Trump: la arrogancia del poder

Trump

Hubo un tuit que debería haber sacudido al mundo; no lo hizo.

“Sabemos exactamente dónde se esconde Jamenei, pero no vamos a eliminarlo (¡matarlo!), al menos por ahora”. 

Este es un comentario que, en un mundo con más principios, debería haber causado conmoción en los pasillos diplomáticos. Pero el mundo simplemente asintió y miró hacia otro lado.

Las palabras, especialmente las pronunciadas desde púlpitos de inmenso poder, no son inofensivas. Son palabras con un peso extraordinario. Y, sin embargo, no hubo una exclamación colectiva, ni una reprimenda institucional. Ni una convocatoria de líderes mundiales. Solo el cansado giro del ciclo informativo, embotado por la repetición y la fatiga de la indignación. Estas palabras no son meras reflexiones de un showman populista. Son una escalofriante demostración de lo bajo que ha caído el orden global, cuando el hombre más poderoso del planeta puede contemplar públicamente el asesinato como un acto estratégico y recibir a cambio un silencio ensordecedor.

Grietas en el código, una erosión silenciosa de las normas

Durante décadas, la diplomacia internacional funcionó, aunque de forma imperfecta, dentro de un marco que al menos aspiraba a la legalidad, la moderación y el respeto mutuo. Hoy, esas normas están en ruinas, sustituidas por algo mucho más primitivo: la afirmación abierta de la ley del más fuerte. Cuando un presidente estadounidense en funciones habla con el lenguaje del asesinato premeditado y ofrece al mundo la opción de elegir entre la tolerancia y la confrontación, debemos entenderlo no como una metedura de pata aislada, sino como parte de un desmantelamiento más amplio de la política civilizada. No se trata solo de Irán, sino de la idea misma de que el poder debe regirse por principios.

Seamos claros: esto no es una defensa del liderazgo iraní. Es una defensa de la idea de que los jefes de Estado no son presas y de que la diplomacia no es un juego de ultimátums lanzados con una sonrisa burlona.

Fallo del sistema inmunológico global

Quizás más inquietante que las propias palabras de Trump es el hecho de que casi no provocaron una respuesta significativa. La comunidad internacional, tan a menudo acusada de reaccionar exageradamente, ahora se ha acostumbrado inquietantemente a la falta de reacción. ¿Dónde quedaron las condenas de la ONU? ¿Las respuestas de los líderes del G7 o de la sociedad civil global? ¿Los editoriales urgentes? ¿Las disidencias de principios de aliados y rivales por igual? Si una declaración así hubiera salido de labios de cualquier otro líder, Putin, Erdoğan o Xi, ¿habría sido la reacción tan discreta?

Hay algo profundamente corrosivo en la suposición de que el poder estadounidense, incluso cuando se ejerce con tanta crudeza, merece una exención especial. El hecho de no desafiar esta bravuconería no solo indica un desequilibrio geopolítico, sino también una pérdida de rumbo moral.

¿Qué políticas estamos apoyando?

Existe la tentación de desestimar la retórica de Trump como teatral, como una simple frase provocadora de un hombre que se nutre de la disrupción. Pero esto ya no es teatro. Es política disfrazada de representación. Una clara señal, tanto para aliados como para adversarios, de que Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, ya no se ve limitado por las convenciones del orden global.

Y al aceptar eso, incluso pasivamente, el mundo se arriesga a respaldar una política que ya no se basa en la negociación, sino en la intimidación. Una política donde el derecho internacional es irrelevante, y lo único que importa es quién tiene el mayor arsenal y el micrófono más potente.

La pregunta ya no es «¿cómo pudo decir esto?». La pregunta es «¿por qué el mundo lo dejó pasar?».

Muerte lenta de la conciencia global

Lo que presenciamos no es un lapsus momentáneo en la diplomacia. Es la lenta muerte de la conciencia global. Un entumecimiento progresivo, donde cada nuevo atropello resulta un poco menos escandaloso que el anterior. Una caída en la apatía donde el silencio se convierte en la respuesta por defecto, incluso ante amenazas de asesinato sancionadas por el Estado.

Si el mundo no puede alzar su voz cuando se anuncia abiertamente un asesinato desde un podio presidencial, ¿qué autoridad moral queda para denunciar crímenes futuros, cometidos en tonos más silenciosos, en rincones más oscuros?

Esto es rendición, no un silencio estratégico.

Hay momentos en la historia en que el silencio es la opción más prudente. Este no es uno de ellos.

No se trata de partidismo. Ni siquiera se trata, en esencia, de Trump. Se trata del precedente que estamos sentando, de si aún creemos en un mundo regido por leyes y valores, o si nos hemos rendido por completo a la lógica de la fuerza.

Porque no se equivoquen: hoy el objetivo es el Líder Supremo de Irán. Mañana, podría ser cualquiera. Una vez que se abre la puerta al asesinato por vía diplomática, no se cierra silenciosamente.

Recuperando el lenguaje de la moderación

Debemos recuperar urgentemente un vocabulario político y moral que no mida la fuerza en misiles y amenazas, sino en la moderación, el diálogo y la cooperación internacional. Debemos reafirmar que el poder, por vasto que sea, debe rendir cuentas a algo superior a sí mismo.

Ante tales declaraciones arrogantes, el silencio del mundo no es neutralidad: es complicidad.

La historia no preguntará si estuvimos de acuerdo con Trump o no. Preguntará si alzamos la voz cuando importaba o si nos mantuvimos impasibles, con los ojos bien abiertos, mientras los cimientos de la dignidad global se desmantelaban silenciosamente, palabra a palabra, amenaza tras amenaza.

Nota: esta es un artículo republicado del medio «The Wire» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.

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Sameer Godbole es un experto profesional financiero con una amplia experiencia de más de 25 años en el campo de las finanzas y la contabilidad, y actualmente trabaja para una importante corporación multinacional india.