El “Grand Cru” de Sudamérica: cómo el viñedo Adrianna redefinió el vino argentino

Catena Institute of Wine - Viñedo Adrianna

Hay una frase que resuena en la industria vitivinícola argentina, y en el resto del mundo, sobre Catena Zapata: se habla del viñedo Adrianna como el “Grand Cru” de Sudamérica. Es la conclusión a la que llegaron, por caminos distintos, sommeliers, críticos, científicos y profesionales del vino de todo el mundo después de tres décadas de observación. Y Luis Gutiérrez, el crítico español de Robert Parker’s Wine Advocate, la resumió en una sola línea: «Las palabras no hacen justicia a esta belleza.»

El viñedo Adrianna es la respuesta a una pregunta que Nicolás Catena Zapata se hizo a principios de los años 90, después de volver de un viaje a Burdeos con su hija Laura. Un productor francés probó su Cabernet Sauvignon y dijo que le recordaba a un vino de clima cálido, sin potencial de guarda. La reacción de Nicolás no fue defensiva. Fue pragmática: volvió a Mendoza y le pidió a su equipo que encontrara el lugar más frío de la provincia. La respuesta fue Gualtallary, en la parte alta del Valle de Uco. Nadie había plantado viñedos ahí. Nadie pensaba que fuera posible. En 1992, y contra toda recomendación, Nicolás plantó igual.

El lugar donde el vino no debería existir

El viñedo Adrianna se ubica a aproximadamente 1.460 metros (4790 pies) sobre el nivel del mar en  Gualtallary, en la zona más alta del Valle de Uco. Cuando Nicolás lo plantó, los viticultores más respetados de Mendoza le advirtieron que las uvas no madurarían. En términos de la clasificación Winkler —el sistema californiano que mide la temperatura por encima de 10°C acumulada durante la temporada de crecimiento de la vid— Adrianna oscila entre la zona 1 y la zona 2 dependiendo del año, lo que lo ubica entre Borgoña y una parte muy fría de Burdeos.

Luis Reginato, el director de viticultura de Catena Zapata, describe la primera reacción del equipo con precisión: «Entendimos rápidamente que este viñedo era diferente a cualquier cosa en Mendoza. Y también entendimos que era diferente a cualquier cosa en el mundo.» Lo que hace único al viñedo Adrianna no es solo la altitud. Es la combinación de factores que raramente convergen en un mismo lugar: suelos calcáreos, producto del ascenso de las Sierras del Jaboncillo, pendiente leve que reduce la probabilidad de heladas, elevación de 1,500 metros que reduce la temperatura, y luz UV-B de alta intensidad que la atmósfera más delgada deja pasar y que obliga a la vid a producir más compuestos fenólicos, como antocianinas y polifenoles.

El suelo que lo explica todo

La historia geológica del viñedo Adrianna comienza en el Eoceno, hace más de 50 millones de años, cuando la formación de Los Andes y la actividad volcánica y sísmica dieron forma al subsuelo. Ese sustrato de roca volcánica e ígnea, cubierto luego por restos marinos y posteriormente por los depósitos aluviales de los glaciares, genera un drenaje excepcional: por más que llueva, el agua percola en profundidad.

Sobre esa base, la capa superficial del suelo de Adrianna es extraordinariamente heterogénea. A lo largo de los años Catena Zapata ha elaborado cientos de vinos provenientes de distintas parcelas del viñedo, y esa experiencia permitió comprobar que, en pocos metros, los suelos pueden cambiar de manera significativa. Las lomas de Jaboncillo, perpendiculares a Los Andes y geológicamente más jóvenes, elevaron el terreno circundante a través de fallas sísmicas y forzaron al río que atravesaba la zona a moverse gradualmente hacia el sur, dejando a su paso una serie de terrazas con depósitos de caliza, grava y carbonato de calcio en distintas concentraciones. Esos movimientos del agua, lentos y violentos por turnos, explican la diversidad de suelos que hoy coexisten a metros de distancia dentro del mismo.

La consecuencia enológica directa de esa heterogeneidad está documentada. White Bones y White Stones, los dos Chardonnay de parcela del viñedo Adrianna, provienen de suelos ubicados a apenas 50 metros de distancia. Son, sin embargo, vinos radicalmente distintos. El suelo de White Bones retiene más agua, lo que genera más vigor en la planta, una canopia más densa que da sombra a los racimos y preserva aromas herbáceos y mayor intensidad aromática. White Stones, con más exposición directa al sol, madura antes y produce un vino con más volumen en boca. Que dos parcelas separadas por 50 metros den lugar a dos vinos tan diferentes en cada cosecha no es una curiosidad enológica: es la definición precisa de terroir.

La ciencia como instrumento

Lo que distingue al viñedo Adrianna de otros sitios excepcionales del mundo no es solo lo que produce, sino el nivel de comprensión científica que existe sobre sus mecanismos y ecosistema en general. En 1995, Laura Catena fundó el Catena Institute of Wine con un objetivo específico: elevar a nuestra región al primer mundo del vino. El viñedo Adrianna ha sido el objeto principal de los estudios del Catena Institute, los cuales se documentan comparten con toda la comunidad científica e industria global. Hoy, el instituto ha publicado más de 35 artículos científicos revisados por pares en colaboración con universidades y centros de investigación de todo el mundo.

Uno de los estudios más citados —publicado en Scientific Reports, una revista de Nature— analizó los perfiles fenólicos de Malbec producidos en 23 parcelas distribuidas en 12 indicaciones geográficas de Mendoza a lo largo de tres cosechas consecutivas, bajo condiciones de vinificación estandarizadas. El resultado confirmó que el terroir es científicamente medible: los vinos de distintos orígenes podían ser distinguidos por su composición, incluso cuando el proceso de elaboración era idéntico. Gualtallary, donde se ubica el viñedo Adrianna, mostró las concentraciones más altas de antocianos y otros compuestos fenólicos entre todas las zonas relevadas.

Otra línea de investigación determinó el papel de la luz UV-B en la calidad de la uva de altura. La atmósfera más delgada en viñedos de altura como Adrianna permite el paso de una mayor proporción de rayos UV-B, lo que activa los mecanismos de defensa de la planta. La vid responde produciendo compuestos fenólicos que funcionan como protector solar natural y polifenoles tales como taninos y antocianos. El resultado en la copa es una mayor complejidad, una mayor capacidad de guarda y una estructura tánica difícil de replicar en un viñedo de zonas bajas con las mismas variedades.

Los vinos que lo demuestran

Todo lo anterior tendría escaso valor si no se tradujera en los vinos. La evidencia está en los resultados de tres décadas de cosechas. Adrianna Vineyard River Malbec recibió 100 puntos de Robert Parker’s Wine Advocate en las cosechas 2016 y 2021, siendo el primer vino sudamericano en alcanzar la puntuación perfecta de esa publicación y 100 puntos de James Suckling en las de 2017 y 2018. Mundus Bacillus Terrae acumula puntajes perfectos de Jane Anson en 2019 y 2021, Descorchados en tres cosechas consecutivas —2021, 2022 y 2023— y Falstaff en 2011. White Bones Chardonnay 2018 y 2022 recibió 100 puntos de James Suckling, al igual que Fortuna Terrae 2012. Ningún otro viñedo de Sudamérica tiene un historial comparable con tantos sistemas de evaluación independientes: hoy posee 13 vinos con puntuaciones perfectas, lo que lo convierte en el más premiado de Sudamérica.

El veredicto del mundo

En 2023, The World’s 50 Best Vineyards —cuyo jurado está compuesto por más de 700 profesionales del comercio del vino de todo el mundo— coronó al viñedo Adrianna de Catena Zapata como el mejor viñedo del planeta. Al año siguiente, en 2024, fue incorporado al Hall of Fame del certamen. A 2025, Mendoza es la región más galardonada en la historia del ranking.

Nicolas Martianhes, sommelier del restaurante Balvanera en Nueva York, lo resume con la precisión de alguien que trabaja diariamente explicando estos vinos a consumidores internacionales: «Este viñedo cambió completamente la manera en que la gente entendía el tipo de vinos que Argentina podía producir.»

La pregunta que Nicolás Catena se hizo después de volver de Burdeos —¿por qué no hacer un “Grand Cru” en Argentina?— tiene respuesta. La encontró en un lugar donde nadie pensaba que existiría. A 1.460 metros sobre el nivel del mar, en la zona andina de Gualtallary, en un suelo que tardó 50 millones de años en formarse. Se llama viñedo Adrianna, en honor a su hija menor.

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Periodista, viajera full-time, especialista en Cultura, Negocios y Lifestyle.