En el año que conmemora los 60 años de las relaciones diplomáticas entre Corea del Sur y Argentina, ReporteAsia presenta una serie de entrevistas a algunos protagonistas de la comunidad. Hoy: Paola Chang.
“장영은 [1], ese es mi nombre en coreano”
Miro anonadada la pantalla del celular. El mensaje que acababa de llegar provenía de Paola Chang, de quien me acababa de despedir hacía tan solo media hora.
“No aparece en ningún lado. Es la primera vez en mi vida que lo digo en público”.
Me invadió una sensación de euforia. Habíamos mencionado fugazmente el tema durante nuestra charla, pero esta celeridad proactiva me emocionó. Me estaba regalando una primicia. Y es que, después de haber conversado conmigo durante un largo rato, aquel dato no era algo menor. Tenía una raíz, un por qué. Contenía una infinidad de procesos de búsqueda y autoreflexión que derivaron eventualmente en la gastronomía, la profesión que ejerce desde su local Lab Sucré, inaugurado hace seis años en el límite entre Caballito y Flores.
Son las 11 y el local abre puntual sus puertas como lo hace de martes a domingos. Allí me espera Paola con un matcha latte[2] y una carrot cake. No es mi caso, pero entiendo que otras personas a la caza de lo coreano en la ciudad de Buenos Aires puedan verse algo contrariadas con el menú. “Nací en La Matanza”, remata en un momento de su presentación, sumando quizás a la confusión no intencional. “Mi madre llegó a la Argentina en 1976 con 16 años».

«En su familia empezaron con changuitas. Estaban en la zona de Baek-ku,[3] donde todos se concentraban. Primero vivieron en una villa y trabajaron para diferentes textiles hasta que tuvieron la oportunidad de poder abrirse un local y crecer. Luego se conocieron con mi papá, que vivía en Ramos Mejía, y por la tradición de seguir a la familia del hombre, mi mamá se mudó para allá. Abrieron un local en Once y cuando yo tenía más o menos seis años nos mudamos para la zona de Av. Avellaneda»
«Así que yo crecí dentro de las cajas de telas, porque tenían que trabajar y no había una persona que nos pudiese cuidar a mí y a mi hermano todo el tiempo”. La historia de Paola se construye entonces, al menos en sus inicios, como la de cientos de otras familias que dedicadas al rubro textil fueron extendiendo los límites del viejo Baek-ku hacia el norte y conformando el “Nuevo Barrio Coreano”, donde la Av. Avellaneda actúa como arteria.

Sin embargo, con el orgullo que se desliza de su voz, no duda en afirmar que junto con su hermano barista son “la primera generación de gastronómicos de la familia”. Y es que, en muchos núcleos coreanos todavía hoy, el destino de los jóvenes suele debatirse entre la continuidad del negocio familiar o la elección de carreras consideradas prestigiosas, como la medicina o la abogacía.
La infancia de Paola transcurrió en los ’90 y fue allí donde sucedieron los primeros choques culturales de los que fue consciente. “En la primaria empecé a sentir ese bullying. Estaba eso de que cualquier oriental era chino y se le hacía burla. En la secundaria también lo padecí súper fuerte. Y en la facultad también pasó que los mismos profesores hacían algún comentario muy desubicado. Pero en ese momento, si yo saltaba a defenderme era lo mismo que ponerme un 2 como nota”.
La escucho atenta e imagino una pequeña Paola en un patio de colegio rodeada de compañeros a la que, en vez de acercarse con curiosidad de niño ávido, señalaban. Traslado esa misma imagen a la facultad, y la sensación es aún peor. Se suma la burla de una figura de autoridad, que tradicionalmente en Corea cumple un rol central por influencia confuciana. Me quedo pensando en que estas historias de discriminación a las comunidades asiáticas me resultaban tristemente familiares. “A medida que pasa el tiempo te vas acostumbrando y no le das mucha bolilla, pero cuando sos chiquito lo sufrís, te marca”, sentencia.
«en muchos núcleos coreanos todavía hoy, el destino de los jóvenes suele debatirse entre la continuidad del negocio familiar o la elección de carreras consideradas prestigiosas, como la medicina o la abogacía»
Fue justamente durante la época de universidad cuando Paola comenzó a cuestionar, desafiar y buscar su identidad. “Terminando la secundaria es el momento en que te preguntás quién sos, qué sos, qué querés ser… y me fui a Corea por tres meses. Para conocer la cultura, para dispersarme un poco antes de la facultad” – se graduó de la Licenciatura en Administración de Empresas-, “para practicar el idioma, porque lo manejaba poco. Y ahí es cuando me encontré con el primer choque.
«Yo me decía ‘soy argentina’, mis papás me decían ‘sos coreana’, y cuando llegué al aeropuerto en Corea, me sentí sapo de otro pozo, otra vez”. La revelación aconteció en su último año de cursada. Tenía un montón de materias optativas. Me metí en Literatura Inglesa Post-colonial porque al haber estudiado inglés toda la vida pensé que iba a ser fácil de aprobar. Empezamos a hablar de la colonización del blanco en África, cómo eso generó un mix de culturas y cómo el blanco adoptó la cultura del nativo y viceversa».
«Ahí me hizo un click, sentí que estaban hablando de mí. Me tocó hacer un trabajo práctico, y decidí hacerlo conmigo. No hay nada más que identifique la hibridez que mi propia experiencia. Ahí fue cuando me di cuenta de que no soy ni aquello, ni lo otro, soy “esto”: una tercera cultura que nace a partir de la mezcla de otras dos”.

Ese descubrimiento terminó influenciando las siguientes elecciones de vida. Los inicios profesionales de Paola, de hecho y como anticipamos, nada tuvieron que ver con la gastronomía. “Me casé y empezamos a importar cámaras de seguridad, pero nos dimos cuenta de que el tema de las importaciones se iba a complicar cada vez más, y empezamos a fijarnos en otras cosas. Yo jamás había tocado una cocina”, confiesa. “Era fanática del dulce y me ponía a mirar y probar recetas de postres mirando la tele o internet»
«Me empecé a preguntar por qué tenemos que hacer las cosas de una manera o de otra para obtener el mismo resultado. Por ejemplo, ¿por qué las cookies se hacen así, y tenés otra receta distinta, y son cookies igual? ¿Por qué este cupcake lleva manteca, este otro aceite, y son cupcakes igual? Y ahí empecé la carrera en el Mariano Moreno”»
Curiosamente (o no), esta forma de ver la gastronomía empezaba a parecerse mucho a sus propios cuestionamientos de identidad. Un nuevo viaje a Corea podría ayudar a dispersar esas dudas, así que allá fue, nuevamente, esta vez para incursionar laboralmente en su nuevo rubro. “Trabajé dentro de una fábrica que distribuía a diferentes cafeterías. Allá en Seúl tenés, en cada cuadra, hasta cinco cafeterías. Ahí aprendí un montón y noté que me estaba ‘orientalizando’ mucho en la parte de pastelería.

«Si bien la pastelería coreana tiene su base europea, la coreanizan. Por eso me fui a hacer un máster de pastelería a Francia, donde también aprendí mucho, pero choqué de nuevo, era muy europeo. Durante un tiempo fui haciendo o una cosa o la otra. Estaba conforme, pero no me sentía yo”.
Este camino que recorre inevitablemente me remite a la dualidad que ya se palpita en el círculo central de la propia bandera surcoreana o hasta en la situación actual de la península, un territorio dividido en dos, pero que fue uno durante mucho tiempo.
Hay algo coreano de convivir con dualidades.
«Si bien la pastelería coreana tiene su base europea, la coreanizan»
Mientras se me cruza este concepto, la charla continúa y confirma lo que venía pensando anteriormente: “Los primeros meses de apertura del local me encontré con esa búsqueda de identidad en la pastelería. Hasta que empecé a hacer pastelería como a mí se me ocurría, dejando de pensar en lo que caracteriza a una pastelería o la otra. Y terminó saliendo esto” (“esto”, la misma palabra con la que describió aquella epifanía identitaria en sus años universitarios).

Con orgullo, comenta que fueron pioneros en difundir el matcha a nivel pastelería en un local comercial. Según cuenta, el matcha ya venía ganando adeptos entre la gente que tendía hacia los alimentos saludables, y como este ingrediente se usa mucho en la pastelería oriental, ella sintió la obligación de incorporarlo. “También hay dulce de leche, variedad de frutas, pero es todo más liviano por la forma en que trabajo. Ahí la gente se empezó a animar mucho más, se empezó a dar cuenta que es todo mucho menos dulce, menos pesado”.
Sin embargo, todavía se enfrenta diariamente a las dualidades, aunque ahora detrás del mostrador y con otra actitud tras años de introspección. “Cuando me preguntan, ‘¿pero vos qué tipo de pastelería hacés? ¿Pastelería coreana o japonesa?’, y la verdad es que ninguna de las dos. Lab Sucré hace pastelería de sabores y texturas de Europa y Asia, ‘fusión’ podría ser una forma de etiquetarlo. Pero el ingrediente no termina identificando el producto, sino que es un medio para comunicar. No es una fusión. Es… es ‘eso’. Soy yo”.
Lab Sucré se encuentra en Av. Avellaneda 1932, ciudad de Buenos Aires. Abre de martes a domingo de 11 a 19 hs.
[1] Jang Yeong-eun ó Chang Yŏngŭn, según el sistema de romanización del coreano que se utilice.
[2] Bebida a base de polvo de té verde y leche.
[3] Forma en que se denomina al Barrio Coreano de Buenos Aires, localizado en el barrio de Flores y en la subzona conocida como Bajo Flores.
Licenciada en Estudios Orientales (Universidad del Salvador). Especialista en Relaciones Públicas. Cuenta con una diplomatura superior en Educación, Imágenes y Medios (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Tiene una Maestría en Industrias Culturales, Política y Gestión (Universidad Nacional de Quilmes). Es profesora de la clase sobre Japón en la materia Procesos Interculturales, de la Maestría de Diversidad Cultural (Universidad Nacional de Tres de Febrero). Imparte cursos de capacitación sobre historia, cultura y protocolo de China, Corea y Japón (Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco).














