“Que todas las almas aquí descansen en paz porque no repetiremos el mal”. Estas son las palabras grabadas en el monumento de piedra del Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima.Ochenta años después de que el mundo presenciara la horrible tragedia causada por las armas nucleares y el ser humano, debemos preguntarnos: ¿Nos tomamos en serio esta promesa? ¿Estamos haciendo lo suficiente para recordar lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki?
Ciudades enteras convertidas en cenizas. Más de 540.000 víctimas, incluidas aquellas que fallecieron por los efectos posteriores de la radiación. Aún hoy, muchos sobrevivientes continúan recibiendo tratamiento en centros de la Cruz Roja por enfermedades como el cáncer, mientras que sus descendientes cargan con secuelas genéticas imborrables.
Hoy, después de 80 años, recordamos el horror de Hiroshima y Nagasaki. Pero esa memoria no alcanza para alejarnos de la realidad internacional actual: nunca, desde la crisis de los misiles, estuvimos tan cerca de que el terror nuclear vuelva a convertirse en realidad.
Desde el inicio de la amenaza rusa en territorio ucraniano (y en particular sobre las bases nucleares del país), la tensión nuclear a nivel internacional no ha hecho más que escalar.
Hace tan solo unos meses, Washington y Teherán estuvieron al borde de un enfrentamiento
armado por un conflicto vinculado al desarrollo de armas nucleares.

En el contexto actual, hablar de un acuerdo global de no proliferación nuclear resulta casi utópico. Las condiciones que permitieron la firma del Tratado de No Proliferación en 1968 ya no existen: el orden bipolar dio paso a un sistema internacional mucho más fragmentado, donde las potencias no sólo compiten entre sí, sino que también desconfían de cualquier arquitectura de seguridad colectiva. Las promesas de desarme han sido incumplidas por las grandes potencias, y los países no nucleares observan con escepticismo cómo quienes poseen arsenales continúan modernizándolo.
En este escenario, las posibilidades reales de llegar a un nuevo consenso son prácticamente nulas. No hay incentivos claros ni mecanismos de confianza mutua suficientes. Por eso, más que perseguir un desarme ilusorio, la única alternativa viable es mantener e incluso permitir un equilibrio de poder basado en la disuasión mutua.
Esta visión no es nueva. El teórico realista Kenneth Waltz lo expuso con claridad en su influyente artículo “Why Iran Should Get the Bomb” (2012). Allí, Waltz defendía la idea de que el verdadero problema no es la proliferación nuclear en sí misma, sino la asimetría nuclear. En su opinión, el temor a que Irán desarrollara armamento nuclear era exagerado, y lo que verdaderamente generaba inestabilidad era que Israel, con su arsenal no declarado, tuviera el monopolio regional de la disuasión.
Waltz argumentaba que el equilibrio nuclear entre rivales, como sucedió durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, fomenta la estabilidad. Esta es la esencia de la doctrina MAD (Destrucción Mutua Asegurada): cuando dos actores tienen la capacidad de aniquilarse mutuamente, la guerra deja de ser una opción racional. En palabras de Waltz: “More may be better” —a veces, más armas nucleares pueden significar más estabilidad, si se distribuyen equitativamente entre los actores relevantes.
Hoy, después de 80 años, recordamos el horror de Hiroshima y Nagasaki. Pero esa memoria no alcanza para alejarnos de la realidad internacional actual
Hoy, frente al estancamiento del multilateralismo y a la desconfianza creciente entre potencias como Estados Unidos, China y Rusia, retomar el ideal del desarme suena más un deseo moral que una estrategia posible. En cambio, garantizar un equilibrio nuclear, aunque sea inquietante, podría ser lo único que impida que las amenazas actuales se conviertan en acciones irreversibles.
Claro que esta mirada choca con el sentido común dominante y con la política exterior de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos, que se opone notoriamente a que cualquier otro actor adquiera armamento nuclear. Pero vale la pena preguntarse: ¿Quién decide quién puede tener la bomba y quién no, y bajo qué criterios?
Desde esta perspectiva, Estados Unidos no sólo se opone a la expansión nuclear: la provoca y alimenta cuando la percibe como una amenaza a su hegemonía en un mundo donde su poder relativo se diluye. Mantener el monopolio o, al menos, la supremacía nuclear es fundamental para Washington, no sólo como cuestión de seguridad, sino como herramienta para preservar su influencia global frente al ascenso económico y estratégico de China y al distanciamiento de aliados tradicionales como la Unión Europea.
Así, la dinámica nuclear se convierte en una pieza clave de un tablero geopolítico donde la hegemonía estadounidense está en juego, impulsando a Estados Unidos a contener cualquier avance nuclear que pueda desafiar su posición dominante.
Hiroshima fue más que una tragedia: fue el recordatorio brutal de hasta dónde puede llegar la humanidad cuando el poder se impone sobre la vida. No hay justificación posible para aquel horror, y 80 años después, seguimos dejando que los Estados jueguen con nuestra seguridad, atrapados en una lógica de miedo, hegemonía y amenaza.
Hoy, el desarme total es un ideal lejano. Pero eso no tiene que significar resignación. Significa entender que el verdadero riesgo no está en que más actores accedan al arma nuclear, sino en permitir que unos pocos la usen como herramienta de dominación. La estabilidad no surge del monopolio, sino del equilibrio.
Si realmente queremos honrar a las víctimas de Hiroshima, no basta con recordarlas. Hay que impedir que el mal se repita. No con promesas vacías, sino dejando de ser espectadores ante Estados que ven en el miedo una estrategia de poder. “Que todas las almas aquí descansen en paz, porque no repetiremos el mal.”
Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de Belgrano, con experiencia en investigación, redacción y diplomacia. Se especializa en analizar y comunicar dinámicas geopolíticas de Asia Oriental, con un fuerte interés en los derechos humanos en Corea del Norte y las relaciones intercoreanas.
Ha trabajado en la Embajada de Malasia, en la Cámara de Comercio Argentina para Asia y el Pacífico, y en el CESIUB (Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Belgrano), donde desarrolló ensayos y análisis profundos sobre Asia Oriental.
Habla inglés y japonés, lo que le permite abordar temas internacionales desde una perspectiva global.













