Geopolítica de la disonancia: la OTAN frente a los nuevos ejes de inestabilidad

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La cumbre de la OTAN que comenzó recientemente en La Haya, dejó al descubierto una inquietante realidad: las relaciones transatlánticas atraviesan una fase de disonancia estratégica.

El telón de fondo no podría ser más complejo: un Medio Oriente en ebullición, una Ucrania desplazada de las prioridades globales y una Rusia que explora alianzas tácticas con Teherán. La alianza atlántica, aunque formalmente cohesionada, parece distanciarse en sus percepciones sobre las amenazas y en sus respuestas frente a un orden internacional cada vez más volátil y transaccional.

De Irán a Ucrania: el tablero se reconfigura

Pocos días antes de la cumbre, la administración Trump ordenó ataques preventivos contra las instalaciones nucleares de Irán, justificando la acción como una medida urgente para impedir que Teherán alcanzara capacidad armamentística. La operación, aunque generó reacciones internacionales diversas, se produjo tras el colapso de negociaciones informales en las que Trump había insinuado la posibilidad de que Moscú actuara como mediador. Este gesto reactivó el vínculo entre el conflicto en Medio Oriente y la guerra en Ucrania.

El hecho de que Washington insinuara que la postura sobre Ucrania podría condicionarse a un eventual cambio estratégico con Irán, encendió las alarmas en las capitales europeas. La diplomacia transatlántica quedó así atrapada entre dos teatros de conflicto —el este europeo y el Golfo Pérsico— unidos por una lógica transaccional que desafía los marcos tradicionales de coherencia estratégica.

Europa en busca de una voz propia

Durante la cumbre, los líderes europeos mostraron un frente moderadamente unido, aunque con matices significativos. Alemania defendió los ataques estadounidenses como un último recurso, mientras Francia se inclinó por una respuesta diplomática, proponiendo incluso un nuevo acuerdo nuclear con Irán. Reino Unido respaldó con firmeza a Estados Unidos e Israel, pero pidió prudencia ante las posibles consecuencias económicas y regionales. Italia priorizó la estabilidad energética y evitó respaldos que pudieran implicar intervención militar.

Bruselas, por su parte, optó por un enfoque equilibrado, promoviendo la desescalada sin cuestionar abiertamente a Washington. La UE sugirió canales de mediación a través de terceros países como Omán o Catar y reiteró su disposición a brindar asistencia humanitaria. Detrás de la prudencia europea subyace un temor latente: una guerra abierta en Medio Oriente podría desatar nuevas olas migratorias, crisis energéticas y tensiones internas en un continente ya atravesado por el cansancio bélico y el ascenso de fuerzas políticas polarizadas.

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La erosión del compromiso atlántico con Ucrania

Uno de los aspectos más reveladores de la cumbre fue la marginación simbólica de Ucrania. El presidente Zelenskyy, aunque presente en La Haya, no fue invitado a la sesión principal de líderes, y su país apenas fue mencionado en la declaración final. Esta omisión reflejó una realidad más amplia: Estados Unidos ya no considera a Ucrania un eje central de su agenda geoestratégica. Las señales han sido múltiples: ambivalencia en la continuidad del apoyo militar, propuestas de reintegrar a Rusia en el G7, y priorización del Indo-Pacífico como región clave.

Para los aliados europeos, este giro resulta profundamente inquietante. No sólo implica un debilitamiento de la postura occidental frente a Moscú, sino que socava los principios normativos sobre los que se había construido la narrativa de defensa de la soberanía y la integridad territorial ucraniana. La pregunta que ahora se plantean en Berlín, París y Bruselas es si podrán sostener por sí solos el compromiso con Kiev, sin el liderazgo explícito de Washington.

Moscú y Teherán: ¿un eje antioccidental en gestación?

La posible intensificación del vínculo entre Rusia e Irán añade una capa de complejidad a la ecuación. Aunque el acuerdo de asociación estratégica firmado en enero no contempla asistencia militar directa, la coordinación entre ambos países ante la ofensiva estadounidense sugiere una convergencia táctica con proyecciones geopolíticas. Si Moscú decide ofrecer respaldo económico o diplomático a Teherán, podría emerger un eje contestatario más articulado, capaz de desafiar a Occidente en varios frentes simultáneos.

Este escenario obligaría a la OTAN a replantear sus matrices de evaluación de amenazas, integrando de forma más robusta al Medio Oriente como teatro prioritario de proyección de fuerza y previsión estratégica. Además, implicaría una redistribución de capacidades, con impactos directos en el planeamiento militar, el gasto en defensa y la narrativa política hacia la opinión pública.

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Autonomía estratégica: del discurso a la necesidad

La cumbre de La Haya está dejando claro que la autonomía estratégica europea ha dejado de ser una consigna retórica para convertirse en un imperativo operativo. El desencuentro con Washington sobre Irán y la marginalización de Ucrania reflejan una asimetría de prioridades que limita la capacidad europea de incidir en la toma de decisiones globales. Si Europa desea preservar su influencia, deberá invertir en capacidades propias, articular una voz diplomática coherente y reducir su dependencia estructural del liderazgo estadounidense.

En un mundo marcado por alianzas flexibles, conflictos híbridos y disputas narrativas, la credibilidad europea dependerá de su capacidad para actuar, no sólo para reaccionar. El reordenamiento del orden internacional ya está en marcha, y los actores que no logren adaptarse corren el riesgo de convertirse en espectadores irrelevantes en un tablero que se juega con nuevas reglas.

 

Sergio Skobalski
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Es Doctor en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador, Argentina), Master of Strategic Studies and Defense (China's National Defense University) y Master en Planeamiento Estratégico y Dirección por Objetivos del Instituto Internacional de Estudios Globales para el Desarrollo Humano (España). Asimismo, tiene un tercer Master of Strategic Studies (US National Defense University, Estados Unidos) y es Lic. en Estrategia y Organización del Instituto de Estudios Superiores del Ejército argentino. Asimismo, es miembro del Consejo Asesor Académico de la Facultad del Ejército, es profesor en el doctorado en Defensa de dicha entidad, profesor invitado en la Universidad de Cuyo y de la Universidad Católica de Córdoba, e integra el Consejo Asesor de la Fundación CIEPEI (Centro de Investigación en Estudios Políticos Económicos e Internacionales).

Héctor Agustín Arrosio

Magister en Ciencia Política por la Facultad de Derecho y Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.