El país de mayor crecimiento del mundo produce casi un millón de barriles diarios. Pero el acuerdo que lo hizo posible también fijó los límites de lo que puede quedarse.
Hay una paradoja que recorre cada cifra del boom guyanés: cuanto más sube la producción, más visible se vuelve lo que el Estado no captura. El PBI per cápita del país pasó de 5.640 dólares a más de 33.000 en menos de una década, un salto sin precedentes en la historia económica latinoamericana. El FMI proyecta para 2026 una expansión superior al 16%, la más alta de toda América Latina. Sin embargo, en el centro de ese milagro hay un contrato que no se renegocia.
El acuerdo que todo lo define
Los términos de producción y participación en las ganancias se establecieron en un Acuerdo Petrolero firmado en 2016 por el gobierno guyanés con el consorcio integrado por ExxonMobil, Hess Corporation —desde 2025 controlada por Chevron— y la china CNOOC. ExxonMobil controla el 45% de la sociedad y es el operador; Hess tiene un 30% y CNOOC el 25% restante. El acuerdo establece que antes de repartir ganancias, Guyana recibe una regalía del 2% sobre la producción bruta, una cifra muy baja comparada con los estándares internacionales.
El mecanismo continúa: recién después de ese esquema se distribuyen las ganancias en partes iguales entre el Estado y el consorcio. Además, el contrato incluye exenciones impositivas, libre disponibilidad de divisas y estabilidad jurídica por al menos 20 años.
El resultado es contundente. El Institute for Energy Economics and Financial Analysis (IEEFA) calculó que durante los primeros años las petroleras se quedaban con cerca del 85,5% de los ingresos del proyecto, mientras Guyana recibía solo el 14,5%.
El socio de Beijing
En ese esquema, CNOOC no es un actor secundario. La estatal china controla el 25% del bloque Stabroek a través de su subsidiaria CNOOC Petroleum Guyana Limited, y Guyana representa una pieza clave dentro de su estrategia global de expansión upstream. En 2025, la compañía incorporó el proyecto Yellowtail a su cartera y aprobó nuevas exploraciones en los campos Lukanani y Ranger dentro del mismo bloque. Para 2026, CNOOC proyecta una producción total de entre 780 y 800 millones de barriles equivalentes de petróleo, con Guyana como uno de sus activos offshore más dinámicos fuera de China.
La presencia simultánea de ExxonMobil, Chevron y CNOOC en un mismo yacimiento convierte al bloque Stabroek en algo más que un proyecto energético: es uno de los pocos puntos del planeta donde las dos principales potencias globales extraen petróleo codo a codo, bajo el mismo contrato y con el mismo Estado anfitrión como socio menor.
900.000 barriles diarios
Con el arranque del proyecto Yellowtail —logrado cuatro meses antes de lo previsto—, la capacidad instalada del país superó los 900.000 barriles diarios. El bloque Stabroek, operado por ExxonMobil, acumula estimaciones de más de 11.000 millones de barriles de recursos recuperables, una escala que ya ubica a Guyana en el mapa energético global.
El volumen de lo que extrae ExxonMobil también se traduce en ganancias corporativas de magnitud. La compañía registró ganancias ajustadas totales de 33.460 millones de dólares en 2024, de los cuales 4.700 millones provinieron de Guyana, sobre una economía de apenas 800.000 habitantes.
NRF, el fondo soberano que administra las regalías
Ante el ingreso de divisas, Guyana creó en 2019 el Natural Resource Fund (NRF), inspirado en modelos como el noruego. Su objetivo oficial era administrar los ingresos del petróleo, evitar desequilibrios y ahorrar recursos para futuras generaciones. Sin embargo, el sistema quedó bajo cuestionamientos luego de que el gobierno eliminara en 2021 varios mecanismos independientes de control y supervisión.
El fondo ya supera el 12,5% del PIB, equivalente a unos 3.100 millones de dólares, una cifra significativa para el tamaño del país, aunque modesta frente a la escala de los recursos extraídos.
La pobreza que los promedios no miden
El PBI per cápita es el indicador que más se cita cuando se habla del milagro guyanés, pero esconde una distribución que los propios organismos internacionales no pueden precisar del todo. El Banco Mundial señaló que el dato oficial de pobreza es «difícil de evaluar» porque no se ha generado información actualizada desde 2019, cuando el 48,4% de la población vivía en esa situación. Antes del boom, el propio PNUD indicaba que Guyana era el segundo país más pobre de América, solo detrás de Haití.
Un informe reciente sobre desigualdad de ingresos en Guyana revela que la brecha entre quienes menos y quienes más ganan se está incrementando. Esto sucede porque el crecimiento del PIB no distribuye riqueza a la población solo porque suba, hacen falta políticas de microeconomía que vayan de la mano.
La pregunta que no es nueva
Cabe preguntarse si un Estado que negoció mal en 2016 —cuando el crudo era promesa y la urgencia era grande— puede corregir el rumbo sin romper el marco jurídico que atrajo las inversiones.
No es una pregunta nueva en América Latina. Venezuela la respondió de una manera. Bolivia, de otra. Noruega, que hoy sirve de modelo para el NRF guyanés, tardó décadas en construir la institucionalidad que hace funcionar su fondo soberano.
Guyana tiene el tiempo en contra: el petróleo es finito, la desigualdad crece y los datos de pobreza no se actualizan desde 2019. Por eso, en contratste con los datos de la industria petrolera de Guyana, cómo impacta este boom a la mitad de su población sigue siendo, oficialmente, una incógnita.
Periodista con sede en Brasil, experto en Relaciones Internacionales.













