El pluralismo no democrático en Indonesia

Indonesia

Cuando Indonesia, cuyos más de 260 millones habitantes la convierten en la tercera democracia más poblada del mundo, celebró elecciones nacionales el 17 de abril de 2019, fue fácil considerar el resultado como una confirmación del statu quo democrático del país.

El presidente en funciones, Joko Widodo (comúnmente conocido como Jokowi), derrotó a un general de la era autoritaria, Prabowo Subianto, por 55 a 44 por ciento. La coalición
parlamentaria de Jokowi obtuvo un resultado aún más impresionante, al conseguir el 60 por ciento de los escaños con el 63 por ciento de los votos.

Prabowo hizo una campaña populista clásica, apoyada por grupos islamistas no liberales. Jokowi, en cambio, ofreció una visión desarrollista apacible y citó los logros de su primer mandato. Obtuvo el apoyo de las minorías religiosas y de las organizaciones islámicas que desde hace tiempo defienden el pluralismo religioso.

Por lo tanto, a primera vista, Indonesia puede parecer una excepción a la tendencia populista y antiliberal que se ha extendido por el mundo en los últimos años. La realidad, sin embargo, es más inquietante. Las elecciones continuaron el lento deslizamiento del país hacia la regresión democrática, y marcaron el desacople de las políticas del pluralismo religioso respecto de las de la democracia.

En este proceso de desacoplamiento, Jokowi y otros defensores del pluralismo se han preocupado menos por defender otros ideales democráticos; en su lugar, la defensa de Indonesia como Estado-nación para todas las religiones se ha convertido en un objetivo supremo, casi sacrosanto.

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Desde su punto de vista, los enemigos del pluralismo –es decir, los islamistas que apoyan a Prabowo– deben ser apartados del poder a toda costa, incluso si esto significa reducir las libertades democráticas. Esta tendencia fue evidente en todas las fases del proceso electoral de 2019. La proximidad de las elecciones vio a Jokowi –que se autodenominó defensor de la democracia durante los anteriores comicios de 2014– aplicando medidas cada vez más autoritarias para limitar a la oposición.

Los propios resultados revelan la polarización más aguda que ha visto Indonesia desde la década de 1950 entre los pluralistas religiosos y los defensores de un papel más fuerte para el islam. Y los meses transcurridos desde las elecciones se han visto empañados por la violencia vinculada a una oposición islamista deseosa de anular los resultados, mientras que el gobierno ha respondido con acusaciones formales de traición contra figuras de la oposición. Así pues, tanto el gobierno (alineado con los pluralistas) como la oposición (alineada con los islamistas) han contribuido a socavar la calidad de la democracia indonesia.

Indonesia puede parecer una excepción a la tendencia populista y antiliberal que se ha extendido por el mundo en los últimos años

Esto sigue siendo así a pesar de que las elecciones se desarrollaron de forma ordenada y el
aspirante populista perdió. El desacople del pluralismo religioso de las normas democráticas más amplias es una parte subestimada del actual declive democrático global. Gran parte de la bibliografía que aborda las causas y las dinámicas de este declive considera que el apoyo al pluralismo sociocultural y a la democracia aumenta y disminuye al mismo tiempo, y que actualmente ambos están en peligro (Mounk, 2018).

Hay buenas razones para pensar así: los líderes populistas electos han sido los principales artífices del declive, y dichos líderes suelen ganar las elecciones centrando la ira popular en los inmigrantes, las minorías religiosas u otros grupos vulnerables. En el poder, populistas electos como el primer ministro de la India, Narendra Modi, y el presidente de Filipinas,
Rodrigo Duterte, han estimulado o incluso dirigido campañas de discriminación o algo peor contra esos grupos (musulmanes en la India, consumidores o traficantes de drogas de poca monta en Filipinas).

Aunque los académicos han señalado que el pluralismo y la democracia pueden entrar en conflicto, existe un consenso general en que el pluralismo, cuando es fuerte, intrínsecamente “ayuda a mantener a raya la tentación populista”. En Indonesia, esta observación parecía ser cierta en 2014. Sin embargo, cinco años después, las cosas han cambiado. Los pluralistas frenaron a un populista respaldado por los islamistas, pero aprobaron medidas casi autocráticas para lograrlo.

Esta combinación se asemeja a lo sucedido en el Egipto post-Mubarak, donde muchos pluralistas religiosos apoyaron al principio la democratización, pero más tarde, tras las victorias electorales de los islamistas, dieron la bienvenida al regreso de los militares al poder mediante el golpe de Estado de julio de 2013.

Después de 2014: El clivaje democrático se desvanece

Las elecciones presidenciales de 2014 y 2019 contaron con los mismos dos candidatos, pero los contextos en los que se celebraron las respectiva votaciones fueron muy diferentes. El año anterior, nosotros y muchos otros observadores de la política indonesia pensamos que estaba en juego la supervivencia de la democracia del país. Había una sensación generalizada, incluso entre los partidarios de Jokowi, de que había que elegir entre mantener el rumbo democrático o desviarse hacia una regresión autoritaria.

Las razones de esta apreciación son claras. Los candidatos tenían antecedentes personales muy diferentes y presentaban visiones políticas muy contrastadas. Prabowo había ocupado un alto rango militar durante los últimos años del longevo régimen autoritario de Suharto (1966-98). Antiguo yerno de Suharto, Prabowo había sido un ejecutor de mano dura con un historial de violación de los derechos humanos: en 1998, el ejército lo había destituido por su implicación en la desaparición de activistas democráticos.

Durante la campaña de 2014, Prabowo dijo que aceptaba la democracia. Sin embargo, sus
soluciones preferidas para los problemas de Indonesia eran autoritarias. Prometió, por ejemplo, restaurar la Constitución original de 1945 con su dominio ejecutivo sin control.

Jokowi, por el contrario, fue un producto de la era democrática posterior a 1998. No fue políticamente activo bajo el autoritarismo, pero alcanzó la fama gracias al nuevo sistema de elección directa de los líderes de los gobiernos locales. En 2005 ganó la alcaldía de Solo, en la provincia de Java Central. Siete años después, fue elegido gobernador de Yakarta (la capital de Indonesia es también una provincia). En ambos lugares, el estilo práctico de
Jokowi, su facilidad de trato con los votantes y sus logros en materia de desarrollo le hicieron muy popular.

Sin dudas, no era un sofisticado defensor de las ideas democráticas, y su coalición política (como la de Prabowo) contenía antiguos generales y otros asociados al régimen de Suharto. Pero su biografía política sugería que era la alternativa democrática a Prabowo.
En 2014, muchos activistas por la democracia y votantes consideraron que este clivaje de la democracia era el tema dominante de las elecciones.

Muchos antiguos líderes estudiantiles y de ONG se hicieron campaña por Jokowi para frenar a Prabowo. También un porcentaje significativo de los votantes de Jokowi le apoyaron porque rechazaban el pasado y carácter autoritarios de Prabowo (Bata, 21 de mayo de 2014). Algunos académicos extranjeros veían con escepticismo las credenciales democráticas de Jokowi, pero esa opinión no era ampliamente compartida en Indonesia.

Las elecciones presidenciales de 2014 y 2019 contaron con los mismos candidatos, pero los contextos fueron muy diferentes

Un acontecimiento posterior a las elecciones pareció confirmar que la democracia había estado en juego: después de la victoria de Jokowi, pero antes de su toma de posesión, la coalición parlamentaria que apoyaba a Prabowo votó para revertir una reforma clave posterior a Suharto, eliminando las elecciones directas al gobierno local. Hizo falta un clamor público para que el presidente saliente anulara el cambio.

Sin embargo, poco después de que Jokowi llegara al poder, la relevancia del clivaje democrático comenzó a disminuir. El nuevo presidente se mostró menos interesado en nuevas reformas democráticas que en una agenda económica y de bienestar para la que quería una coalición de gobierno estable. Consignó a varios antiguos activistas a puestos secundarios, mientras daba puestos clave a oficiales militares retirados de la era Suharto.

Para apuntalar la coalición de Jokowi, su gobierno intervino en los asuntos internos de ciertos partidos aliados de Prabowo, sustituyendo a sus líderes por leales a Jokowi. Como resultado de estas y otras acciones (e inacciones) similares, los activistas y académicos de la democracia valoraron negativamente el primer año de Jokowi como presidente. La calidad de la democracia indonesia comenzaba a disminuir. Luego, un embrollo en 2016 y 2017 que implicaba la sustitución de Jokowi como gobernador de Yakarta aceleró el declive.

Cuando Jokowi se convirtió en presidente, la gobernación pasó a su suplente, Basuki Tjahaja Purnama (conocido popularmente como Ahok). Ahok, miembro de la pequeña
minoría étnica china de Indonesia y cristiano, es un político con un estilo famosamente abrasivo. Aunque muchos yakartanos aprecian sus esfuerzos por combatir la burocracia y la corrupción, muchos islamistas –y musulmanes conservadores en general– se oponen a la idea de que un político de etnia china y no musulmán gobierne la capital del país.

A finales de 2016, los intentos de destituir a Ahok se cristalizaron en un movimiento de masas. Mientras hacía campaña para la reelección, Ahok dijo ante un público en septiembre que no debían “dejarse engañar” por personas que utilizaban un determinado versículo del Corán para decir que votar a un infiel estaba prohibido para los musulmanes. Una serie de predicadores, académicos y activistas musulmanes lanzaron un movimiento para exigir que
Ahok fuera detenido y acusado de blasfemia.

Una de sus concentraciones, celebrada en Yakarta el 2 de diciembre de 2016, se convirtió en la mayor manifestación masiva de la historia de Indonesia. El movimiento –conocido
como “212” por la fecha de esa gigantesca reunión– se convirtió en un punto de encuentro tanto para las organizaciones islámicas convencionales como para las más radicales, incluidos los matones callejeros organizados como Grupo de Defensores Islámicos (FPI). El apoyo de la elite de los oponentes políticos de Jokowi, incluido Prabowo, no tardó en llegar también.

poco después de que Jokowi llegara al poder, la relevancia del clivaje democrático comenzó a disminuir

Las fuerzas del 212 ganaron la batalla. Jokowi, viendo que el movimiento podía perjudicar su propia posición, fue en contra del consejo de la policía y aprobó el procesamiento de Ahok. Ahok fue declarado culpable de blasfemia y encarcelado, poco después de perder la gobernación en una elección marcada por una fuerte polarización religiosa.

 

Nota: El artículo fue publicado originalmente por la Revista Asia / América Latina. La reproducción del mismo se realiza con la debida autorización. Link al artículo original:http://www.asiaamericalatina.org/wp-content/uploads/2022/05/12.5-Aspinall-Mietzner-1.pdf

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