El auge de hostilidades y el aumento de la beligerancia en el mundo —ejemplos: la guerra en Europa del Este entre Rusia y Ucrania, el conflicto en Oriente Medio entre Estados Unidos e Israel con Irán, y la probabilidad de la recuperación de Taiwán por parte de China— demuestra y ratifica la premisa de Carl von Clausewitz: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Algunos estudios señalan que alrededor del mundo se encuentran cerca de 500 conflictos que pueden escalar al ámbito militar.
Más allá de aquello, el rearme en el mundo se ha mediatizado tanto que las guerras se las puede seguir en streaming, vivo y en directo, e indudablemente influir en las posiciones en favor o en contra de determinado bando. Despertar pasiones y emociones es intrínseco a la naturaleza humana y para ello se debe comprender racional y lógicamente cómo se toman las decisiones de Estado para recuperar y/o fortalecer las capacidades en el ámbito militar.
Dentro de la amplia gama de opciones, es necesario destacar que el rearme de los estados obedece a los ciclos naturales de su equipamiento bélico, el cual debe ser renovado cada determinado tiempo y en función de la naturaleza de cada caso; por ello se habla de la vida útil, efectiva y óptima para su pleno empleo tanto en ejercicios militares como en el teatro de operaciones. En ese aspecto se habla de la necesaria actualización operativa debido a los avances en ciencia y tecnología, la aparición de nuevas amenazas no convencionales en los cinco dominios —aire, mar, tierra, espacio y ciberespacio— y el mantenimiento de capacidades defensivas y ofensivas. Adicionalmente se cuenta con la lucha en ciernes por los recursos energéticos: petróleo, gas natural, tierras raras, agua, entre otros.
En ese marco, la mejora de capacidades operativas de un Estado con una visión o agenda estratégica proyecta una señal de fuerza, tensión y competencia regional en comparación a los países con los que pudiese colindar. De igual forma, se impone cierto peso estratégico mediante la capacidad real de disuasión del equipamiento adquirido o renovado, conllevando a establecer un desequilibrio en las capacidades estratégicas entre los estados. Por ello aumenta la natural competencia por determinar cuál se encuentra mejor equipado y/o posicionado para enfrentar probables escenarios de guerra.

Los países que lideran en el ámbito militar
Los países que encabezan el poder militar global son Estados Unidos, con 1,3 millones de soldados, una flota aérea de 13.000 aviones, aviación de combate de quinta generación (F-22 Raptor, F-35 Lightning), 11 portaaviones, tecnología satelital y bomba atómica; Rusia, con 800.000 soldados, aviación de quinta generación (Sukhoi 57), 12.000 tanques, tecnología satelital y arsenal nuclear; China, con 2 millones de soldados, 3.000 aviones, aviación de quinta generación (Chengdu J-20), una armada en igualdad numérica con Estados Unidos, tecnología satelital y bomba atómica; India, economía emergente con la mayor población del planeta con 1.476 millones de habitantes; y Corea del Sur. Actualmente el porcentaje de confianza hacia las Fuerzas Armadas de Estados Unidos es del 61%. Luego de los atentados terroristas de 2001 ese porcentaje bordeó el 80%. A nivel latinoamericano se encuentran: en el puesto 11, Brasil; 32, México; 33, Argentina; 46, Colombia; 47, Chile.

Estadísticas del rearme
De acuerdo al Informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar mundial en 2025 ascendió a 2,44 billones de dólares. Otros estudios señalan que solo en Europa el gasto militar ascendió a 2,9 billones de dólares. Similares volúmenes de gasto se encuentran en Asia por la disputa regional de China en torno a la reunificación de Taiwán, y las tensiones entre Japón y Corea del Sur con China y Corea del Norte. En cuanto a la OTAN, en razón de la disposición del presidente norteamericano el gasto militar aumentó del 2% al 5%. En general, a escala global el incremento es de aproximadamente 2%.
En ese marco cabe preguntarse: ¿estamos ante el fin del estado de bienestar? Indudablemente la prioridad en gastos de seguridad y defensa repercute en la atención a las áreas sociales, como salud y educación. En esa disyuntiva, las consecuencias económicas derivadas de la inflación por las guerras en Europa del Este y Oriente Medio hacen aún más sombrío el panorama en el corto y mediano plazo. Además, la lenta y casi nula recuperación de los mercados globales luego de la pandemia de COVID-19 acrecienta las necesidades de la población mundial y la preocupación por el aumento de la criminalidad asociada a la migración, que ha sido capitalizada políticamente para el ascenso sostenido de la derecha en Europa, Estados Unidos y Sudamérica.
¿Cómo está la seguridad y defensa en Latinoamérica?
En primer lugar, es necesario recordar algunos países de la región que carecen de fuerzas armadas. Panamá disolvió las suyas en 1989 en razón de la captura del dictador Manuel Noriega, vinculado a actividades ilícitas que obligaron la intervención de Estados Unidos en una operación militar especial. Hasta enero de 2026 fue la última intervención estadounidense en Latinoamérica en el siglo XX, en virtud de la captura en Caracas del dictador Nicolás Maduro. En los meses subsiguientes se esperaría la liberación de Cuba de la dictadura castrista y el desmantelamiento de GAESA, principal fuente de ingresos para la burocracia comunista.
La relación entre Estados Unidos y Panamá gira en torno al acuerdo sobre el Canal de Panamá, que hace posible la interoperabilidad conjunta, la ciberdefensa y sobre todo el interés norteamericano de disuadir a China como actor en la toma de decisiones en el Canal y reducir su influencia en Latinoamérica.
Otro caso relevante es Costa Rica, que en 1948, luego de soportar una guerra civil, optó por prescindir de fuerzas armadas e inclinarse por el respeto al derecho internacional, el ejercicio pleno de la diplomacia en la arena internacional e invertir en educación. Su Policía Nacional suple en algo las atribuciones que originariamente se le pueden atribuir a las fuerzas armadas. En pocas palabras, Costa Rica no tiene una «doctrina de guerra».
Finalmente, Haití disolvió sus fuerzas armadas en 1995, ya que estas frecuentemente incurrían en abusos de poder y atentados a los derechos humanos; sin embargo, las restauró en 2017 luego de la grave crisis política que aún la aqueja. Actualmente, Haití hace frente, al igual que muchos países latinoamericanos, a la criminalidad asociada a la delincuencia organizada transfronteriza. En el año 2025 contó con 1.500 soldados entrenados por Ecuador, Argentina y México.
Índice de confianza
Según estudios, el 43% de los encuestados en Latinoamérica tienen confianza en sus fuerzas armadas como símbolo de fuerza y orden. En la región, el país con mayor apoyo ciudadano hacia sus fuerzas armadas es El Salvador con 68%, seguido de Ecuador con 66%, Chile con 60%, Uruguay con 58% y República Dominicana con 57%.
En ese contexto es relevante el rol de las fuerzas armadas en los dos primeros países, El Salvador y Ecuador, los cuales les han declarado la guerra a los grupos de delincuencia organizada. En el caso chileno, bajo el mandato del presidente José Antonio Kast, se prevé un aumento del nivel de confianza hacia las fuerzas armadas, Carabineros y demás agencias estatales, toda vez que se restablecerá el orden y el respeto a la ley en razón de la alta criminalidad que afectó a la población chilena durante el mandato de Gabriel Boric.
¿Latinoamérica, zona de paz?
Según el Banco Mundial, el gasto militar en Latinoamérica aumentó un 1% en razón de su PIB. En el caso ecuatoriano se reporta un incremento del 2,3% —Quito anunció recientemente la orden de compra de siete helicópteros a Italia, incluido uno VIP, generando dudas sobre la motivación de dicha última adquisición— y Colombia un 2,9%.

Luego del conflicto bélico entre Ecuador y Perú en febrero de 1995, en el cual Ecuador impuso su superioridad aérea en el primer combate con aviación supersónica (K-Fir CE, Mirage F1JA EC vs. Sukhoi PE), no ha habido conflictos bélicos entre estados en la región. Latinoamérica se ha constituido así como la menor zona de conflicto en el mundo con fronteras fijas, a excepción del Esequibo, que actualmente enfrenta a Venezuela y Guyana por el petróleo.
A pesar de la notable estabilidad interestatal, algunos países han incrementado sus gastos militares en función de la necesaria renovación de sus arsenales y de la coyuntura internacional. En cuanto al rearme previsto por Perú, existen órdenes de compra superiores a 3.500 millones de dólares en aviones de combate F-16++ Block 70 con un costo unitario de 100 millones de dólares, sostenidas con el flujo marítimo-comercial que les provee el Puerto de Chancay. De igual forma se conocen propuestas de compra de aviones suecos SAAB Gripen (24 unidades), helicópteros y blindados. El gobierno peruano y Corea del Sur prevén además construir una fragata de manera conjunta, y Lima proyecta adquirir 54 tanques K2 a Seúl por un monto de 1.800 millones de dólares, además de patrulleros y buques de desembarco anfibio. En cuanto a la cooperación con Estados Unidos, se tiene previsto modernizar las capacidades de la Armada de Perú con gastos que bordean los 1.500 millones de dólares. En materia de industria nacional, Lima aspira a contar con 10.000 fusiles ARAT 7. En suma, el aumento del gasto militar peruano en 2026 es del 8,6%.
En lo referente a Colombia, se prevé la compra a Suecia de 17 cazas Saab Gripen EF por un monto de 3.135 millones de euros para reemplazar su flota de K-Fir, que data de los años 80. Además, buscan fortalecer la fabricación de drones con fines militares, aspiran a contar con un patrullero oceánico que controle su salida al Pacífico y al Caribe, y esperan incorporar 120.000 nuevos fusiles para su ejército. Un hecho curioso es que, al encontrarse Bogotá con una guerra abierta contra los grupos guerrilleros y sus disidencias, continúa adquiriendo equipamiento militar para mantenerse en la membresía de la OTAN, que exige conservar altos estándares en operaciones militares a todo nivel.

En lo correspondiente a Brasil, el país goza de capacidad autónoma en la fabricación de aviación de combate subsónica y para su aviación supersónica contará con nuevos cazas suecos Saab Gripen, con el objetivo de que en el futuro sean ensamblados y fabricados en Brasil con el apoyo de Embraer. Además, el gobierno brasileño prevé desarrollar su primer submarino con propulsión nuclear, el SN-10, en cooperación con Francia, adquirir cuatro fragatas nuevas y cuatro submarinos convencionales para apoyar operaciones en el Atlántico Sur y la Amazonia, y contrarrestar el narcotráfico. En suma, el gasto militar brasileño creció un 13%, alcanzando los 24.000 millones de dólares, lo que le vale el puesto número 11 en el mundo. Cabe resaltar que Brasil vende tecnología a Ecuador, Emiratos Árabes, Portugal, Países Bajos y Austria.
En lo referente a Argentina, se concretó la compra al Reino de Dinamarca de 24 cazas estadounidenses F-16 por un valor de 650 millones de dólares, además de la compra de dos helicópteros Bell 407GXI, entre otras importantes adquisiciones bajo reserva.
Desafíos y perspectivas
Años atrás, Latinoamérica tuvo un proyecto ambicioso e interesante, aunque contaminado por el Socialismo del Siglo XXI, que ideó un Consejo de Seguridad Sudamericana dentro del marco de la UNASUR. Al tomar un giro rotundo hacia la derecha y centroderecha, muchos mandatarios optaron por salir de dicha organización intergubernamental. La idea de mantener consenso en cuanto a la seguridad colectiva para Sudamérica no fue mala del todo, pero los intereses nacionales fueron priorizados por los jefes de Estado y de Gobierno por sobre los mecanismos y estructuras de integración regional. En esa medida, el realismo como teoría principal de las relaciones internacionales ayuda a comprender mejor las dinámicas de Estado en un contexto de desequilibrios y desbalances regionales.
Ante una amenaza externa derivada del tráfico de sustancias y estupefacientes, ya arraigada en la región con bandas del crimen organizado locales, se ha replanteado la necesidad de coadyuvar en esfuerzos conjuntos de inteligencia para mitigar y erradicar esta problemática, que repercute en la seguridad ciudadana y los ámbitos laboral, comercial y turístico, entre otros.
El rearme impulsado por algunos países de la región prioriza la defensa de la soberanía e integridad territorial, para lo cual planifican gastos e inversiones a largo plazo, mientras que el resto de países de la región aumentan sus gastos militares enfocados más en eventos de seguridad interna. Si bien está plenamente justificada la renovación de equipamiento militar, debe impulsarse la equiparación de las capacidades militares en la región a fin de que exista cierto equilibrio y estabilidad como elementos clave para la disuasión, al menos ante el evidente rearme «pacífico» de ciertos países y el interés de contar con ciertos recursos energéticos en su favor. Von Clausewitz acertadamente afirmó: «Un mismo objetivo político puede originar reacciones diferentes, en diferentes naciones e incluso en una misma nación, en diferentes épocas».
Es indudable que las nuevas amenazas a la soberanía nacional de los estados conllevan proponer soluciones conjuntas a nivel regional mediante la cooperación internacional con la Unión Europea y sus agencias, y el apoyo de Estados Unidos, bloque y país con los mayores indicadores de consumo de sustancias sujetas a medidas de restricción y fiscalización. Para este efecto, la teoría institucionalista de las relaciones internacionales coadyuva en la labor.
Es evidente que en el actual contexto de lucha contra los grupos de delincuencia transfronteriza, el rearme de países con menores y limitadas capacidades de compra de armamento se enfoca hacia sus necesidades más urgentes, como la seguridad ciudadana, con miras a la latente militarización del orden interno. Aquello no puede ser un óbice para desatender la urgencia por igualar capacidades operativas y estratégicas de disuasión.
Rememorando a von Clausewitz: «Los conflictos se resuelven por consenso o por violencia», y ante la inminente probabilidad de reactivarse conflictos y hostilidades históricas, los estados deben prever escenarios de guerra y tomar recaudos con antelación, sin actuar de forma tardía o reactiva.
Abogado & Máster en Relaciones Internacionales. Docente de Geopolítica, Sociología y Realidad Nacional en la Escuela Superior Militar “Eloy Alfaro”.
Instructor de Geopolítica contemporánea en la Universidad de las Fuerzas Armadas – ESPE. Profesor de Maestría en Geopolítica contemporánea en la Academia de Guerra del Ejército – Universidad de las Fuerzas Armadas ESPE.
Conferencista de la Academia de Guerra Aérea AGA de la Fuerza Aérea Ecuatoriana FAE. Autor del libro “Realpolitik. El orden mundial detrás del conflicto en el este de Ucrania” publicado bajo el sello Editorial Planeta.












