Cómo Asia logró un lugar central en la minería de Sudamérica

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Sudamérica nunca fue tan codiciada. Debajo de sus salares, sus cordilleras y sus cuencas amazónicas descansa una concentración de minerales críticos sin precedentes en la historia moderna: litio para las baterías que mueven los autos eléctricos, cobre para los cables que transportan energía renovable, tierras raras para los imanes de los aerogeneradores, níquel y cobalto para las celdas de almacenamiento que sostienen las redes eléctricas del futuro. Esa riqueza, durante décadas ignorada o subexplotada, se convirtió en el epicentro de una disputa geopolítica de escala global en la que los principales jugadores no son los propios países sudamericanos, sino China, Japón, Corea del Sur, Australia y, en menor medida, Canadá.

Los números hablan por sí solos. América Latina concentra el 60% de las reservas mundiales identificadas de litio y produce alrededor del 46% del cobre global. Brasil posee las segundas mayores reservas de tierras raras del planeta, aunque su producción sigue siendo marginal por barreras técnicas y comerciales. Chile y Perú juntos representan más del 34% de la producción mundial de cobre. El llamado Triángulo del Litio —Argentina, Bolivia y Chile— alberga el 49,6% de los recursos globales de ese metal, muy por encima de Australia con 7,7% y China con 5,9%. Se trata de una concentración de riqueza mineral que no tiene equivalente en ninguna otra región del mundo.

Frente a esa abundancia, la proyección de la demanda no deja margen para la duda. La Agencia Internacional de Energía estima que la demanda de litio se multiplicará por cinco de aquí a 2040, mientras que la de cobre crecerá un 30% en el mismo período. El níquel y el grafito duplicarán su demanda. Para las tierras raras, el déficit global podría materializarse ya en el bienio 2026-2027. Todo eso implica que el subsuelo sudamericano no es solo una oportunidad económica: es infraestructura estratégica de la transición energética global.

China llegó primero y se quedó. Empresas como Ganfeng Lithium, Zijin Mining y CMOC construyeron posiciones dominantes en litio, oro y cobalto a través de adquisiciones, acuerdos de offtake y financiamiento directo a gobiernos. El resultado es que Argentina exporta el 70% de su litio a China, solo para recibirlo de vuelta procesado a precios entre ocho y nueve veces más altos. Beijing no necesita extraer el mineral: le alcanza con controlar el procesamiento. China ya concentra el 65% de la capacidad mundial de procesamiento de litio, y según la IEA su participación en el mercado global de refinación pasará del 45% al 50% en los próximos años.

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Japón y Corea del Sur llegaron con una estrategia distinta: asegurar suministro a largo plazo mediante participaciones accionarias y acuerdos bilaterales de gobierno a gobierno. POSCO comprometió 1.200 millones de dólares australianos en activos de litio de Mineral Resources para garantizarse acceso al concentrado de espodumena que alimenta sus plantas de cátodos. Japón, por su parte, anunció una contribución de 20 millones de dólares al nuevo fondo IDB LAC Minerals lanzado en marzo de 2026, una iniciativa del Banco Interamericano de Desarrollo diseñada para que la región avance más allá de la extracción y desarrolle capacidad de refinación propia.

Australia opera en un doble rol: como productor con intereses propios en la región y como socio tecnológico en el procesamiento. Empresas como BHP y Rio Tinto tienen presencia directa en Chile, Perú y Argentina. Rio Tinto es el socio de IFC en el Proyecto Litio Rincón en Salta, un desarrollo greenfield con un paquete de financiamiento de 775 millones de dólares que incluye participación de agencias de crédito a la exportación japonesas. La transacción ilustra cómo se articulan hoy los proyectos de mayor escala: capital australiano, financiamiento multilateral, respaldo japonés y mineral argentino.

El financiamiento público internacional acompaña esa reconfiguración. McKinsey y el Future Minerals Forum calcularon que las fusiones y adquisiciones globales en minería alcanzaron unos 30.000 millones de dólares en los primeros tres trimestres de 2025, con el 74% del valor fluyendo hacia América Latina. Desde 2021, el valor de los acuerdos mineros en la región creció más de un 200%. En octubre de 2025, Appian Capital y la IFC lanzaron un fondo de 1.000 millones de dólares exclusivamente para minería en mercados emergentes, con foco en África y América Latina, cuya primera inversión fue la mina Santa Rita de níquel, cobre y cobalto en el estado brasileño de Bahía.

El escenario de precios agrega urgencia al proceso. BMI, la unidad de Fitch Solutions, proyecta que la mayoría de los metales y minerales promediarán precios más altos en 2026 que en 2025. J.P. Morgan Global Research estima que la demanda global de litio crecerá un 16% interanual este año, con el 58% de ese incremento proveniente de vehículos eléctricos. Después de dos años de precios deprimidos —el litio cayó más del 80% desde sus picos de 2022— los mercados muestran señales de recuperación, lo que reactiva proyectos que habían quedado en suspenso.

Los países sudamericanos enfrentan la misma tensión de siempre: cómo capturar más valor de sus propios recursos sin ahuyentar la inversión que necesitan para desarrollarlos. El IDB y la Unión Europea lanzaron una iniciativa conjunta con ese objetivo, con una subvención inicial de 6,3 millones de euros que se espera desbloquee 120 millones adicionales en financiamiento. Argentina apuesta por la desregulación y el alineamiento con socios occidentales sin abandonar sus vínculos con empresas chinas. Chile avanza en la creación de Nova Andino Litio, joint venture de Codelco y SQM con participación de Tianqi Lithium, que ya produjo 233.000 toneladas métricas de carbonato de litio en 2025.

Lo que está en juego no es solo la renta minera de una región. Es la definición de quién controlará las cadenas de suministro de la transición energética global durante las próximas décadas. Sudamérica tiene el subsuelo. China tiene el procesamiento. Japón, Corea y Australia tienen la tecnología y el capital. Y los gobiernos de la región tienen la decisión más difícil: elegir en qué parte de esa cadena quieren —y pueden— sentarse.

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Periodista especializado en tecnología, energía e infraestructura.