Hajime Moriyasu afronta el próximo Mundial con una ambición que va mucho más allá de superar viejas barreras. El entrenador de Japón, que se convertirá en el primero en dirigir a la selección en dos Copas del Mundo consecutivas, no oculta su objetivo de llevar al equipo no solo a una instancia inédita, sino también a competir por el título. Su discurso combina convicción, calma y una mirada de largo plazo que busca consolidar el crecimiento del fútbol japonés en la escena internacional.
El sorteo no fue indulgente con el conjunto asiático. Compartirá grupo con selecciones de peso y, en caso de avanzar, el camino posterior tampoco promete alivio. Sin embargo, Moriyasu evita dramatizar el contexto. Para él, la clave no está en el rival inmediato ni en la presión externa, sino en la fortaleza interna del equipo y en la capacidad de sostener una identidad clara en cada presentación. Su enfoque está puesto en los resultados, pero también en la continuidad de un proceso que comenzó hace varios años y que, según su mirada, todavía tiene margen para crecer.
La confianza del técnico no surge de la nada. Japón dejó una fuerte impresión en la última Copa del Mundo, cuando logró victorias inesperadas frente a potencias tradicionales, y luego ratificó esa evolución en compromisos posteriores ante rivales de primer nivel. Aunque muchos de esos encuentros no tuvieron carácter oficial, sirvieron para reforzar la idea de que el equipo puede competir de igual a igual y, en ciertos momentos, imponer condiciones.
El debut mundialista será una prueba exigente, aunque Moriyasu le resta dramatismo a ese primer resultado. Considera que un torneo de estas características se define en el recorrido completo y no en un solo partido. En su visión, la fortaleza real se construye antes de pisar el campo, en la preparación diaria y en la capacidad de adaptarse a distintos escenarios de juego sin perder convicción.
Esa ambición se refleja incluso en gestos simbólicos. El entrenador ya visitó el estadio que albergará la final del torneo, impulsado por el deseo de visualizar a su equipo en ese escenario. Para Moriyasu, pensar en el trofeo no es un acto de arrogancia, sino una forma de instalar una mentalidad ganadora. Asegura que nunca ha encarado un desafío deportivo con la idea de resignarse de antemano, aunque reconoce que el camino será complejo.
Desde lo futbolístico, destaca una evolución clara respecto del pasado reciente. Japón ha sumado variantes, puede presionar alto o replegarse con orden, y ha mejorado su capacidad para tomar la iniciativa tanto en ataque como en defensa. Esa flexibilidad táctica, sostiene, es una de las principales fortalezas del equipo actual.
Más allá del objetivo inmediato, Moriyasu también ubica este desafío dentro de un proyecto más amplio. Sabe que Japón todavía no es señalado como favorito, pero asume ese rol de aspirante con orgullo. La meta es crecer, competir y dejar una base sólida para el futuro. En ese camino, el entrenador busca no solo resultados, sino también transmitir una herencia futbolística que permita que las próximas generaciones sigan elevando el nivel del seleccionado.












