El camino del soft power surcoreano

El 15 de agosto pasado, la República de Corea celebró el 76° aniversario del Día de la Liberación. Esta es una de las fechas más importantes de su calendario anual, ya que recuerda el fin del dominio japonés en la península coreana, el cual había comenzado formalmente con la firma del Tratado de Anexión en 1910.

En su discurso, el presidente Moon Jae-in hizo referencia a una diversidad de temas que describen el camino recorrido por el país desde entonces: el enfoque en la educación, el crecimiento de su presencia militar, y una economía basada en la industrialización que se ha desarrollado al punto de superar los 30.000 dólares en PIB (cuando, en los años ‘60, apenas sobrepasaba los 100 dólares).

Al abordar la cultura, sin embargo, el presidente no escatimó en detalles: K-dramas, webtoons, animación, cine, videojuegos, y BTS, una agrupación juvenil de siete miembros que cantan y bailan y que ya es tanto parte del orgullo nacional surcoreano como el hanbok o Yi Sun Shin. De hecho, según mencionó el propio Moon, el sector de cultura traspasó en 2020 la barrera de los 10 mil millones de dólares en exportaciones por primera vez en su historia. Todos estos elementos conforman el universo del soft power surcoreano.

A estas alturas, hablar del éxito del K-pop (pop coreano) puede llegar a parecer algo redundante. Aunque todavía hay personas no familiarizadas con el término, lo cierto es que este género musical ha ido creciendo a pasos agigantados. Algo impensado hace años, hoy en día es posible encontrar en Occidente discografía y merchandising de BTS en locales musicales por fuera del circuito exclusivo de fans de nicho, o ver adolescentes por la calle con remeras alusivas.

el sector de cultura traspasó en 2020 la barrera de los 10 mil millones de dólares en exportaciones por primera vez en su historia

Su importancia, sin embargo, trasciende el aspecto meramente musical, y los datos lo confirman. En diciembre de 2018, el Hyundai Research Institute reportó que BTS generaba anualmente una cantidad equivalente a 3,54 mil millones de dólares como valor económico para el país. Pero para entender este fenómeno, repasemos brevemente la historia.

En los años ‘90, y tras décadas de gobiernos autoritarios, Corea del Sur experimentó una apertura democrática que, a su vez, permitió el ingreso de actores del sector privado a las industrias. Acompañando este proceso, se realizaron fuertes inversiones en infraestructura y telecomunicaciones, lo que al día de hoy se traduce en uno de los servicios de Internet más veloces del mundo.

soft power surcoreano
La agrupación de kpop BTS generó en 2018 una cantidad equivalente a 3,54 mil millones de dólares como valor económico para el país.

El cine y la televisión evolucionaron rápidamente (tanto en técnica como en contenidos) y desataron la primera Ola Coreana (hallyu) a finales de la década. Paralelamente, múltiples influencias musicales extranjeras ingresaron al país y comenzaron a gestar nuevos sonidos que empresarios del sector como Lee Soo-man reconocieron como un potencial negocio. Así, comenzó la estrategia de formación de agrupaciones musicales para exportación, que a grandes rasgos, replica la industrialización coreana de los años ‘70, pero ahora en el área de la cultura.

El K-pop, entonces, se convirtió pronto en la segunda Ola Coreana. El avance de la conectividad terminó por consolidar la interacción con los fans y la importancia de las redes sociales para la proyección internacional, aspecto que algunos académicos bautizaron como “Hallyu 2.0”.

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Otras industrias culturales mencionadas por Moon en su discurso también han ido encontrando espacios y creciendo a la par. Asimismo, interactúan y se potencian entre sí: los webtoons se adaptan a K-dramas, los K-dramas son musicalizados por artistas de K-pop, los artistas de K-pop son actores de cine y televisión. Y este es solo un ejemplo de circuito posible.

La irrupción del COVID-19 encontró a las industrias culturales surcoreanas ya insertas en un mundo que le era familiar antes de la pandemia: la virtualidad, que no fue en su caso una necesidad derivada de la urgencia sino una profundización metodológica de algo que ya se aplicaba con éxito.

Ahora resta seguir de cerca y analizar sus tácticas de adaptación a entornos rápidamente cambiantes, las que (al menos hasta el momento) parecen seguir dando frutos.

Acerca del autor

Licenciada en Estudios Orientales (Universidad del Salvador). Especialista en Relaciones Públicas. Cuenta con una diplomatura superior en Educación, Imágenes y Medios (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Tiene una Maestría en Industrias Culturales, Política y Gestión (Universidad Nacional de Quilmes). Es profesora de la clase sobre Japón en la materia Procesos Interculturales, de la Maestría de Diversidad Cultural (Universidad Nacional de Tres de Febrero). Imparte cursos de capacitación sobre historia, cultura y protocolo de China, Corea y Japón (Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco).