54 años después de Nixon y Mao, Trump vuela a Pekín con una agenda que abarca IA, guerra, chips y Taiwán

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El 21 de febrero de 1972, Richard Nixon aterrizó en Pekín y se convirtió en el primer presidente estadounidense en pisar la República Popular China. Lo recibió el premier Zhou Enlai en la pista. Pocas horas después, Mao Zedong lo hizo llamar a su estudio personal. La reunión duró una hora. Ninguno de los dos hombres esperaba resolver en ese encuentro las décadas de hostilidad acumulada entre sus países: lo que querían era abrir una puerta que ambos sabían que debía ser abierta. Nixon lo llamó «la semana que cambió el mundo». No era hipérbole.

Cincuenta y cuatro años después, el 14 de mayo de 2026, Donald Trump aterrizará en Pekín para reunirse con Xi Jinping en la primera visita de un presidente estadounidense a China en casi una década —la última fue la del propio Trump, en noviembre de 2017, cuando fue recibido con honores en la Ciudad Prohibida y firmó acuerdos comerciales por 253.500 millones de dólares. Esta vez el escenario es radicalmente distinto. El mundo de 2026 no se parece al de 2017 ni remotamente al de 1972. La agenda incluye inteligencia artificial, chips semiconductores, tierras raras, un conflicto activo en Medio Oriente que tiene el Estrecho de Ormuz bloqueado, Taiwán, el fentanilo y la guerra en Ucrania. Y la relación bilateral que Trump y Xi deberán gestionar es, según los analistas de las principales instituciones de política exterior del mundo, la más compleja, la más densa en consecuencias y la más frágil de la historia de los dos países.

Nixon, Mao y la lógica del momento imposible

Para entender por qué la visita de Trump a Pekín tiene una carga histórica que trasciende los acuerdos puntuales que puedan firmarse, hay que entender primero qué hizo posible la de Nixon.

En 1972, Estados Unidos y China llevaban 22 años sin ningún contacto diplomático oficial. El triunfo de Mao en la guerra civil de 1949 había llevado al gobierno de Chiang Kai-shek a refugiarse en Taiwán, y Washington reconocía a ese gobierno como la legítima representación de toda China. Durante la Guerra de Corea (1950-1953), los dos países se enfrentaron militarmente. En los años sesenta, la Revolución Cultural de Mao sumió a China en una espiral de violencia interna que la aisló aún más del mundo occidental. Nada indicaba que el encuentro fuera posible.

Y sin embargo, fue Nixon —el anticomunista feroz que había construido su carrera política persiguiendo espías soviéticos— quien lo hizo posible. La lógica era estrictamente estratégica: la ruptura entre China y la Unión Soviética, conocida como la escisión sino-soviética, creaba una oportunidad para que Estados Unidos se insertara entre las dos potencias comunistas y usara a una como palanca sobre la otra. Henry Kissinger, asesor de seguridad nacional de Nixon, gestionó los contactos a través de Pakistán —un canal que se repite en la diplomacia del presente, como mediador en las negociaciones entre Washington y Teherán— y viajó en secreto a Pekín en julio de 1971, fingiendo una indisposición durante una escala en el subcontinente.

China: ¿podría Nixon influenciar a Trump?

El 15 de julio de 1971, Nixon anunció ante las cámaras que viajaría a China. El impacto fue sísmico. El mundo de la Guerra Fría, ordenado en bloques rígidos, acababa de fracturarse desde adentro.

La reunión entre Nixon y Mao duró una hora. Mao estaba enfermo —había sido hospitalizado durante varias semanas hasta apenas nueve días antes de la llegada del presidente estadounidense— pero insistió en recibirlo él mismo. Los dos hablaron de «problemas filosóficos» en la relación bilateral, intercambiaron ironías y se fotografiaron estrechando las manos. La foto se convirtió en la imagen más icónica de la diplomacia del siglo XX.

El resultado concreto del viaje fue el Comunicado de Shanghái, un documento que estableció las bases de la relación bilateral sobre una ambigüedad deliberada: Estados Unidos «tomó nota» de la posición china de que Taiwán era parte de China sin endosarla explícitamente, China aceptó la presencia americana en Asia y ambas partes acordaron trabajar hacia la normalización de relaciones. La ambigüedad, que parecía un defecto del documento, resultó ser su mayor virtud: permitió a las dos partes avanzar sin que ninguna cediera en sus principios declarados. La normalización diplomática plena llegó en 1979, bajo la presidencia de Jimmy Carter.

Lo que cambió en 54 años

Entre la visita de Nixon y la de Trump median 54 años de historia que transformaron por completo la naturaleza de la relación bilateral. En 1972, China era un país pobre, agrario, cerrado y políticamente volátil, con un PIB que representaba una fracción mínima del de Estados Unidos. En 2026, China es la segunda economía del mundo —primera en paridad de poder adquisitivo, según el FMI—, produce alrededor del 30% de la manufactura global, controla entre el 70% y el 90% del procesamiento de varios minerales críticos según el tipo específico, tiene la mayor marina de guerra del mundo por número de embarcaciones, y compite con Estados Unidos en inteligencia artificial, semiconductores, computación cuántica y exploración espacial.

La interdependencia entre las dos economías es de una escala que Nixon no podría haber imaginado. El comercio bilateral supera el billón de dólares anuales. Las cadenas de suministro globales en electrónica, farmacia, acero y energía renovable están profundamente entrelazadas. Y sin embargo, la desconfianza mutua nunca fue mayor: Estados Unidos acusa a China de robar propiedad intelectual, subsidiar ilegalmente a sus industrias, practicar el espionaje cibernético a través de grupos como Volt Typhoon, apoyar a Rusia en la guerra de Ucrania e intentar cambiar por la fuerza el estatus de Taiwán. China acusa a Estados Unidos de intentar contener su ascenso, interferir en sus asuntos internos, militarizar el Indo-Pacífico y usar las restricciones tecnológicas como armas de guerra económica.

El contacto entre los líderes también se redujo drásticamente. Según un análisis de la Asia Society Policy Institute basado en una base de datos de cumbres bilaterales construida específicamente para ese fin, los líderes de ambos países promediaron 5,6 intercambios bilaterales anuales en los años 2000, 4,6 en los años 2010 y apenas 2,5 en lo que va de los años 2020. El aislamiento diplomático de cúpula es real y tiene consecuencias: cuando los canales de comunicación son escasos, la probabilidad de malentendidos y escaladas no buscadas aumenta.

El camino a China: de Busan a Pekín pasando por Ormuz

La visita de Trump del 14 y 15 de mayo no será la primera reunión entre los dos líderes en este ciclo. El 30 de octubre de 2025, Trump y Xi se reunieron en Busan, Corea del Sur, en los márgenes de la cumbre APEC, en el primer encuentro cara a cara entre los dos líderes en seis años. La reunión, de casi dos horas, produjo resultados concretos: Trump redujo los aranceles sobre productos chinos del 57% al 47%, China acordó reanudar las compras de soja estadounidense y pausar sus restricciones a la exportación de tierras raras, y ambos líderes acordaron que Trump viajaría a Pekín en 2026. Xi lo invitó formalmente; Trump aceptó e invitó a Xi a una visita de Estado a Washington a fines de año.

La visita a Pekín estaba originalmente programada para marzo de 2026 pero fue pospuesta dos veces por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, que comenzó el 28 de febrero y mantiene efectivamente cerrado el Estrecho de Ormuz desde hace más de dos meses. El conflicto iraní complicó la agenda de manera estructural: por un lado, creó una nueva área de negociación —Washington quiere que Beijing presione a Teherán para reabrir el estrecho— y por el otro, introdujo tensiones que ninguno de los dos equipos negociadores había anticipado. El canciller iraní Abbas Araghchi visitó Pekín el 6 de mayo, una semana antes de la llegada de Trump, y briefeó a Wang Yi sobre las negociaciones con Washington. China se posicionó así como un actor con línea directa a ambas partes, exactamente el papel que Pakistán cumplió en la diplomacia Nixon-Mao de 1971.

El apretón de manos de Busan abre un nuevo capítulo en las relaciones entre China y Estados Unidos

Según CNN, que consultó a múltiples fuentes en Beijing, la guerra en Irán «ha interrumpido seriamente la planificación y las expectativas globales de China» para la cumbre. La principal preocupación de Beijing es que el Estrecho de Ormuz —por el que transita alrededor de un tercio del petróleo y gas que importa China— siga cerrado cuando Trump llegue a la capital china. Si eso ocurre, xi recibirá al presidente de la potencia que mantiene bloqueado el principal corredor energético del mundo con el Pacífico.

Los cinco ejes de la negociación

Comercio y aranceles. El eje más visible del encuentro es la continuación del proceso de desescalada arancelaria que comenzó en Busan. Ambos gobiernos trabajan en un mecanismo denominado «Board of Trade» —un comité bilateral permanente para identificar sectores donde el comercio puede expandirse sin amenazar la seguridad nacional o las cadenas de suministro críticas— y en un «Board of Investment» paralelo. Los analistas del Brookings Institution prevén que Trump buscará anunciar compras chinas de productos estadounidenses —aviones Boeing, soja, energía— y ajustes arancelarios incrementales. Pero la estructura profunda de la disputa comercial —subsidios estatales chinos, acceso al mercado, propiedad intelectual— no tiene solución rápida.

Chips, IA y exportaciones tecnológicas. Este es el frente que separa a las dos potencias de manera más visceral y con consecuencias más duraderas. Estados Unidos mantiene restricciones de exportación sobre semiconductores avanzados y equipos de fabricación de chips hacia China, argumentando que los chips de alta gama tienen aplicaciones militares directas. China exige el levantamiento de esas restricciones, argumentando que son una forma de guerra económica. El CEO de Nvidia, Jensen Huang, participó semanas antes de la cumbre en debates internos sobre si la empresa debería poder vender ciertos chips de IA a China —el H20, una versión reducida del H100 diseñada específicamente para el mercado chino— que el gobierno de Trump suspendió sin previo aviso en el otoño de 2025.

El lanzamiento del modelo DeepSeek V4 en abril, entrenado y desplegado sobre chips Ascend de Huawei en lugar de procesadores de Nvidia, envió a ambas delegaciones una señal inequívoca: las restricciones de exportación están acelerando, no frenando, el desarrollo de una cadena de silicio china independiente. Reuters confirmó que ambos gobiernos están considerando incluir la inteligencia artificial como punto formal de la agenda, en lo que sería la primera vez que la IA ocupa un lugar explícito en una negociación presidencial bilateral entre las dos potencias.

Tierras raras. China controla entre el 70% y el 90% del procesamiento mundial de minerales críticos según el tipo específico. Tras el acuerdo de Busan, China pausó sus restricciones de exportación a los niveles previos al 29 de septiembre de 2025. Pero esa pausa tiene vencimiento y aplica solo a Estados Unidos: Europa y otros socios occidentales siguen expuestos a los controles chinos. Trump necesita un acuerdo más duradero que proteja a la industria de defensa y tecnológica estadounidense de la dependencia de un proveedor que puede usar esa palanca como instrumento de presión en cualquier momento futuro.

Taiwán. Es el tema que China identifica explícitamente como el de mayor riesgo en la relación bilateral. En diciembre de 2025, dos meses después del encuentro de Busan, Trump aprobó una venta de armas a Taiwán por 11.100 millones de dólares, lo que irritó profundamente a Beijing. Wang Yi le dijo al secretario de Estado Marco Rubio que Taiwán es «el mayor punto de riesgo» en las relaciones y que China no descarta el uso de la fuerza para traer a la isla bajo su control. Rubio descartó que Taiwán sea una ficha de cambio en las negociaciones. Xi buscará en Pekín compromisos de moderación sobre ventas de armas y un lenguaje que actualice la política declaratoria de Washington sobre el estatus de la isla. Lo que precise de Trump en ese punto definirá en gran medida el tono del resto de la cumbre.

DeepSeek lanzó el V4 con chips Huawei el mismo día que la Casa Blanca acusó a China de robar IA

Irán y Ormuz. Trump quiere que China use su influencia sobre Teherán —China es el mayor comprador de petróleo iraní, importa alrededor del 90% de las exportaciones de crudo que Iran logra colocar pese a las sanciones— para presionar a los líderes iraníes hacia un acuerdo que reabra el estrecho y ponga fin al conflicto. En su mensaje de Truth Social del 18 de abril, Trump dijo que «China está muy contenta de que yo estoy abriendo permanentemente el Estrecho de Ormuz» y añadió que lo hace «también por ellos y por el mundo». La formulación es reveladora: Trump busca hacer que Xi se sienta en deuda con él por resolver un problema que también afecta los intereses chinos. Desde Beijing, la respuesta es más cautelosa: China tiene intereses en Irán que van más allá del petróleo e incluye el gran acuerdo de cooperación de 25 años firmado en 2021 y los vínculos con el corredor energético que conecta a China con el Golfo Pérsico.

Lo que la historia de las cumbres dice sobre las expectativas

Los analistas consultados por Foreign Policy, Brookings y la Asia Society convergieron en una conclusión: las expectativas para este tipo de encuentros tienden a ser demasiado altas o demasiado bajas, y rara vez acertadas. Las cumbres presidenciales entre Estados Unidos y China raramente transforman la relación. Lo que pueden hacer, cuando son bien gestionadas, es hacerla menos volátil.

El caso Nixon-Mao es el ejemplo más citado de lo que puede lograr una cumbre presidencial bien diseñada: no resolvió ninguno de los conflictos sustanciales entre los dos países, no normalizó las relaciones diplomáticas —eso llevó siete años más— y dejó la cuestión de Taiwán en una ambigüedad deliberada que sigue generando tensiones medio siglo después. Pero abrió una puerta que nadie más en ese momento político podría haber abierto, y cambió el tablero de la Guerra Fría de una manera que ningún otro instrumento diplomático hubiera podido lograr.

El parangón con 2026 tiene límites obvios. Nixon llegó a Pekín desde el anonimato diplomático total —ningún contacto, ningún canal formal, ningún precedente reciente— y con un mandato táctico claro: usar a China como palanca contra la Unión Soviética. Trump llega con décadas de contacto, acuerdos previos, una guerra comercial que ya dio dos vueltas completas, restricciones tecnológicas que se acumularon y un conflicto en Medio Oriente que ninguno de los dos países gestionó bien. El espacio para el simbolismo puro es menor. El espacio para los acuerdos técnicos es mayor.

Pero la historia de las cumbres presidenciales sino-estadounidenses sugiere que incluso los encuentros que «no logran nada» pueden ser útiles: Biden y Xi se reunieron en Woodside, California, en noviembre de 2023, en una cumbre que no produjo acuerdos mayores pero reabrió la comunicación militar —que Beijing había cortado después de la visita de Nancy Pelosi a Taiwán— y lanzó una nueva fase de cooperación antinarcóticos. La apertura de un canal no es un logro menor en una relación que puede escalar con rapidez cuando los canales faltan.

54 años de historia en perspectiva

Lo que une la visita de Nixon en 1972 y la de Trump en 2026 no es la ideología, ni el estilo de liderazgo, ni siquiera el objetivo específico de las negociaciones. Lo que las une es la constatación de que la relación entre Estados Unidos y China es la variable más determinante del orden mundial en su época respectiva, y que ninguno de los dos países puede gestionar sus principales desafíos globales sin algún grado de entendimiento con el otro.

En 1972, ese desafío era la Guerra Fría y el riesgo de una confrontación nuclear. En 2026, son la inteligencia artificial, la transición energética, el conflicto en Medio Oriente, la estabilidad del sistema de comercio global y la carrera por los recursos críticos que determinarán quién controla las tecnologías del futuro. Los nombres cambiaron. La lógica fundamental, no.

Nixon llamó a su visita «la semana que cambió el mundo». Mao le respondió con el mismo registro histórico: «Usted, como anticomunista, fue quien vino a buscar a los comunistas. Fue usted quien tomó la iniciativa de invitarnos. Nosotros no invitamos a nadie.» En la asimetría de ese intercambio —quién necesita a quién— se juega también la negociación de mayo. Cincuenta y cuatro años después, la pregunta sigue siendo la misma. Y la respuesta, como entonces, importa para todo el mundo.

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Co-fundador de Reporte Asia.