El mar Negro como espacio de coerción estratégica: señales de escalada rusa y el dilema de Turquía

El gran actor geoestratégico de Eurasia, Rusia, ha tenido históricamente el problema de planificar una estrategia de operaciones navales en espacios marítimos dispersos, cerrados, de posiciones de bloqueo y de negación a los accesos oceánicos. Esta constante se mantiene en las condiciones actuales de crisis, conflictos y guerras en desarrollo en el sistema internacional, y en cada caso se presentan modelos de gestión estratégica conforme patrones de guerra híbrida y guerra liminal.

Las principales bases navales rusas se hallan sobre mares “cerrados”. La Flota del Norte, sobre el Mar de Barents y el Ártico, con el complejo de bases en Severomorsk y Murmansk, afronta el problema del acceso al Atlántico Norte. La Flota del Báltico, con base principal en Kaliningrado, se halla frente a un espacio marítimo bloqueado por el Poder Naval combinado de los Estados Escandinavos miembros de la OTAN.

La Flota del Pacífico, con bases principales en Vladivostok y Petropavlovsk-Kamtchaskiy, se hallan sobre dos áreas navales cerradas: el Mar del Japón y el Mar de Okhotsk que son el acceso al Pacífico Norte. En tanto que la Flota del Mar Negro con bases principales en Sebastopol, Novorossiysk, Tuapse, Temryuk y Tangarog, se hallan en el Teatro de Guerra y los espacios de batalla aeronavales entre Rusia y Ucrania, sobre el flanco sureste de la OTAN.

La intensificación de las operaciones militares en el mar Negro está transformando este espacio en un escenario de presión estratégica de largo plazo. Rusia parece estar reconfigurando el dominio marítimo no solo como extensión del conflicto con Ucrania, sino como instrumento para condicionar proyectos energéticos, flujos comerciales y equilibrios regionales. Para Turquía, actor clave en la seguridad marítima y energética del área, esta deriva plantea riesgos directos sobre su estrategia de autonomía energética y su rol como garante de la navegación regional.

Turquía, como garante del contenido de la Convención de Montreux (1936), y los sucesivos ajustes (caso de la Convención UNCLOS de Naciones Unidas) que regula la navegación internacional en los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, los cuales permiten la conexión de los mares Negro y Mediterráneo, tiene la llave geoestratégica de la proyección naval de Rusia a las costas del Levante, África del Norte y Oriental. La Flota Rusa del Mediterráneo, con base principal en Tartus (Siria) y proyección sobre Libia, Egipto, Sudán (Port Sudán) y Argelia, depende del equilibrio de relaciones con Turquía y los actores regionales.

Militarización progresiva y negación marítima ampliada

En las últimas semanas, Ankara ha manifestado una creciente inquietud ante la dinámica de escalada en el mar Negro. Incidentes vinculados a drones no identificados, ataques a buques comerciales y el empleo de misiles hipersónicos rusos contra infraestructura portuaria ucraniana refuerzan la percepción de que Moscú está difuminando deliberadamente la frontera entre objetivos militares y actividades económicas civiles. Esta ambigüedad eleva los costos operativos del comercio marítimo y reduce el margen de maniobra para los actores regionales.

El uso de sistemas de alta gama, como el misil hipersónico Kinzhal, constituye un mensaje estratégico en sí mismo. No se trata únicamente de demostrar capacidad tecnológica para superar defensas aéreas occidentales, sino de señalar disposición a emplear medios escasos y sofisticados para consolidar un entorno de disuasión coercitiva. En términos prácticos, esta lógica convierte puertos, corredores logísticos e instalaciones offshore en activos crecientemente difíciles de asegurar, tanto desde el punto de vista militar como financiero.

La fragmentación del espacio marítimo es cada vez más evidente. Mientras el sector oriental del mar Negro opera bajo una dominación militar rusa de facto, con riesgos relativamente controlados pero bajo supervisión implícita de Moscú, el sector noroccidental —incluyendo Odesa y el delta del Danubio— permanece expuesto a ataques intermitentes, primas de riesgo volátiles y navegación altamente condicionada. La señal subyacente es que Rusia concibe este teatro no como un ámbito de perturbación temporal, sino como un espacio de competencia estructural frente a la OTAN. Esto implica un centro de gravedad de operaciones navales en un escenario potencial de guerra a gran escala.

Energía, control aéreo y competencia estratégica regional

Más allá de la dimensión militar inmediata, el trasfondo estratégico del mar Negro está profundamente ligado a la energía. Proyectos como Neptun Deep, en aguas rumanas, y el yacimiento Sakarya, frente a las costas turcas, representan una potencial erosión del peso histórico de Rusia como proveedor dominante de gas en Europa sudoriental y la cuenca del mar Negro. Su desarrollo exitoso alteraría balances energéticos, reduciría dependencias y ampliaría la autonomía estratégica de actores clave como Turquía y Rumania.

Desde esta perspectiva, la presión rusa no requiere necesariamente acciones cinéticas directas. El control de facto de la Región de Información de Vuelo (FIR) administrada desde Crimea, en el área de responsabilidad del Comando Estratégico Conjunto Sudoccidental, ofrece a Moscú una herramienta de coerción de bajo umbral. La manipulación selectiva de procedimientos aeronáuticos puede interferir con relevamientos, transporte logístico y respuestas de emergencia asociadas a proyectos offshore, introduciendo incertidumbre legal, retrasos operativos y mayores costos de aseguramiento. Este tipo de coerción gris, difícil de atribuir y escalar diplomáticamente, resulta especialmente eficaz en un entorno ya militarizado, e implica una forma colateral conexa a un modelo de guerra liminal.

Para Turquía, cuya estrategia energética apuesta a la producción offshore y a la reducción de importaciones, el riesgo es doble: por un lado, la inseguridad marítima afecta la libertad de navegación y el comercio; por otro, la consolidación de un mar Negro dominado militarmente por Rusia podría limitar, de forma estructural, el desarrollo de infraestructuras energéticas críticas. De allí que los llamados turcos a acuerdos parciales de seguridad —vinculando explícitamente navegación y protección de infraestructura energética— respondan menos a gestos diplomáticos coyunturales que a una evaluación estratégica de largo plazo.

En un contexto donde se multiplican las señales de posibles negociaciones o pausas en el conflicto, Moscú parece buscar asegurar ventajas duraderas antes de que se cierre la ventana de oportunidad. Incapaz de alcanzar objetivos territoriales decisivos, la apuesta se desplaza hacia el control funcional del entorno marítimo y aéreo del mar Negro. Para Ankara, el desafío consiste en evitar que esta lógica de hechos consumados transforme al mar Negro en un espacio permanentemente condicionado por la coerción rusa, con consecuencias directas sobre la seguridad regional y el equilibrio energético europeo.

Sergio Skobalski
+ posts

Es Doctor en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador, Argentina), Master of Strategic Studies and Defense (China's National Defense University) y Master en Planeamiento Estratégico y Dirección por Objetivos del Instituto Internacional de Estudios Globales para el Desarrollo Humano (España). Asimismo, tiene un tercer Master of Strategic Studies (US National Defense University, Estados Unidos) y es Lic. en Estrategia y Organización del Instituto de Estudios Superiores del Ejército argentino. Asimismo, es miembro del Consejo Asesor Académico de la Facultad del Ejército, es profesor en el doctorado en Defensa de dicha entidad, profesor invitado en la Universidad de Cuyo y de la Universidad Católica de Córdoba, e integra el Consejo Asesor de la Fundación CIEPEI (Centro de Investigación en Estudios Políticos Económicos e Internacionales).

Héctor Agustín Arrosio

Magister en Ciencia Política por la Facultad de Derecho y Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.