Hay un triángulo dibujado sobre el mapa de Sudamérica que no aparece en ninguna cartografía oficial pero que concentra la atención de los gobiernos, los fondos de inversión y las grandes automotrices del planeta. Sus vértices son Argentina, Bolivia y Chile. Debajo de sus salares de altura, en medio de uno de los ambientes más áridos del mundo, se acumula el 49,6% de los recursos globales de litio, el mineral que hace posible las baterías de iones de litio que alimentan desde teléfonos celulares hasta camiones eléctricos. Ninguna otra región del planeta concentra tanta riqueza de un solo mineral estratégico en tan poco espacio geográfico.
Los números del Servicio Geológico de los Estados Unidos son contundentes. Según el Mineral Commodity Summaries 2026 del USGS, Argentina tiene 28 millones de toneladas de recursos de litio, Bolivia 23 millones y Chile 13 millones. En términos de reservas probadas y probables, Chile lidera con 9,2 millones de toneladas métricas —alrededor del 25% de la base de reservas global— con la mayor parte ubicada en su Salar de Atacama. Australia, con 10 millones de toneladas de recursos, y China, con otros 10 millones, quedan muy por detrás del conjunto sudamericano.
La producción global de litio creció un 31% en 2025, alcanzando aproximadamente 290.000 toneladas, impulsada por la fuerte demanda del mercado de baterías de iones de litio. Chile es el segundo mayor productor mundial, con operaciones concentradas en el Salar de Atacama a través de SQM y Albemarle. Argentina, que en 2024 ya había incrementado su producción un 79% respecto al año anterior, proyecta llegar a 500.000 toneladas para 2030 y convertirse en el segundo productor mundial antes de que termine 2026. En 2025, el país ya albergaba nueve operaciones activas y 83 proyectos de litio en diferentes etapas. Bolivia, en cambio, sigue siendo el caso más paradójico del triángulo: posee las mayores reservas del mundo pero su producción es casi nula, atrapada entre la dificultad técnica de sus salmueras —más complejas que las de sus vecinos— y un modelo de desarrollo estatal que frena la inversión privada.
Cómo Asia logró un lugar central en la minería de Sudamérica
Cada país eligió un camino distinto para gestionar ese recurso. Chile apuesta por la estatización progresiva: Nova Andino Litio, el joint venture de Codelco y SQM con participación del 23,77% de Tianqi Lithium, produjo 233.000 toneladas métricas de carbonato de litio en 2025 y el gobierno negociación con las comunidades atacameñas para incluirlas en la gobernanza del proyecto. Argentina tomó el camino opuesto: el gobierno de Milei aprobó el RIGI, un régimen de incentivos a la inversión que atrajo capitales de China, Australia, Corea del Sur, Canadá y Estados Unidos simultáneamente. En mayo de 2025 aprobó bajo ese régimen un proyecto de Rio Tinto en el Salar del Rincón por 2.500 millones de dólares. Bolivia, por su parte, firmó en 2024 un acuerdo de 1.400 millones de dólares con el consorcio chino CBC —integrado por CATL, Brunp y CMOC— para construir plantas de extracción directa de litio en los salares de Uyuni y Oruro, con el Estado reteniendo el 51% de cada proyecto.
El precio del litio atravesó dos años de caída libre después de los picos de 2021-2022, derrumbándose más del 80% desde sus máximos. Pero en la segunda mitad de 2025 empezaron a aparecer señales de recuperación. El disparo más claro llegó en noviembre, cuando el presidente de Ganfeng Lithium, Li Liangbin, proyectó en una conferencia industria que la demanda podría crecer entre un 30% y un 40% en 2026, provocando un rally de 9% en el contrato más activo de la Bolsa de Futuros de Guangzhou en una sola jornada. La paralización de la mina Jianxiawo de CATL en Yichun —que normalmente aporta el 6% del suministro global— agravó las preocupaciones sobre la oferta y reforzó el cambio de sentimiento.
La IEA proyecta que la demanda de litio se multiplicará por cinco de aquí a 2040, con el mercado entrando en déficit en algún momento de los años 2030 si los proyectos actuales no logran escalar a tiempo. J.P. Morgan estima un crecimiento del 16% interanual en 2026, con el 58% del incremento proveniente de vehículos eléctricos y el 30% de sistemas de almacenamiento de energía. Para el triángulo del litio sudamericano, eso es tanto una oportunidad como una advertencia: las reservas están, los proyectos se multiplican, pero la capacidad de procesar el mineral localmente —en lugar de exportarlo crudo para comprarlo refinado a precios ocho o nueve veces más altos— sigue siendo el desafío sin resolver.
Periodista especializado en tecnología, energía e infraestructura.














