¿Hacia un multilateralismo de «Geometría Variable» o la desintegración del orden?

“En el nuevo desorden mundial, el multilateralismo ya no es una red de seguridad automática, sino una elección estratégica; las potencias medias deben actuar juntas, porque en la mesa de la nueva geometría variable, si no estás sentado como arquitecto, terminas siendo parte del menú.”

Mark Carney, Foro Económico Mundial de Davos, 2026.

Abstract

  1. Distintas versiones del multilateralismo

En el discurrir de ese camino el fenómeno de la gobernanza global se articula primordialmente a través de las tensiones entre el multilateralismo y el unilateralismo, paradigmas contrapuestos sobre el comportamiento estatal en la arena internacional. El multilateralismo se define como una praxis de política exterior orientada hacia la cooperación sistémica, canalizada mediante la diplomacia, la participación en organismos intergubernamentales y la suscripción de tratados vinculantes. Bajo esta lógica, los Estados subordinan la consecución de intereses individuales inmediatos a favor de un marco normativo común, bajo la premisa de que la acción colectiva genera beneficios superiores y más estables a largo plazo.

Desde una perspectiva funcional y cuantitativa, el multilateralismo se comprende como la coordinación de políticas nacionales entre grupos de tres o más Estados, operando ya sea mediante mecanismos ad hoc o estructuras institucionales (Keohane, 1990). En este sentido, el criterio distintivo frente al bilateralismo radica, fundamentalmente, en el número de actores involucrados (Barbé Izuel, 2009). Para Keohane (1990), la institucionalización del multilateralismo es clave, definiendo a las instituciones como sistemas de reglas —formales e informales— que prescriben roles, restringen cursos de acción y estabilizan las expectativas estatales. Así, la presencia de reglas permanentes permite diferenciar a las instituciones de las agrupaciones transitorias o coyunturales.

No obstante, frente al enfoque cuantitativo, surge una dimensión cualitativa que conceptualiza al multilateralismo como una «forma institucional genérica» (Ruggie, 1992). Esta visión sostiene que la esencia de lo multilateral no reside solo en el número de participantes, sino en la adhesión a principios de conducta generalizados que rigen la interacción sin considerar intereses estratégicos particulares o contingencias inmediatas. En este marco, el multilateralismo trasciende a las organizaciones formales, manifestándose en acuerdos que estabilizan derechos de propiedad soberana y resuelven dilemas de coordinación y colaboración internacional (Ruggie, 1992).

En Davos, Mark Carney y Howard Lutnick, secretario de Comercio de EE.UU., describieron la misma realidad global, pero desde direcciones casi opuestas.

De acuerdo con Ruggie, el multilateralismo constituye una arquitectura de relacionamiento cualitativamente distinta de otras formas históricas, como el bilateralismo o el imperialismo (Remiro Brotóns, 1999). Como principio organizador, esta institución se fundamenta en tres pilares esenciales: principios de conducta generalizados, indivisibilidad y reciprocidad difusa (Caporaso, 1992).

En primer lugar, los principios de conducta generalizados prescriben normas de comportamiento que se aplican de manera uniforme a todos los miembros, independientemente de sus intereses particulares o de las contingencias estratégicas de un caso específico (Ruggie, 1992). Estas normas suelen poseer un carácter universalista, evitando la fragmentación de las relaciones internacionales en acuerdos discrecionales basados en preferencias individuales (Caporaso, 1992).

En segundo lugar, la indivisibilidad refiere al alcance geográfico o funcional sobre el cual se proyectan los costos y beneficios del sistema. Un ejemplo paradigmático es la seguridad colectiva, donde la paz se conceptualiza como un bien público indivisible. Finalmente, la reciprocidad difusa implica que los actores no exigen un beneficio inmediato o equivalente por cada concesión, sino que aceptan pérdidas coyunturales bajo la expectativa de obtener réditos sistémicos en el largo plazo y en diversas áreas temáticas.

Pero este punto, fue puesto en dudas en Foro de Davos por el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, quien expreso: “Parece que cada día se nos recuerda que vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias, que el orden basado en reglas se está desvaneciendo, que los fuertes pueden hacer lo que puedan y los débiles deben sufrir lo que deban”. Posteriormente sentenció que el multilateralismo que se vivió después de la Segunda Guerra Mundial, como vivir dentro de una mentira, dado que el poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto.

En ese contexto y durante muchas décadas, los países corrieron distinta suerte, pero si tomamos el caso de Canadá prospero en un orden internacional basado en normas, con instituciones que las respaldaban, apoyados en principios aceptados por la mayoría de los Estados y ello se tradujo en previsibilidad, donde se pudieron implementar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Pero este mundo en cierta forma era parcialmente falso, donde los más fuertes se eximían según su conveniencia, las normas comerciales se aplicaban en forma asimétrica y el derecho internacional era aplicado según la identidad del acusado.

Mark Carney sentenció: “Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuyó a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para la resolución de disputas.

Más allá de su base conceptual, el multilateralismo puede analizarse desde una dicotomía operativa entre lo instrumental y lo funcional:

El multilateralismo instrumental, donde se observa una preponderancia de las grandes potencias, percibe al orden internacional basado en normas como una herramienta para consolidar sus propios intereses y excluir a actores rivales (Lascurettes, 2020). Bajo esta lógica, la adhesión a lo multilateral es contingente, cuando el orden deja de ser funcional a la hegemonía, las potencias optan por la modificación o el abandono de las instituciones. Un caso ilustrativo es la «diplomacia de la retirada» de la administración Trump, que recurrió a la parálisis institucional —como el bloqueo del Órgano de Apelación de la OMC— al considerar que dichos marcos ya no servían a los intereses nacionales (Arredondo et al., 2019) y es lo que refleja actualmente la posición norteamericana en su nueva Estrategia de Defensa Nacional (EDN, 2025) que no busca articular un marco normativo universal ni presentarse como garante del orden liberal internacional, sino que adopta un enfoque abiertamente realista, jerárquico y selectivo.

El documento parte de una premisa central; el entorno estratégico internacional ha entrado en una fase de competencia estructural prolongada, caracterizada por la simultaneidad de amenazas, la erosión de la superioridad militar estadounidense y la creciente coordinación —formal o informal— entre actores revisionistas. En ese contexto, la EDN asume que los recursos son finitos y que la dispersión estratégica constituye un riesgo en sí mismo.

Por el otro lado existe el multilateralismo funcional y normativo, que es la opción predilecta de las potencias pequeñas y medianas, quienes, debido a sus limitados atributos de poder, utilizan el marco multilateral para restringir la arbitrariedad de las naciones más poderosas y potenciar su propia influencia (De Wijk et al., 2020). Para estos actores, el multilateralismo no es solo una opción táctica, sino una preferencia normativa (Caporaso, 1993) y el resultado de interacciones racionales orientadas a resolver problemas de cooperación específicos (Koremenos et al., 2001), aspecto que quedó plasmado por Carney en Davos 2026.

En lugar de esperar consensos universales imposibles, Carney aboga por formar «clubes» o alianzas específicas basadas en intereses y valores compartidos (ej. la alianza con la UE en defensa o los clubes de compradores de minerales del G7). Estableció una regla de oro: “Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú» (Carney, 2026). Esta frase resume la necesidad de una «tercera vía» que evite la subordinación bilateral ante potencias hegemónicas como EE. UU. o China. Así Carney definió su política exterior como una combinación de principios y pragmatismo, entre sus principios subrayó la defensa de la integridad territorial (especialmente en el Ártico y Ucrania) y derechos humanos; pero al mismo tiempo abogo por ser pragmático, aceptar el mundo «tal como es», lo que explica sus recientes asociaciones estratégicas con actores tan diversos como China y Qatar, o las negociaciones con el Mercosur (Carney, 2026).

  1. Desafíos del Sistema Multilateral

El orden multilateral contemporáneo enfrenta una crisis multidimensional caracterizada por deficiencias estructurales, tensiones geopolíticas y una erosión de sus fundamentos ideológicos liberales.

a. Deficiencias estructurales y críticas teóricas

El sistema arrastra limitaciones endémicas que cuestionan su legitimidad y eficacia. Entre estas destacan el déficit democrático —ejemplificado en el derecho a veto del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU)—, la falta de inclusividad y la presencia de Estados detractores de los derechos humanos en organismos de supervisión. A esto se suma una crisis crónica de financiamiento y métodos de toma de decisiones ineficaces. Desde la academia, el realismo ha cuestionado históricamente la capacidad de las instituciones para modificar el comportamiento estatal (Mearsheimer, 1994-1995), mientras que sectores del «Sur Global» y el bloque de la antigua «Cortina de Hierro» han criticado un orden que perciben como una imposición de la tríada globalización, democracia liberal y libre mercado.

b. Del momento unipolar a la fragmentación geopolítica

El proceso de erosión institucional se intensificó tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Este evento dio paso a un «momento unipolar» en el que Estados Unidos, como potencia hegemónica, priorizó el unilateralismo y el uso de la fuerza militar sobre los mecanismos de cooperación (Arredondo, 2020a). Esta etapa no solo debilitó el sistema multilateral, sino que catalizó reacciones contra la preeminencia estadounidense y fomentó el surgimiento de corrientes nacionalistas.

Posteriormente, la pandemia de COVID-19 aceleró la fragmentación de un orden que ya se encontraba bajo presión por factores externos e internos.

Entre los factores externos esta el reposicionamiento estratégico de China en su crecimiento y reposicionamiento por la primacía global, el resurgimiento de Rusia tras el ostracismo de la posguerra fría y la inestabilidad derivada del fracaso de procesos democratizadores como la Primavera Árabe.

Entre los factores internos, observamos una crisis de valores en el seno de Occidente manifestada en una pérdida de fe en la democracia liberal, el ascenso de populismos de diversa índole y el fortalecimiento de movimientos antidemocráticos en el interior de la Unión Europea, como en los casos de Polonia y Hungría (Connaughton et al., 2020; Tamir, 2020).

Con la llegada al poder de Trump en su segundo mandato, observamos un incremento del proteccionismo, mediante el uso de aranceles, que contribuyo a esta fragmentación geopolítica y plasmada en documentos oficiales como la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, 2025) y Estrategia de Defensa Nacional (EDN, 2026).

Todo ello condujo a un nacionalismo como un juego de suma cero, en el cual la administración de Donald Trump, se caracterizó por un ataque sistemático al derecho internacional y al liderazgo global tradicional de Estados Unidos (Arredondo, 2020). Bajo la «diplomacia de la retirada», se rechazó la cooperación colectiva en favor de acuerdos bilaterales alineados estrictamente con intereses nacionales inmediatos. Esta postura se formalizó en discursos ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU), donde se planteó la relación entre el multilateralismo y la soberanía nacional como un juego de suma cero, exacerbando la tensión entre la gobernanza global y las tendencias nacionalistas (White House, 2019). Finalmente, la EDN (2026) establece sin ambigüedades que la misión primordial de las fuerzas armadas es la defensa del territorio continental de Estados Unidos. Este énfasis supone una relectura del concepto de homeland defense, ampliándolo más allá de la disuasión nuclear clásica.

El Foro de Davos es una organización internacional no gubernamental fundada en 1971 por Klaus Schwab con sede en Suiza.

El documento integra explícitamente la seguridad fronteriza dentro del marco de la defensa nacional. El apoyo militar al control de fronteras, la lucha contra la inmigración ilegal y el combate contra redes de narcotráfico —redefinidas como organizaciones narcoterroristas— rompe con la separación tradicional entre seguridad interior y defensa exterior. Doctrinariamente, esto implica una ampliación del concepto de amenaza estratégica hacia actores no estatales con capacidad de erosionar la cohesión interna.

c. El futuro del orden multilateral y el rol de las potencias

En la actualidad, el orden internacional basado en reglas atraviesa su crisis de mayor envergadura desde 1945. Frente a esta tendencia, surge la imperativa de que los Estados con afinidad ideológica articulen una causa común para revitalizar el multilateralismo. El objetivo primordial de estas iniciativas es visibilizar a una «mayoría silenciosa» de miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que mantienen su compromiso con el sistema fundacional, rompiendo un prolongado silencio basado en la falsa premisa de que los beneficios de la cooperación eran intrínsecamente evidentes (Arredondo, 2019). En este sentido surgen distintos caminos para las potencias y para las medianas, entre ellas tenemos:

  1. Plataformas de cooperación y geometría variable

La respuesta a la crisis se proyecta a través de redes globales de Estados que funcionan como plataformas flexibles. Estas estructuras buscan estimular la cooperación en agendas críticas que abarcan desde el sistema comercial y los derechos humanos hasta el cambio climático, la seguridad nuclear y el ciberespacio. Bajo el concepto de «geometría variable», estas coaliciones operan con una membresía fluida que permite agrupar actores en torno a intereses compartidos para maximizar la efectividad operativa (Arredondo, 2019). No obstante, el éxito de este enfoque depende de tres interrogantes fundamentales (Patrick, 2019):

  • La capacidad de las potencias democráticas para llenar el vacío de liderazgo estadounidense.

  • La posibilidad de hallar puntos de convergencia con la membresía amplia de la ONU sobre normas de soberanía y uso de la fuerza.

  • La eficacia de estas coaliciones flexibles para resolver desafíos transnacionales como el terrorismo y la ciberseguridad.

  1. La Disputa por el sentido: el enfoque de China

El orden existente enfrenta el desafío de potencias emergentes, particularmente China, que ha adoptado una agenda internacional expansiva para cuestionar la hegemonía de Estados Unidos. Beijing promueve una visión instrumental del multilateralismo, utilizando su participación en organismos internacionales para contrapesar la influencia estadounidense mientras potencia su poder blando mediante operaciones de paz, asistencia económica y ayuda humanitaria (ejemplificada en la «diplomacia del barbijo» durante la pandemia).

Este «multilateralismo con características chinas» (Tran, 2021) sostiene una retórica de respeto a las normas internacionales, que coexiste con acciones que las desafían sustancialmente, tales como la expansión en el Mar del Sur de China.

En este sentido el viceprimer ministro chino, He Lifeng, pidió el martes 27 de enero en Davos a la comunidad global que apoye firmemente el multilateralismo y el libre comercio y mantenga su compromiso con la cooperación de beneficio mutuo y formuló cuatro recomendaciones clave. En primer lugar, instó a la comunidad internacional a apoyar firmemente el libre comercio y promover una globalización económica inclusiva y beneficiosa para todos. En segundo lugar, defender firmemente el multilateralismo y hacer que el orden económico y comercial internacional sea más justo y razonable, dijo. En tercer lugar, el mundo también debe adherirse a la cooperación de beneficio mutuo, comprometerse a maximizar los frutos de la cooperación y resolver conjuntamente los problemas de desarrollo y finalmente destacó el respeto mutuo y la consulta igualitaria, y pidió a todos los países que hicieran un buen uso de los diálogos para gestionar adecuadamente las diferencias y resolver los problemas. (Observatorio de Política China, 2026).

Para las potencias pequeñas y medianas de América, el multilateralismo es una preferencia normativa esencial, ya que los regímenes internacionales moderan la unilateralidad de las grandes potencias. Debido a su naturaleza intrínsecamente democrática, el sistema ofrece un canal de interlocución simétrico para los Estados de la región. Sin embargo, el escenario actual presenta una encrucijada crítica: la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China genera presiones externas que empujan a los países latinoamericanos hacia alineamientos que podrían comprometer sus propios intereses nacionales y su autonomía política.

Para dar respuesta a nuestro interrogante si: ¿el multilateralismo está en crisis o estamos frente a una nueva versión del mismo? podemos establecer que existen dos narrativas en disputa, por un lado la reactivación institucional y por el otro lado la reestructuración profunda (Narlikar, 2021).

La primera de ellas sobre la reactivación institucional sostiene que los desafíos actuales —tales como las crisis sanitarias globales y el cambio climático— poseen una naturaleza transnacional que excede las capacidades individuales incluso de los Estados más poderosos. Bajo la premisa de que las instituciones internacionales son un reflejo de la voluntad política de sus miembros, esta narrativa atribuye la ineficacia del sistema no al diseño institucional, sino a la falta de compromiso de los Estados. En consecuencia, aboga por fortalecer la arquitectura existente mediante un mayor financiamiento y una diplomacia capaz de mantener la cooperación incluso con adversarios sistémicos, ante la ausencia de alternativas viables para la gobernanza global.

Pero en forma contrapuesta esta la narrativa de una reestructuración profunda que identifica fallas estructurales y de diseño en la arquitectura de los organismos internacionales. Esta perspectiva critica la globalización neoliberal y cuestiona la fiabilidad de las cadenas de valor integradas que, bajo el auspicio de la OMC, han permitido la instrumentalización de la interdependencia como un arma estratégica (weaponized interdependence) (Farrell & Newman, 2019). Los partidarios de esta reforma radical proponen, un alineamiento por intereses (partnerships of the like-minded) y una geometría variable, es decir un enfoque flexible que contemple, en ocasiones, el desacoplamiento estratégico gradual y abrupto como le estableció EE.UU., con el peligro que estas nuevas instituciones multilaterales cuenten con un solo poder de veto y quede en manos de los norteamericanos.

  1. Conclusiones

Tras el análisis de la coyuntura internacional de 2026, se puede concluir que el multilateralismo no atraviesa una crisis terminal, sino un proceso de metamorfosis estructural. La transición desde un orden liberal universalista hacia uno caracterizado por la «geometría variable» y el realismo estratégico marca el fin de la era de la posguerra y el inicio de una gobernanza fragmentada.

En primer lugar, la dicotomía entre la reactivación institucional y la reestructuración profunda revela que el sistema ya no puede sostenerse sobre la «ficción útil» mencionada por Mark Carney en Davos. Mientras que las potencias medias y pequeñas —incluyendo a los Estados de América Latina— siguen viendo en el multilateralismo funcional un refugio normativo contra la arbitrariedad, las grandes potencias han migrado hacia un multilateralismo instrumental. La Estrategia de Seguridad Nacional (2025), la Estrategia de Defensa Nacional (2026) y la creación del Consejo de la Paz de la administración Trump confirman que, para el hegemón, las instituciones ya no son fines en sí mismos, sino herramientas para una competencia de suma cero.

En segundo lugar, el ascenso de China y su propuesta de un «multilateralismo con características propias» introduce una competencia no solo de poder, sino de sentidos. El orden basado en reglas se ve desafiado por una praxis que prioriza la soberanía y la consulta igualitaria en el discurso (He Lifeng en Davos 2026), pero que en la práctica utiliza el poder blando y la interdependencia económica para reconfigurar las normas globales a su favor.

Finalmente, para responder a la pregunta inicial, no estamos simplemente ante una «crisis», sino ante el surgimiento de una nueva versión del multilateralismo: una más pragmática, menos inclusiva y altamente estratificada. El éxito de esta nueva etapa dependerá de la capacidad de las potencias medias para articular coaliciones de «ideas afines» (like-minded) que eviten la subordinación absoluta ante los bloques hegemónicos. Como sentenció Carney, el riesgo de no estar en la mesa de estas nuevas alianzas es terminar siendo parte del «menú» de un sistema que ha sustituido la seguridad colectiva por la autoprotección estratégica y el desacoplamiento selectivo.

 

 

 

 

Referencias

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GB (R) PhD Oscar Armanelli
Ciencia Política UB
Defensa Nacional UNDEF
Profesor Universitario UA
Mg. Historia, Estrategia, Geopolítica, Ciencias Militares y Operaciones de Paz ACAGÜE Chile