El oro llegó a 2026 como nunca antes lo había hecho. El precio del metal batió su máximo histórico más de 50 veces durante 2025, cerrando el año con una suba de más del 60%, su mejor performance anual desde 1979. En enero de 2026 alcanzó los 5.589 dólares por onza. El índice VanEck Gold Miners ETF, el mayor fondo cotizado con exposición a empresas auríferas, subió más de un 155% en 2025, triplicando el rendimiento del metal subyacente. Detrás de esos números hay una demanda de bancos centrales —encabezada por China, India y varios países del Golfo— que acumula oro como cobertura frente a la volatilidad del dólar, la tensión geopolítica y la incertidumbre sobre el sistema financiero global. Y Sudamérica está en el centro de esa cadena de suministro.
Perú es el mayor productor de oro de América Latina y uno de los diez más grandes del mundo. La producción nacional de oro del país creció un 6,9% en 2024, alcanzando 3,47 millones de onzas, y en agosto de 2025 registró un salto interanual del 8,1%, impulsado principalmente por Minera Yanacocha, que ese mes concentró el 14,9% de la producción nacional. Colombia ocupa el segundo lugar regional y viene creciendo, aunque con una estructura productiva mucho más fragmentada, dominada por la minería artesanal y de pequeña escala. Brasil completa el podio sudamericano, con operaciones importantes en los estados de Pará, Mato Grosso y Goiás. Los tres países combinados representan una fracción significativa de la oferta global, pero ninguno tiene el peso individual que Australia, Rusia o China ejercen sobre el mercado.
El paisaje corporativo de la gran minería aurífera sudamericana está dominado por dos gigantes. Newmont es el mayor productor mundial de oro, con 183,17 toneladas métricas de producción atribuible en 2025, con operaciones en Perú a través de Yanacocha —uno de los depósitos de oro más grandes del mundo, operado como joint venture con Buenaventura y Sumitomo, que tiene una participación del 5%— y en Surinam a través de Merian. Yanacocha lidera la producción nacional peruana en forma consistente: en junio de 2025 fue responsable del 14,4% de la producción mensual total del país. Barrick reportó una producción anual de 3,26 millones de onzas en 2025, con ingresos totales de 16.960 millones de dólares, aunque el año estuvo marcado por la suspensión forzosa de su mina Loulo-Gounkoto en Mali por un conflicto con el gobierno militar. En América Latina, su Pueblo Viejo en República Dominicana registró un aumento del 28% en producción trimestral gracias a mayor throughput.
Cómo Asia logró un lugar central en la minería de Sudamérica
Buenaventura es la contracara local de esa hegemonía corporativa internacional. La empresa peruana, cotizada en la Bolsa de Nueva York, opera una decena de minas en la sierra y tiene participación en Yanacocha. En el primer trimestre de 2025 produjo 31.483 onzas de oro incluyendo sus operaciones asociadas, con Orcopampa como la operación más activa con 14.295 onzas en el trimestre. El proyecto San Gabriel en Moquegua —una inversión de 650 millones de dólares financiada en parte con dos líneas de crédito por 200 millones de dólares del BCP, Banco Santander y BBVA— produjo su primera barra de doré el 23 de diciembre de 2025, marcando la transición de la fase de construcción a la producción activa. En 2026, la mina apunta a 70.000-80.000 onzas anuales en su fase inicial de 2.000 toneladas diarias de mineral, con un horizonte de expansión hasta 150.000 onzas cuando opere a plena capacidad. Para Leandro García, CEO de Buenaventura, San Gabriel es la columna vertebral de la próxima etapa de la empresa.
La presencia asiática en el oro sudamericano se articula principalmente a través de Zijin Mining. La empresa china produjo 75,14 toneladas métricas de oro atribuible en 2025, con un crecimiento interanual del 35%, y proyecta expandir su producción aurífera hasta 135 toneladas anuales para 2028. En Sudamérica, Zijin opera la mina Buriticá en Colombia —adquirida a Continental Gold por 1.300 millones de dólares canadienses— y tiene presencia en Guyana y Surinam. Su estrategia combina adquisición de activos en producción con desarrollos greenfield en jurisdicciones de menor costo operativo. AngloGold Ashanti, la sudafricana con operaciones en Sudamérica, opera el complejo Cuiabá en Minas Gerais y Cerro Vanguardia en la Patagonia argentina, donde produjo 137.000 onzas de oro en los primeros nueve meses de 2025, un 6% más que en el mismo período de 2024, a un costo de caja total de 1.253 dólares por onza.
Chile y Perú concentran el cobre que Asia necesita para electrificar su economía
La otra cara de la producción aurífera sudamericana es la minería artesanal y de pequeña escala —ASGM por sus siglas en inglés. En Colombia representa más del 80% de la producción nacional de oro. En Perú supera el 30%, con Compañía Minera Poderosa y Consorcio Minero Horizonte entre los productores informales más grandes que coexisten con los grandes operadores formales. En agosto de 2025, La Libertad concentró el 27,8% de la producción nacional de oro de Perú, seguida por Cajamarca con 24,5% y Arequipa con 21,8%, tres regiones donde la minería artesanal convive tensamente con la formal. En Brasil, el garimpo ilegal en la Amazonia fue declarado emergencia ambiental: los garimpeiros utilizan mercurio en el proceso, contaminan ríos y afectan comunidades indígenas. El precio récord del oro amplifica ese problema: cada vez que el metal sube, más personas se suman a la actividad informal y más difícil se vuelve la fiscalización.
El destino final de ese oro es, en gran medida, Asia. China acumula reservas de oro a tasas sin precedentes como cobertura ante la depreciación del dólar y la volatilidad geopolítica. India absorbe cantidades masivas para joyería y como reserva de valor. Los bancos centrales de Singapur, Japón y varios países del Golfo también compraron oro de forma sistemática en 2024 y 2025. Ese flujo de demanda institucional asiática es el motor de fondo del precio récord, y Perú, Colombia y Brasil son los que proveen parte del material. El oro de Cerro Vanguardia viaja a refinerías suizas antes de llegar a las bóvedas de Shanghái. La cadena es larga, pero los beneficiarios finales están en Asia, y los países productores siguen recibiendo el precio de la materia prima, no el del activo financiero que esa materia prima finalmente se convierte.
Periodista especializado en tecnología, energía e infraestructura.














