El politólogo Francisco Urdinez analiza su nuevo libro sobre el “desplazamiento económico” de China a Estados Unidos en América Latina.
En las últimas dos décadas, América Latina ha presenciado una redefinición del mapa, en cuanto al papel que desempeñan las potencias globales en sus naciones. Si bien Estados Unidos fue el principal socio económico indiscutible de la región durante gran parte del siglo XX, hoy esa posición se ve desafiada, y en muchos casos ya superada , por China. La magnitud del cambio es tal que ya no se trata solo de un cambio comercial, sino de un proceso que está redefiniendo los equilibrios políticos, diplomáticos y estratégicos.
Este es el contexto de Desplazamiento Económico: China y el Fin de la Primacía Estadounidense en América Latina , un nuevo libro de Francisco Urdinez. Profesor asociado de Ciencias Políticas en la Pontificia Universidad Católica de Chile, también dirige el grupo de investigación del Núcleo Milenio sobre los Impactos de China en América Latina (ICLAC). Mediante estudios de caso y datos, su libro muestra cómo China llenó el vacío económico creado en medio de la progresiva retirada de Estados Unidos de América Latina entre 2001 y 2020. Urdinez argumenta que esto ha reducido la influencia política estadounidense en la región.
Aquí, Urdinez analiza cómo llegó a escribir el libro, sus principales hallazgos y sus implicaciones para los responsables de las políticas latinoamericanas.
Diálogo Tierra: ¿Qué te motivó a escribir este libro y por qué sentiste que era el momento adecuado?
Francisco Urdinez: Mi tesis doctoral se centró en cómo Estados Unidos había perdido influencia en América Latina y cómo China estaba llenando ese vacío, que es una de las ideas centrales del libro.
En aquel entonces, en 2017, el análisis era más básico en cuanto a datos. Con el tiempo, descubrí que uno de los mayores problemas era la falta de información sistemática: las comunidades académica y política no contaban con suficientes datos para responder a mi pregunta de investigación. Por eso me dediqué a colaborar en proyectos que recopilaban información sobre inversiones, financiación y donaciones, y realizaban encuestas entre las élites y la ciudadanía para medir la percepción del auge de China.
Mi premisa siempre fue que el crecimiento económico de China se traduciría inevitablemente en influencia política, como ha sucedido con otras potencias emergentes a lo largo de la historia. La clave fue construir un índice que midiera el peso económico de China y compararlo con el de Estados Unidos, lo que me permitió describir con claridad el cambio que se estaba produciendo.
El libro se divide en dos partes principales. La primera explica la importancia del concepto de desplazamiento económico, cómo se mide y qué revela sobre la pérdida de peso relativo de Estados Unidos en la región.
La segunda parte analiza los efectos políticos de este proceso, en particular la erosión de la legitimidad del orden construido por Washington en América Latina durante las últimas cinco décadas. Esta doble perspectiva —metodológica y política— busca demostrar que el fenómeno no es solo económico, sino también estructural en términos de poder internacional.
¿Cómo define usted el “desplazamiento económico” en el contexto de las relaciones entre Estados Unidos, China y América Latina?
Es el momento en que China se convierte en el socio económico más importante de un país latinoamericano, superando a Estados Unidos. Para medirlo, construí un índice que agrega a todos los actores económicos relevantes: empresas, bancos, agencias de cooperación y proveedores de crédito, tanto chinos como estadounidenses.
El objetivo era demostrar que China no es una «caja negra» que simplemente compra materias primas, sino una red de cientos de actores que influyen en la economía regional. Realizar el mismo ejercicio con Estados Unidos fue aún más complejo, pero nos permitió tener dos índices comparables. Ambos se expresan como porcentaje del PIB de cada país latinoamericano.
El cambio se produce cuando el peso económico de China, habiendo partido de cero, supera al de Estados Unidos. Es una forma clara y sencilla de captar un proceso continuo y progresivo de pérdida de influencia estadounidense ante el ascenso de China.
Usted argumenta que Estados Unidos ha retrocedido económicamente en la región. ¿Cuál es la mejor evidencia de este declive?
Los datos son contundentes: en las décadas de 1970 y 1980, Estados Unidos fue la principal fuente de inversión y financiamiento externo en América Latina, un papel que había desempeñado desde principios del siglo XX. Washington consolidó su poder global primero como potencia económica y tecnológica, antes de proyectar su influencia cultural y política. Ese papel transformador se ha ido diluyendo gradualmente, a medida que China asumió la tarea de proporcionar capital, bienes y tecnologías.
En las últimas décadas, América Latina dejó de ser una prioridad para Washington, que centró su atención en regiones consideradas más estratégicas. Muchas empresas estadounidenses perdieron interés y el capital se fugó, dejando espacio para que China llenara ese vacío. Durante años, incluso sectores de la élite política en Washington celebraron la revitalización, por parte de China, de economías donde Estados Unidos no tenía presencia, sin percibirla como una amenaza. Fue solo en 2016 cuando esta perspectiva comenzó a cambiar, al interpretarse el ascenso de China como un desafío geopolítico directo.
¿Cómo ha transformado el auge económico de China los patrones de comercio e inversión en América Latina?
La transformación ha sido histórica y comparable a procesos similares en África y el Sudeste Asiático. En tan solo unos años [a principios de la década de 2000], la demanda china de materias primas generó una concentración sin precedentes [hacia China] en las exportaciones de la región.
Mi libro descarta explicaciones alternativas, como que esto se deba únicamente a un auge en los precios de las materias primas o a afinidades ideológicas con gobiernos de izquierda. La clave reside en que, a nivel subnacional, los agentes económicos descubrieron que China era un comprador fiable y un inversor dispuesto a asumir riesgos con rapidez y sin excesiva burocracia.
En menos de una década, Pekín pasó de ser un actor marginal a convertirse en uno de los principales proveedores de capital extranjero en la región. Esto obligó a gobiernos y empresas a adaptarse rápidamente a un nuevo escenario que nadie había previsto. La convergencia entre la demanda de capital nuevo en América Latina y la disposición de China a proporcionarlo explica en gran medida este fenómeno.
La rivalidad entre Estados Unidos y China en la región se ha comparado con una nueva Guerra Fría. ¿Por qué cuestiona usted esa analogía en su libro?
La Guerra Fría fue una disputa ideológica y tecnológica entre modelos incompatibles, en la que la Unión Soviética no ofreció ninguna alternativa a Occidente. La competencia actual es diferente: no habrá una confrontación militar directa, sino una lucha por el dominio en sectores estratégicos como la inteligencia artificial, los semiconductores y la transición energética. China no rechaza el capitalismo: practica un modelo de capitalismo de Estado basado en la acumulación de capital y beneficios.
Por lo tanto, la rivalidad con Estados Unidos no es ideológica, sino económica y tecnológica. Ambos países compiten por controlar industrias clave que definirán el orden mundial en las próximas décadas. Nos enfrentamos a una rivalidad explícita y duradera de la que no hay vuelta atrás.
¿Hasta qué punto los países latinoamericanos son actores activos en este proceso, en lugar de ser simplemente escenarios de competencia entre grandes potencias?
El papel de los países latinoamericanos es fundamental. El libro muestra dinámicas tanto de base como de gobierno. En algunos casos, los gobiernos subnacionales tomaron la iniciativa y establecieron vínculos directos con China, como São Paulo durante la pandemia al negociar las vacunas . En otros, las provincias aprovecharon su alineación con los gobiernos nacionales para fortalecer las negociaciones, como ocurrió con las represas de Santa Cruz en Argentina. También se presentan ejemplos de iniciativas privadas, como el puerto de Chancay en Perú , que surgió de un acuerdo entre empresas antes de la intervención estatal.
Estas dinámicas demuestran que la relación no se da únicamente entre estados-nación, sino que involucra a múltiples actores locales. Gran parte de la situación actual se explica por estos movimientos «de abajo hacia arriba».
Usted menciona los diversos impactos del avance económico de China en la región. ¿Podría dar ejemplos de cómo se experimenta este cambio de manera diferente según el país?
En Sudamérica, China ha desplazado casi por completo a Estados Unidos, excepto en Colombia y Paraguay, en este último caso debido a su relación diplomática con Taiwán.
En Centroamérica y México, sin embargo, la dinámica es diferente. Allí, el peso económico de Estados Unidos sigue siendo predominante e incluso ha crecido en los últimos 20 años.
El caso más profundo de vinculación con China es el de Brasil, que se ha convertido en el motor regional de esta relación en sectores como las energías renovables y la minería. Chile, por su parte, depende de China para casi el 40% de sus exportaciones, una de las tasas de dependencia comercial más altas del mundo.
Estas son realidades estructurales que no se revierten con cambios de gobierno, como lo demuestran los casos del expresidente brasileño Jair Bolsonaro y del actual presidente argentino Javier Milei [quienes adoptaron posturas firmemente antichinas ]. La interdependencia económica con China llegó para quedarse.
¿Qué papel juega la ideología en la forma en que los gobiernos latinoamericanos se relacionan con Estados Unidos y China?
La ideología juega un papel secundario. El caso de Argentina bajo el mandato del expresidente Mauricio Macri lo ilustra claramente: a pesar de sus críticas iniciales, terminó profundizando las relaciones con China. Algo similar ocurrió con Jair Bolsonaro y Javier Milei, quienes cuestionaron a Pekín pero no redujeron los lazos . También existen ejemplos contrarios, como Chile, donde las relaciones fueron más fluidas bajo el gobierno de derecha del expresidente Sebastián Piñera que con el actual presidente Gabriel Boric, quien plantea objeciones en materia de derechos humanos y medio ambiente.
En última instancia, lo que pesa más que la ideología es la complementariedad económica y las acciones de los actores subnacionales y privados. La ideología puede influir en el discurso, pero rara vez altera la dinámica estructural.
¿Cree que Estados Unidos está intentando contrarrestar el creciente papel de China? Y, de ser así, ¿cuán efectivas han sido esas iniciativas?
La política estadounidense ha sido reactiva, lenta y coercitiva. En lugar de ofrecer alternativas, se ha basado en sanciones y advertencias, lo que ha generado frustración en la región.
Para muchos países, China no es la opción ideal, pero es la única disponible para obtener financiación rápida sin condiciones excesivas. Washington cuenta con herramientas como el Banco Interamericano de Desarrollo y el Fondo Monetario Internacional, pero no las utiliza con la misma agilidad que Pekín. Por eso surgen tensiones cuando se les pide a los países pobres que no adopten tecnologías como el 5G, sin ofrecerles una alternativa equivalente.
Si Estados Unidos no adapta su estrategia para ofrecer productos alternativos, corre el riesgo de empujar a América Latina aún más hacia China.
Para los responsables políticos de América Latina, ¿qué lecciones o advertencias ofrece su libro sobre cómo afrontar este cambio de equilibrio?
La principal lección es que será cada vez más difícil mantener un equilibrio entre Estados Unidos y China. Durante tres décadas, algunos países lograron beneficiarse de ambos, como Chile y Perú, gracias a los tratados de libre comercio con las dos potencias. Pero Washington está adoptando una política binaria de «amigo o enemigo» que obligará a los países a elegir. Esto dará pie a debates internos que podrían influir en las campañas presidenciales y las políticas estatales de la próxima década.
El desafío será enorme, y no está claro si la región tiene la madurez para afrontarlo. Por eso insisto en la necesidad de formar nuevas generaciones de expertos capaces de resistir las presiones externas y comprender que es improbable que la relación con China se revierta. Salvo un cambio radical en la estrategia estadounidense, China seguirá siendo el principal socio económico de gran parte de América Latina.
Nota: esta es un artículo republicado del medio «Dialogue Earth» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.
Fermín Koop es editor de Diálogo Chino para el Cono Sur














