Múltiples factores confluyen y se superponen en la guerra en Medio Oriente. Por una parte, el interés de Israel por debilitar el poderío militar iraní, sobre todo la amenaza regional y global que constituiría la fabricación de su primera bomba atómica con el apoyo de Rusia. Algunos analistas señalan que, el Estado eslavo – euroasiático provee inteligencia satelital a Teherán para sus ataques a Israel y las bases militares estadounidenses en la zona.
En ese marco, el interés de Estados Unidos es evitar la probabilidad que Teherán posea armamento estratégico nuclear y la emplee contra el gobierno hebreo. Si ya de por sí Medio Oriente es una región caótica a nivel institucional un arma nuclear solamente empeoraría “extensus” el comercio y la convivencia en una zona donde se concentra buena parte del petróleo que mueve al mundo [20%].
Adicionalmente, se aspira reducir la capacidad misilística y de drones iraní [capacidad de producción y uso] objetivos militares claros que podrían ser considerados como parte de la operación Martillo de Medianoche de junio del 2025; y en lo político terminar con el régimen de los fundamentalistas religiosos de los ayatolás que tienen su brazo armado en la Guardia Revolucionaria.
Así, la guerra preventiva despejó las dudas de su eminente inicio, pero abre la interrogante de cuando concluirá; posiblemente luego de las elecciones de medio término en Estados Unidos.
En estos dos meses de operaciones militares Teherán ha demostrado su capacidad de resistir y combinar la defensa con el ataque a través de los drones y misiles de largo alcance [3.000 – 5.000 km] desde locaciones defensivas descentralizadas incrementando el riesgo operacional ofensivo (Israel, Estados Unidos, sus bases militares y países aliados). Si bien es cierto que la operación militar es una guerra con todo lo que comprende conceptualmente, ésta no fue declarada por el Congreso estadounidense y, por lo tanto, no se prevé el envío de tropas por tierra para controlar Irán e imponer una democracia de corte occidental.
Ciertos analistas han señalado que Estados Unidos fue empujado e influenciado por Tel Aviv para atacar Irán y defenestrar la cúpula teocrática que ha venido conculcando derechos y reprimiendo a su población en función de un fanatismo religioso que raya en lo irracional y brutal, sobre todo en la denigración a la mujer, la cual tiene menos derechos que un animal. Si eso no nos preocupa como comunidad internacional en el siglo XXI algo estamos haciendo mal por omisión y silencio cómplice.
Otros enfoques apuntan que, la ampliación de las guerras de Netanyahu, primero en la Franja de Gaza y ahora en Irán y países aledaños y afines le han servido como su salvavidas político dentro de los casos legales que enfrenta en el sistema judicial israelí. En esa medida la declaratoria de Estado de guerra le ha favorecido para permanecer en el poder y propender ablandar la opinión pública frente a sus procesos judiciales y cuestionamientos políticos sobre la manera como dirige el Estado hebreo; además de silenciar la acusación por delitos de lesa humanidad en la Corte Penal Internacional de La Haya.

No cabe duda que, la superioridad aérea y militar en conjunto de Estados Unidos e Israel pueden aniquilar e inutilizar el contrataque iraní en un breve período de tiempo. Sin embargo, al extenderse la guerra por más de dos meses con las represalias de Teherán, especialmente en el Estrecho de Ormuz da cuenta del daño que puede infligir un país como Irán. El bloqueo de puertos, las frágiles treguas y la latente hostilidad son la nueva normalidad en la región.
El factor tiempo que discurre meses previos a las elecciones de medio término en Estados Unidos obligan al presidente Donald Trump a realizar ajustes y acercamientos diplomáticos – negociación con los estados en conflicto para restablecer el tránsito del petróleo por el Estrecho de Ormuz y disminuir los impactos a la inflación global que acarrea los precios altos del petróleo y su encarecimiento; actualmente bordea los $120 dólares el barril. Sólo en el sector de la aviación comercial, se prevé tener combustible para cinco semanas con la reducción de rutas aéreas como medidas paliativas para evitar mayores pérdidas económicas.
De acuerdo al experto en relaciones internacionales Juan Battaleme (03.2026), Washington ha encontrado límites en sus operaciones militares de liberación – ocupaciones terrestres. Argumenta que, en la guerra en Afganistán “ […] lo que comenzó como una campaña para remover al régimen talibán y dar caza a Osama Bin Laden terminó con la reinstalación de dicho régimen en 2021 […]”. En cuanto a Irak señala que, dicha guerra rápida dio cabida al surgimiento de ISIS y de milicias iraquíes pro-Irán. En cuanto a la guerra entre Rusia y Ucrania, dicha campaña militar prevista para pocos días se ha convertido en una guerra de desgaste [4 años, 3 meses] que incrementó dos nuevos socios en la OTAN [Suecia y Finlandia] e impulsó el reticente rearme europeo.
Battaleme sostiene: “Lo que está en juego en Irán no es el futuro del régimen, es la validez de la doctrina [estadounidense, realismo ofensivo]: que la precisión tecnológica puede reemplazar la ocupación y lograr un efecto político sostenible”.
Esta guerra en Medio Oriente nos ha demostrado que, los prematuros éxitos tácticos en el ámbito aéreo no han resuelto en su totalidad el cambio de régimen en Irán; por lo tanto, al permanecer su estructura de poder más radical fundamentalismo religioso de los ayatolás], el conflicto permanece, incrementa y se expande al comercio marítimo, principalmente de petróleo y las cadenas de suministro del este asiático que transitan por el Estrecho de Ormuz. Conforme lo sostengo el régimen iraní está presionando desde la defensa infligir la mayor cantidad de daño a las bases militares estadounidenses en la región con el objetivo político de menoscabar el liderazgo republicano en las próximas elecciones de medio término.
De igual forma los ataques se han extendido a los países del Golfo como: Arabia Saudita, Azerbaiyán, Baréin, Emiratos Árabes Unidos [salió de la OPEP Plus], Irak, Kuwait, Omán y Catar.
Conclusión
La guerra en Medio Oriente se ha convertido en una guerra de desgaste en favor de la posición defensiva de Teherán y en perjuicio de la posición ofensiva de Washington que, al no controlar y eliminar las hostilidades en el Estrecho de Ormuz y su apertura al comercio marítimo mundial verá una estrepitosa derrota en las próximas elecciones de medio término.
Como consecuencia de la primera reflexión la catalogada guerra impopular por el pueblo estadounidense en buena parte, ha afectado sus bolsillos por el incremento del barril del petróleo y con ello, el aumento de la inflación – costo de vida. De otra parte, la guerra en Medio Oriente liderada por Estados Unidos e Israel en virtud de acuerdos de cooperación militar no fue discutida y aprobada por el Congreso norteamericano puede hacer mella en la credibilidad y el liderazgo republicano frente al siguiente proceso electoral.
Si bien es cierto que la guerra preventiva liderada por Washington en conjunto con Tel Aviv mitiga un conflicto a gran escala en Medio Oriente por la amenaza que constituiría la obtención de su primera bomba atómica para Teherán [asuntos externos], los impactos negativos de la inflación, el incremento del barril de petróleo, entre otros efectos colaterales se materializarán en las elecciones norteamericanas [asuntos internos]. En ese contexto, el partido demócrata sin esfuerzo alguno cosechará los desaciertos en política exterior del presidente republicano Donald Trump.
Finalmente estimo que, las exitosas operaciones militares estadounidenses en Venezuela, México le permitieron al gobierno del presidente Trump actuar con rapidez y firmeza en Irán, [exceso de confianza] sin embargo, la superioridad militar se ha visto trastocada por la estrategia defensiva y de desgaste que ha implementado Teherán al comercio global al cerrar y encender el Estrecho de Ormuz como un teatro de operaciones donde se muestra músculo por ambas partes y las evidentes capacidades asimétricas; en el cual el uso de drones por parte de Irán bajo la modalidad de enjambre ha podido concretar ataques y daños a la infraestructura militar de Estados Unidos en la zona, principalmente.
En suma, estamos asistiendo a una notable configuración de las tácticas militares, el uso de nuevas armas de menor presupuesto y el hecho irrefutable de que la contundencia en el poderío militar de una potencia mundial no se constituye en una garantía inmediata para cambiar abruptamente un régimen político – teocrático si esto no va de la mano de una cooperación internacional más amplia y comprometida con la democracia y el comercio global, al menos en una región tan delicada y vital como el Estrecho de Ormuz.
Con estas enseñanzas se deberán prever los escenarios del próximo y probable conflicto bélico en la Estrecho de Taiwán / Formosa y, su impacto en la economía mundial [mercado de los nanochips] y la reacción que se tendrá por parte de las principales potencias.
Abogado & Máster en Relaciones Internacionales. Docente de Geopolítica, Sociología y Realidad Nacional en la Escuela Superior Militar “Eloy Alfaro”.
Instructor de Geopolítica contemporánea en la Universidad de las Fuerzas Armadas – ESPE. Profesor de Maestría en Geopolítica contemporánea en la Academia de Guerra del Ejército – Universidad de las Fuerzas Armadas ESPE.
Conferencista de la Academia de Guerra Aérea AGA de la Fuerza Aérea Ecuatoriana FAE. Autor del libro “Realpolitik. El orden mundial detrás del conflicto en el este de Ucrania” publicado bajo el sello Editorial Planeta.












