en circunstancias que todavía hoy no están del todo claras. Es también una de las historias más reveladoras sobre la relación entre Corea y Japón, sobre la identidad de los zainichi —los coreanos que viven en Japón— y sobre cómo el deporte puede ser simultáneamente un vehículo de unidad nacional y una gran mentira colectiva.

El niño que cruzó el mar

Kim Sin-rak llegó a Japón a fines de la década de 1930, cuando tenía quince años. La ocupación japonesa de Corea —que duraría hasta 1945— había impuesto la asimilación forzada: los coreanos debían adoptar nombres japoneses, hablar en japonés y renunciar a su identidad cultural bajo el sistema conocido como sōshi-kaimei. Algunos adoptaron nombres japoneses voluntariamente para sobrevivir; a otros se los impusieron. Kim Sin-rak llegó a la prefectura de Nagasaki, fue adoptado por la familia Momota y se registró como Mitsuhiro Momota. Tenía el físico y la ambición para el sumo, y ese fue su primer camino.

Los coreanos en el Japón de la posguerra ocupaban el escalón más bajo de la sociedad. Los zainichi —coreanos residentes en Japón, cuya presencia era en su mayoría consecuencia de la colonización— enfrentaban discriminación sistemática en el empleo, la vivienda y la educación. Pasar como japonés era la única manera de navegar ese sistema. Momota lo hizo con una dedicación que iba más allá de la supervivencia: construyó una identidad japonesa tan completa que su origen coreano no se reveló públicamente hasta después de su muerte.

En el sumo, Momota llegó al rango de sekiwake —la tercera categoría más alta— con un registro de 135 victorias y 82 derrotas en 23 torneos. Era bueno. No era el mejor. Y según algunas fuentes, incluyendo la película biográfica surcoreana de 2004 protagonizada por Sol Kyung-gu, dejó el sumo en 1950 no solo por razones económicas sino porque sintió que su origen coreano le cerraba el camino hacia los rangos más altos. La discriminación dentro del heya —el establo de sumo— hacia los zainichi era documentada aunque raramente admitida. Momota se fue. Y encontró algo mejor.

El héroe que Japón necesitaba

El Japón de la posguerra era un país derrotado, humillado y ocupado. Los soldados estadounidenses patrullaban las calles de Tokio. La economía estaba en ruinas. El emperador había renunciado públicamente a su divinidad. La nación necesitaba un héroe, y Rikidōzan —el apodo que Momota se llevó del sumo— se convirtió en exactamente eso.

Su primer combate profesional fue el 28 de octubre de 1951 contra el estadounidense Bobby Bruns. En 1953, después de entrenarse en Hawaii y San Francisco bajo la tutela de Harold Sakata —el mismo que luego interpretaría a Oddjob en la película de James Bond Goldfinger—, regresó a Japón y fundó la Japan Pro Wrestling Alliance, la primera organización profesional de lucha libre en el país. Lo que siguió fue uno de los fenómenos culturales más extraordinarios de la historia del deporte japonés.

Rikidōzan peleaba contra estadounidenses y ganaba. El karate chop —un golpe de mano abierta derivado del harite del sumo, presentado como técnica de karate para hacerlo más japonés ante el público local— se convirtió en su movimiento insignia. Los americanos en el ring cumplían perfectamente el rol de villanos: en la narrativa del puroresu de esa época, los extranjeros —entendidos como americanos— hacían trampa, jugaban sucio y representaban la humillación de la ocupación. Rikidōzan los derrotaba. El público japonés lo adoraba.

El combate contra Lou Thesz el 10 de julio de 1957 por el título de la National Wrestling Alliance registró un share televisivo del 87% —un número que no tiene precedente en la historia de la televisión japonesa para ningún evento deportivo. Se estima que en 1954, el 85% de los hogares japoneses veían sus combates, a veces agolpados frente a los primeros televisores públicos instalados en las calles. Rikidōzan no era solo un luchador: era la experiencia colectiva de un país que se reconstruía.

En 1962 derrotó a Freddie Blassie por el título de la World Wrestling Association. En 1960 abrió un gimnasio donde entrenó a Antonio Inoki y Giant Baba, los dos luchadores que definirían el puroresu de las décadas siguientes. Inoki, que heredó la visión geopolítica de su maestro sin saber del todo su peso, viajó a Corea del Norte 33 veces en su vida intentando construir puentes diplomáticos entre las dos Coreas y entre el norte coreano y Japón —una ironía perfecta si se considera que su mentor era el coreano oculto más famoso de la historia de Japón.

Lo que Japón no sabía

Todo el edificio de Rikidōzan como héroe nacional japonés estaba construido sobre una premisa falsa. El hombre que devolvía el orgullo a Japón derrotando americanos era coreano. El hombre que representaba la resiliencia japonesa había crecido bajo la ocupación japonesa de Corea. El símbolo de la identidad nacional japonesa había adoptado un nombre japonés para sobrevivir a la discriminación que ese mismo Japón ejercía sobre su gente.

El académico John Lie, de la Universidad de California Berkeley, documentó en su trabajo sobre los zainichi cómo la identidad coreana de figuras culturales del posguerra —incluyendo a Rikidōzan junto a la cantante Misora Hibari y el jugador de béisbol Kaneda Masaichi— era conocida en ciertos círculos pero sistemáticamente ocultada en la narrativa pública. La ideología de la monoetnicidad japonesa —la idea de que Japón era una nación homogénea— no tenía espacio para reconocer que sus héroes más populares podían ser coreanos.

El investigador Francisco Sanchez, en su ensayo académico «One Man, Two Stories: The Differing Legacies of Rikidozan», documentó cómo la memoria del luchador fue apropiada de maneras opuestas por Japón y por Corea del Norte después de su muerte. En Japón, su identidad coreana fue esencialmente borrada: era Rikidōzan o Mitsuhiro Momota, un patriota japonés que combatió a los americanos en la posguerra. Su origen fue suprimido en nombre de la moral nacional. En Corea del Norte, por el contrario, el régimen de Kim Il Sung construyó su propia versión: Rikidōzan no combatía por Japón sino por Corea, y sus victorias sobre luchadores japoneses y americanos eran triunfos del pueblo coreano sobre sus opresores. Ambas versiones distorsionan la misma vida real.

Lo que ambas versiones comparten es que ninguna cuenta la historia completa: la de un hombre que vivió entre dos identidades, que nunca pudo ser completamente ninguna de las dos, y que llevó esa tensión hasta su muerte.

La noche en el New Latin Quarter

El 8 de diciembre de 1963, Rikidōzan estaba en una fiesta en el New Latin Quarter, una discoteca del barrio de Akasaka en Tokio. Era la cúspide de su carrera y también el inicio de su decadencia: el alcoholismo era severo, las deudas acumuladas en sus inversiones en clubes nocturnos, hoteles y apartamentos —algunos de ellos en zonas de influencia yakuza— habían generado tensiones con la mafia japonesa, y su comportamiento en fiestas y eventos sociales se había vuelto cada vez más errático.

Katsuji Murata era miembro de la organización Sumiyoshi-kai, uno de los principales grupos de la yakuza en Japón. Lo que ocurrió exactamente en el baño de ese club esa noche nunca quedó completamente establecido. La versión más difundida es que Murata amenazó a Rikidōzan con que dejara de interferir en los negocios de la yakuza, y que el luchador —que no era conocido por su capacidad para medir las consecuencias de sus reacciones cuando estaba bebido— respondió con una paliza. Murata sacó un cuchillo y se lo clavó en el abdomen. Otra versión, menos dramática, habla de una simple pelea de bar que escaló.

Los médicos intervinieron de inmediato, cosieron la herida y le dieron el alta. Rikidōzan siguió bebiendo. La herida volvió a abrirse. La peritonitis que se desarrolló fue fatal. El 15 de diciembre de 1963 murió en el hospital. Tenía 39 años. Murata fue condenado a siete años de cárcel por homicidio y los cumplió. Murió de causas naturales en abril de 2008, a los 74 años, según reportó el Sankei Shimbun.

El funeral de Estado de Rikidōzan fue presidido por el primer ministro Hayato Ikeda. Japón lloró al héroe japonés que nunca supo que era coreano.

Dos países, un hombre, ninguna verdad completa

Sobre la vida de Rikidōzan se hizo una película surcoreana en 2004, dirigida por Song Hae-seong y protagonizada por Sol Kyung-gu, que recibió el premio al mejor actor en los Grand Bell Awards de Corea. La película recoge la versión coreana del mito: el hombre que fue expulsado del sumo por ser coreano, que tuvo que ocultar su identidad para sobrevivir en un Japón que discriminaba a su gente, y que murió sin poder ser completamente quien era. Incluye cameos de figuras del puroresu como Shinya Hashimoto y Keiji Mutoh, y fue un éxito en Corea del Sur —no tanto por su calidad cinematográfica como por el peso emocional de la historia que conta.

En Japón, la película fue recibida con incomodidad. La identidad coreana de Rikidōzan era ya conocida para entonces —había sido revelada públicamente en los años posteriores a su muerte— pero la narrativa del héroe nacional japonés seguía siendo más cómoda que la del coreano zainichi que Japón nunca reconoció en vida.

La paradoja que la vida de Kim Sin-rak deja abierta es la misma que recorre toda la historia de la relación entre Corea y Japón en el siglo XX: el colonialismo japonés produjo generaciones de coreanos que debieron adoptar identidades japonesas para sobrevivir, y ese proceso de asimilación forzada generó figuras que luego Japón reclamó como propias sin reconocer el costo humano de haberlas producido. Rikidōzan salvó el orgullo japonés. Japón nunca supo a quién le estaba agradeciendo.

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Colaboradora en ReporteAsia.