El teatro político en Washington ha dado un giro sin precedentes. El lunes, el presidente estadounidense Donald Trump intentó destituir a la gobernadora de la Reserva Federal, Lisa Cook, por acusaciones de fraude hipotecario. Cook, invocando sus protecciones legales, rechazó la medida y afirmó su intención de continuar en el cargo. Más allá del enfrentamiento personal, este episodio expone una crisis más profunda: la erosión de la independencia institucional de la Reserva Federal, con consecuencias que repercutirán mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos.
La credibilidad de la Reserva Federal reside en su aislamiento de las presiones políticas a corto plazo. Los gobernadores cumplen mandatos de 14 años, y su destitución solo es admisible «con causa justificada», un umbral deliberadamente elevado para evitar la interferencia partidista. Este marco se diseñó para proteger la política monetaria de los ciclos electorales y los caprichos presidenciales. La invocación por parte de Trump de acusaciones infundadas de «fraude hipotecario» contra Cook parece menos un argumento legal que una maniobra política.
Las implicaciones van mucho más allá de una simple disputa de personal. La Fed no basa su autoridad en la coerción, sino en la credibilidad. Los inversores, las empresas y los gobiernos globales confían en que sus decisiones se basan en datos y se guían por la estabilidad a largo plazo, más que por la conveniencia política. Al atacar a un gobernador en funciones, la Casa Blanca ha señalado que incluso la Fed podría ser vulnerable a la presión partidista. Esto erosiona la confianza de la que depende la estabilidad financiera global.
Los mercados ya han reaccionado con inquietud. Los inversores confían en la previsibilidad de la política monetaria estadounidense como ancla para la fijación de precios de los activos globales, los flujos de capital transfronterizos y la estabilidad del tipo de cambio. La idea de que un presidente pueda reestructurar arbitrariamente la Junta de Gobernadores introduce una nueva capa de incertidumbre. La volatilidad en las acciones, los rendimientos de los bonos y los mercados de divisas refleja esta pérdida de confianza.
Para los inversores institucionales en Europa o Asia, la preocupación es inmediata: si las decisiones monetarias se perciben como impulsadas políticamente, las señales de la Fed pierden claridad. Una subida o una pausa en los tipos de interés podría interpretarse no como una respuesta a la inflación, sino como una concesión a la presión presidencial, socavando así el propósito mismo de la banca central.
Más trascendental que las fluctuaciones a corto plazo del mercado es el daño a la posición global del dólar. Su papel como principal moneda de reserva mundial depende no solo de la magnitud de la economía estadounidense, sino también de la fiabilidad institucional de su gobernanza financiera.
Los bancos centrales y los fondos soberanos de inversión tienen dólares porque confían en que las instituciones estadounidenses, especialmente la Reserva Federal, operan al margen de la política partidista. Al intentar doblegar a la Fed a la voluntad presidencial, Trump ha debilitado este cortafuegos institucional. La percepción de que la Fed es vulnerable a las purgas políticas socava los cimientos del dominio del dólar.
Para los países que ya desconfían de la dependencia del dólar, esto ofrece una nueva justificación para diversificar. Los esfuerzos para liquidar el comercio en monedas locales, ampliar el papel del euro o el yuan en las reservas o explorar alternativas digitales cobrarán impulso.
El momento no podría ser peor. Las cadenas de suministro globales siguen sometidas a tensiones, persisten las presiones inflacionarias y las rivalidades geopolíticas impulsan a las naciones hacia bloques económicos rivales. La politización de las instituciones monetarias estadounidenses amenaza con acelerar la fragmentación. Si los inversores concluyen que la política monetaria estadounidense ya no es imparcial, se protegerán contra el riesgo del dólar, impulsando al mundo hacia un orden financiero más multipolar, marcado por la volatilidad y la ineficiencia.
Para las economías emergentes, muchas de las cuales dependen de la deuda denominada en dólares, una Reserva Federal impredecible magnifica la vulnerabilidad, complicando la gestión de los flujos de capital y la estabilidad cambiaria. Irónicamente, una medida destinada a consolidar el control interno podría, en última instancia, debilitar la influencia financiera estadounidense en el exterior.
Este episodio también pone de manifiesto la fragilidad de la gobernanza estadounidense. Durante décadas, Estados Unidos se ha erigido como defensor del orden basado en normas y de los controles y equilibrios institucionales. La Reserva Federal simbolizaba la estabilidad tecnocrática. Al convertirla en un campo de batalla político, Washington envía un mensaje radicalmente distinto: ninguna institución está a salvo de las luchas partidistas. Tanto aliados como rivales llegarán a la conclusión de que la gobernanza estadounidense está cada vez más comprometida.
Para la economía global, que ya lidia con la inflación, las interrupciones en la cadena de suministro y las rivalidades geopolíticas, esta incertidumbre adicional resulta desestabilizadora. Los mercados emergentes que dependen de la financiación en dólares serán los más afectados. Si las señales monetarias estadounidenses pierden su fiabilidad, la fuga de capitales y la volatilidad cambiaria podrían intensificarse, lo que presionaría aún más a las economías frágiles. Por lo tanto, una disputa política interna en Estados Unidos amenaza con propagar la inestabilidad a todo el mundo.
Incluso si los tribunales finalmente confirman la postura de Cook, el daño ya está hecho. El precedente de la intervención presidencial ha quebrado el escudo institucional que antaño protegía a la Reserva Federal. Los socios internacionales no olvidarán que la independencia del banco central estadounidense puede ser cuestionada abiertamente. Para muchos, esto confirma que el orden dominado por el dólar conlleva riesgos sistémicos que ya no pueden ignorarse.
En este sentido, el intento de Trump de destituir a Cook es más que una lucha de poder interna. Marca un punto de inflexión en la percepción global de la gobernanza financiera estadounidense. Al socavar la credibilidad de la Reserva Federal, Washington ha sacudido los cimientos mismos de la hegemonía del dólar. Para los países que exploran la autonomía financiera y la desdolarización, este momento es tanto una advertencia como una oportunidad. El mundo observa atentamente, y la búsqueda de alternativas sin duda se acelerará.
Nota: esta es un artículo republicado del medio «CGTN» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.
Xin Ge es profesor asociado en la Escuela de Economía y Administración Pública de la Universidad de Finanzas y Economía de Shanghái.














