Cinco meses de guerra con Irán desgastaron el arsenal estadounidense y encendieron las alarmas en Asia-Pacífico

Pacífico

El conflicto ya costó más de 37.500 millones de dólares, dejó bases dañadas en cuatro países, dieciocho militares muertos y al menos 42 aeronaves fuera de servicio. La velocidad con que Washington consume municiones estratégicas —algunas con plazos de reposición de cinco a seis años— reabre la pregunta que más inquieta a Tokio, Seúl, Taipéi y Manila: cuánta capacidad de disuasión le queda a Estados Unidos para el Indo-Pacífico.

Cinco meses después del inicio de la guerra contra Irán —un conflicto que Donald Trump aseguró al comienzo que sería breve—, Estados Unidos enfrenta un escenario muy distinto al previsto. Además de un costo económico que ya supera los 37.500 millones de dólares, la campaña militar dejó bases gravemente dañadas, bajas entre el personal, importantes pérdidas de equipamiento y un acelerado consumo de municiones estratégicas.

La Cámara de Representantes aprobó un paquete extraordinario de gasto militar por 1,15 billones de dólares destinado, entre otros objetivos, a sostener el esfuerzo bélico. Mientras tanto, especialistas en defensa advierten que la guerra podría alterar durante años la capacidad de disuasión de Washington, con un foco de preocupación que no está en Medio Oriente sino a miles de kilómetros de distancia: el Indo-Pacífico.

Bases bajo ataque: el fin de una presunción

La infraestructura estadounidense desplegada en Medio Oriente fue uno de los principales blancos de los ataques iraníes. Instalaciones en Kuwait, Arabia Saudita, Bahréin y Jordania sufrieron daños significativos durante los últimos meses. Imágenes satelitales difundidas por centros de estudios estratégicos muestran hangares destruidos, edificios administrativos alcanzados y sistemas de defensa inutilizados. Según estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), la reconstrucción de las bases afectadas podría costar entre 4.000 y 9.000 millones de dólares.

Más allá del daño material, varios especialistas sostienen que el impacto psicológico es aún mayor: durante décadas, las bases estadounidenses fueron consideradas prácticamente inexpugnables dentro de la arquitectura de seguridad regional. Esa presunción se derrumbó, y la lección no pasó desapercibida en Asia. Las instalaciones norteamericanas en Okinawa, Guam, Corea del Sur y Filipinas descansan sobre el mismo supuesto de invulnerabilidad, frente a un adversario potencial —China— que dispone de un arsenal misilístico convencional incomparablemente superior al iraní.

Bajas, equipamiento y la aritmética del desgaste

El Pentágono confirmó hasta el momento la muerte de dieciocho militares estadounidenses desde el comienzo del conflicto, a los que se suman decenas de heridos. Informes presentados al Congreso indican que al menos 42 aeronaves militares —entre cazas F-15 y F-35, drones MQ-9 Reaper y aviones A-10— fueron destruidas o quedaron fuera de servicio durante los primeros meses de la guerra.

Pero el dato que más inquieta a los analistas no es el de las pérdidas sino el del consumo. Misiles Tomahawk, interceptores antimisiles y sistemas THAAD fueron utilizados de manera intensiva durante la campaña, y algunos de esos sistemas requieren entre cinco y seis años para ser repuestos por la industria de defensa estadounidense. Mientras tanto, diversos informes sostienen que Irán aún conservaría una parte importante de su capacidad misilística y podría haber aprovechado las pausas en los combates para reconstruir parte de su infraestructura militar subterránea.

El costo de oportunidad se paga en el Pacífico

Acá es donde la guerra deja de ser un asunto de Medio Oriente. La planificación estratégica estadounidense de la última década partió de una premisa explícita: China es el desafío ordenador, y los recursos militares debían reorientarse hacia el Indo-Pacífico. Elbridge Colby, hoy subsecretario de Guerra para Asuntos de Política, construyó buena parte de su reputación intelectual sobre ese argumento.

La guerra con Irán invierte esa lógica en los hechos. Los interceptores que se gastan defendiendo bases en el Golfo son exactamente los mismos que harían falta para proteger a Taiwán, a Japón o a las propias fuerzas estadounidenses en un escenario de crisis en el estrecho. Los Tomahawk consumidos contra objetivos iraníes son los que no estarán disponibles en el Pacífico occidental. Y con plazos de reposición que se miden en años, no en meses, el stock disponible se convierte en la variable que define qué puede y qué no puede hacer Washington en la región.

Los estudios de simulación sobre un conflicto en el estrecho de Taiwán vienen advirtiendo desde hace años que Estados Unidos agotaría sus municiones de precisión de largo alcance en cuestión de semanas. La guerra iraní llegó a reducir ese margen antes de que la hipótesis siquiera se plantee.

Cómo se lee desde Asia

Para los aliados asiáticos de Washington, el mensaje es ambivalente y todos lo procesan a su manera. Japón, que atraviesa su mayor rearme desde la posguerra y planea duplicar su gasto de defensa, encuentra en el desgaste estadounidense un argumento adicional para acelerar sus capacidades propias. Corea del Sur revive el debate sobre autonomía estratégica que nunca terminó de cerrar. Taiwán observa con particular atención los retrasos en las entregas de armamento estadounidense ya contratado, una demora que la guerra en Medio Oriente solo puede agravar. Filipinas, que apostó fuerte por la alianza con Washington frente a la presión china en el mar de China Meridional, mide cuánta cobertura efectiva le queda a esa apuesta.

Beijing, por su parte, extrae sus propias conclusiones. La guerra le entregó un caudal de información gratuita sobre el desempeño real de los sistemas de defensa antimisiles estadounidenses, sobre la vulnerabilidad de las bases y sobre los límites industriales de la reposición. Y le confirma algo que su doctrina viene sosteniendo hace tiempo: que la superioridad tecnológica no compensa la falta de profundidad industrial, y que en una guerra prolongada gana quien puede reponer más rápido.

El verdadero saldo

La principal incógnita ya no pasa únicamente por el desenlace del conflicto con Irán. Pasa por si Estados Unidos puede sostener simultáneamente el compromiso con Medio Oriente y la promesa de disuasión que ofrece en Asia, o si la elección entre ambos se vuelve inevitable.

Durante ocho décadas, la arquitectura de seguridad de Asia-Pacífico se apoyó en una certeza no escrita: que Washington podía y quería estar presente. La guerra iraní no destruyó esa certeza, pero le puso precio, y ese precio ahora se conoce. Para las capitales asiáticas —las aliadas y las que no lo son— ese es el dato que importa, mucho más que cualquier balance de bajas en el Golfo Pérsico.

 

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Periodista. Colaborador Junior en ReporteAsia.