La “sobrecapacidad” de energías renovables como solución climática

Energía renovable

El debate global sobre la llamada “sobrecapacidad” de energías renovables en China se ha intensificado cada vez más, impulsado en gran medida por funcionarios de Estados Unidos y la Unión Europea. Esta crítica resulta desconcertante: durante más de una década, líderes de todo el mundo —incluidos los de Occidente— han pedido exactamente el tipo de expansión verde acelerada que China está llevando a cabo hoy.

“Dejemos de subsidiar los combustibles fósiles y empecemos a apoyar la revolución de las energías renovables”. Ese ha sido el grito de batalla en casi todos los foros importantes a los que he asistido —desde las Naciones Unidas y el Banco Mundial, hasta el Foro Económico Mundial— desde finales de la década de 2000.

A pesar de estos llamados, los gobiernos occidentales han sido lentos a la hora de ampliar sus industrias verdes. Algunas automotrices occidentales incluso optaron por hacer trampa en los objetivos de emisiones, en lugar de acelerar la transición hacia los vehículos eléctricos (VE). En Occidente deberíamos mirarnos con honestidad en el espejo antes de culpar a China por hacer exactamente lo que nosotros exigimos.

De la crítica a la colaboración

Para los países en desarrollo, los paneles solares chinos baratos significan que, por primera vez en la historia mundial, existe un camino verde hacia la prosperidad. Históricamente, los países —comenzando con el Reino Unido durante la revolución industrial— construyeron sus economías sobre los combustibles fósiles, principalmente el carbón. Pero hoy, la energía solar es más barata que el carbón en mercados clave como China, Estados Unidos, India y Alemania. Una nación en desarrollo ahora puede ahorrar dinero al cambiar del carbón a la energía solar, impulsando su crecimiento económico sin necesidad de ayuda de las naciones más ricas.

En la última década, el precio de la energía solar ha caído casi un 90%. Nadie predijo esto, y aún menos pensaron que fuera posible. Esta transformación ha sido impulsada por la feroz competencia entre las principales empresas solares chinas, como Tongwei, Longi, Trina, Jinco y Ja.

Cuando Janet Yellen, secretaria del Tesoro de EE. UU. bajo la administración Biden, describió los subsidios del gobierno chino como factores que contribuyen a la sobreproducción y debilitan la resiliencia del mercado global, pasó por alto la realidad de la demanda mundial. Durante los recientes tiempos difíciles para la economía china, pocas industrias han resultado tan atractivas para los inversores como la energía limpia. Los líderes empresariales han seguido de cerca el rápido crecimiento del sector, especialmente en la producción solar. Desde la perspectiva de la demanda global, enfrentamos una subcapacidad verde, no sobrecapacidad. Mientras los productos eran costosos, la demanda era naturalmente baja; pero ahora, con la expansión de la escala, los costos han disminuido y la demanda continúa creciendo.

Sin duda, las empresas chinas se han beneficiado de las estrategias verdes del gobierno. Sin embargo, sus inversiones y expansiones se basan en evaluaciones cuidadosas tanto del mercado interno como del internacional. Cuando los productos chinos tienen éxito dentro y fuera del país, el término “sobrecapacidad” pierde sentido. Por el contrario, existe una necesidad urgente de más inversión verde y de una demanda global más sólida.

China no sufre de “sobrecapacidad”; más bien, posee capacidades productivas que pueden beneficiar enormemente al mundo. La revolución industrial verde del país ofrece oportunidades sin precedentes para la acción climática global. Por eso, en lugar de ver el liderazgo de China en industrias verdes como una amenaza, otros países deberían reconocerlo como un motor poderoso que acelera la transición energética global, y comprometerse a competir con ella.

Un camino verde global

Regiones como el sudeste asiático necesitan con urgencia vías hacia un crecimiento económico sostenible. La notable expansión de China en los sectores solar y de vehículos eléctricos (VE) ha sido impulsada principalmente por una importante innovación tecnológica, que ha reducido drásticamente los costos en respuesta a una creciente demanda global.

Una visita reciente a Nepal refuerza firmemente este punto de vista. Las calles de Katmandú están llenas de vehículos eléctricos, colocando a Nepal junto a Noruega y China como líderes mundiales en adopción de VE. Concesionarias de autos eléctricos de origen chino se alinean a lo largo de las principales avenidas de la ciudad, ofreciendo tecnología asequible y avanzada, alimentada enteramente por energía hidroeléctrica nacional. Reemplazar el petróleo importado por energía verde local representa una triple ganancia para Nepal: reduce la contaminación, combate el cambio climático y libera fondos que podrían destinarse mejor a la salud o la educación.

Según las Naciones Unidas, los países en desarrollo necesitan aproximadamente 1,7 billones de dólares anuales en inversiones en energías renovables. Sin embargo, en 2022, solo se invirtieron 544.000 millones de dólares a nivel mundial. Lejos de existir un exceso de capacidad en energías renovables, lo que necesitamos con urgencia son soluciones asequibles para cerrar esta enorme brecha de inversión. Las energías limpias deben volverse tan abundantes y baratas que logren silenciar el anticuado lema de “perforar, perforar, perforar”.

Como afirma el economista de Harvard, Dani Rodrik: “Un exceso de renovables y productos verdes es precisamente lo que el médico del clima recetó.”

En Indonesia, la colaboración entre la empresa china Trina Solar y socios locales ha dado lugar a la construcción de una de las mayores plantas de fabricación solar del sudeste asiático. Esta instalación, con una inversión de 100 millones de dólares, no solo ha generado cientos de empleos locales, sino que también ha acelerado de forma significativa la transición de Indonesia hacia la energía limpia.

De manera similar, las plantas de vehículos eléctricos chinas en países como Indonesia, Tailandia, Turquía, Uzbekistán, Brasil y muchos otros en desarrollo están impulsando la modernización industrial y la transferencia tecnológica. Estas asociaciones ilustran claramente cómo la amplia capacidad renovable de China puede empoderar a las economías en desarrollo, fomentando la prosperidad compartida en lugar de la dependencia.

Abordando preocupaciones legítimas

No obstante, también debemos atender cuidadosamente las preocupaciones legítimas. Líderes tanto de países en desarrollo como desarrollados me han manifestado inquietudes sobre volverse excesivamente dependientes de la tecnología limpia china, lo cual podría sofocar la manufactura local y generar desequilibrios comerciales a largo plazo. Estos son puntos válidos. Es natural y necesario que los jefes de Estado prioricen empleos para sus propios ciudadanos.

La solución no radica en el proteccionismo, sino en ampliar la cooperación internacional. Mediante transferencias de tecnología significativas, alianzas de manufactura local y esfuerzos de fortalecimiento de capacidades, China puede ayudar a otras naciones a desarrollar sus propias industrias verdes y así evitar una dependencia unilateral, al tiempo que impulsa una transición global más equitativa.

Necesitamos una inversión global mucho mayor por parte de los líderes chinos en tecnología limpia —desde gigantes de vehículos eléctricos y baterías como BYD y CATL, hasta empresas de energías renovables como Goldwind, Envision, China Three Gorges y todos los grandes fabricantes solares. El año pasado, Tongwei por sí sola produjo más células solares que toda la producción histórica de todos los países, excepto cinco. CATL y BYD ahora dominan el componente más crítico de la revolución verde: las baterías eléctricas.

Los paralelismos con gigantes mundiales como Apple y Samsung ayudan a ilustrar este punto. Apple se convirtió en la empresa más valiosa del mundo al suministrar eficientemente a mercados mucho más allá de Estados Unidos. De igual modo, el liderazgo global de Samsung habría sido imposible si dependiera únicamente de su reducido mercado interno en Corea del Sur. Ambas compañías operan con una gran “sobrecapacidad” —una razón clave por la cual el mundo ha podido comprar sus productos.

De manera similar, la industria de energías renovables de China prospera precisamente porque atiende a mercados globales, no solo a la demanda interna.

China debería exportar más vehículos eléctricos y baterías, construir más plantas solares y eólicas, y desarrollar más sistemas de trenes de alta velocidad y redes 5G, ya que estas tecnologías son esenciales para satisfacer la demanda urgente a nivel mundial. Al mismo tiempo, esto debe basarse en prácticas comerciales mutuamente acordadas, y las naciones pueden legítimamente esperar transferencias de tecnología.

Cuando visité la sede de CATL en Ningde, al sur de China, se habló extensamente de lo instrumental que había sido BMW en el ascenso de la compañía. El fabricante alemán de automóviles fue un cliente exigente, compartiendo buenas prácticas y tecnologías que ayudaron a moldear el desarrollo de CATL. Hoy, CATL es un líder global y ahora también debería compartir su tecnología con el mundo, incluida Alemania.

Aún no está claro qué impacto tendrán las guerras comerciales en la transición verde. Estos conflictos nos empobrecen a todos y frenan la innovación, que es urgentemente necesaria. Sin embargo, no hay indicios de que China, Europa, India o cualquier otra gran potencia siga a Estados Unidos por ese camino. Es poco probable que abracen guerras comerciales o que frenen el impulso de la transformación verde. De hecho, el primer ministro indio, Narendra Modi, expresó recientemente la postura contraria, al declarar que India ya puede combinar el crecimiento económico con la responsabilidad ecológica, haciendo crecer su economía mientras protege a la Madre Tierra.

Con el tiempo, tanto la ciudadanía como las empresas en Estados Unidos actuarán como contrapeso a las políticas de guerra comercial. Compañías como Ford y General Motors entienden que el futuro del automóvil es eléctrico. Si se dejan encerrar en un mercado interno dominado por SUVs a gasolina bajo la influencia de Trump, serán los grandes perdedores de esta revolución tecnológica. Las empresas chinas simplemente capturarán el mercado global. Después de todo, ningún monarca en la historia pudo obligar a la gente a seguir montando caballos una vez que se inventaron los autos y los trenes.

En definitiva, el verdadero liderazgo climático hoy no consiste solo en ser un centro de manufactura; se trata de convertirse en un socio comprometido con el desarrollo global. La urgente transición hacia una economía verde requiere herramientas, tecnología, financiamiento y conocimientos técnicos —recursos que China posee en abundancia. Pero no alcanza con entregar productos. China debe ofrecer soluciones integrales adaptadas a los contextos locales, generando empleo y oportunidades allí donde más se necesitan.

Las calles vibrantes de Katmandú, llenas de vehículos eléctricos, representan no solo el progreso de Nepal, sino también una visión de futuro más verde para toda Asia —el continente que alberga al 60 % de la población mundial. En lugar de levantar barreras o temer la competencia, los países deberían abrazar la colaboración, aprovechando las fortalezas industriales de China para cumplir con los objetivos climáticos globales más urgentes. La tarea que tenemos por delante requiere creatividad, cooperación internacional y un compromiso compartido con un futuro sostenible. Lejos de ser una “sobrecapacidad”, el potencial de energías renovables de China debe considerarse como una de nuestras mayores oportunidades globales.

Nota: esta es un artículo republicado del medio «Dialogue Earth» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.

Erik Solheim
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Erik Solheim  es el presidente del Instituto de la Franja y la Ruta Verde, exdirector ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y exministro de Cambio Climático y Medio Ambiente de Noruega.