Myanmar y el eterno experimento de las sanciones políticas

Myanmar

El Sudeste Asiático es una región que ha atravesado variados cambios de régimen en sus cortas siete décadas de existencia independiente. Estos cambios muchas veces han sucedido de manera violenta y Myanmar no escapa a esta lógica: ha sido testigo de golpes y autogolpes de Estado, regímenes pseudocomunistas, y procesos de democratización por igual. Es, en suma, un país que experimenta constantemente con sus regímenes, aunque, a fin de cuentas, el poder real siempre se puede rastrear hasta las Fuerzas Armadas.

Una pregunta recurrente que surge sobre este contexto tiene que ver con los mecanismos económicos del país para atravesar los aprietos políticos y continuar creciendo. La respuesta fácil recurre a la tradición autoaislacionista de los gobiernos militares, que han moldeado la estructura productiva para que sea tan independiente del resto del mundo como sea posible.

No obstante, en la era de la globalización, la respuesta tradicional amerita ser complejizada un poco más: Myanmar ya no es más un «reino ermita», sino una economía insertada en la ASEAN, con intercambios comerciales fluidos con sus vecinos, en particular, con China y Tailandia.

Sin embargo, todo el optimismo que se proyectaba sobre el crecimiento meteórico del país —que llegó a decuplicar su PBI per cápita en los últimos veinte años— se vino abajo el 1 de febrero de este año, cuando los rumores de un nuevo golpe de Estado por parte de las Fuerzas Armadas se concretaron el día que debían asumir las autoridades electas del segundo gobierno de Aung San Suu Kyi.

La alternancia política duró poco, y también lo hicieron los pronósticos sobre la economía birmana.

El Banco Mundial, que en octubre del 2020 había pronosticado un crecimiento de 5,9% del PBI para este año, recortó su pronóstico por casi 17 puntos porcentuales, hasta una contracción del 10%, debido al caos social que produjo el golpe. No obstante, el caos no es el único culpable detrás de la contracción pronosticada.

La última vez que el PBI birmano cayó fue en 1991, y la última vez que lo hizo con tanta fuerza fue en 1988, cuando se desplomó un 11,4% debido a las protestas conocidas como el «Levantamiento 8888».

El desconcierto social de ese año contribuyó a la caída de la actividad, pero el análisis diacrónico de los años siguientes arroja luz sobre otro factor que tiene una influencia clave en las dinámicas económicas del país.

Según datos del propio Banco Mundial, el año que Myanmar más creció a lo largo de su historia fue 2003, y aunque se deben tomar los datos informados por la Junta militar con su grano de sal, ese año se alcanzó la sorprendente marca de 13,8% interanual. Aún más sorprendente resulta el hecho de que ese año, la Junta volvía a arrestar a Suu Kyi y el régimen parecía más sólido que nunca. Sin embargo, en julio algo cambió: Estados Unidos aprobó su primer paquete de sanciones en contra de las Fuerzas Armadas birmanas, en la llamada Burma Freedom and Democracy Act.

Para septiembre de ese año, la Junta militar anunció una «hoja de ruta de ruta para una democracia disciplinada», lo que abrió el camino de hecho para el proceso de democratización, que conduciría en 2016 a la asunción del primer gobierno electo en comicios libres de la historia del país.

Pero junto con la apertura del camino democrático también se abrió un camino hacia la desaceleración económica, que aún no encuentra piso, y que solo fue temporalmente revertida con la salida de la Junta del poder en 2011 y luego, con la asunción del gobierno de Suu Kyi.

Ello sucedió a pesar de que después de este último evento, tanto los Estados Unidos como la Unión Europea levantaron todas las sanciones que pesaban sobre el país y sobre las Fuerzas Armadas. Por ello, surgen al menos dos interrogantes frent00e a esta situación: ¿acaso fue la democratización lo que originó la desaceleración económica?, ¿o es que existen otras variables que pueden explicar la caída sostenida de la tasa de crecimiento del país?

Nuevamente, las respuestas a estas preguntas escapan a un único análisis, pero se puede esbozar una respuesta a partir del cruce de las tres variables en cuestión: la tasa de crecimiento, las sanciones internacionales y la democratización. Si la primera tuvo variaciones exponencialmente positivas en los años noventa, durante la ausencia de las otras dos, la correlación es clara: las sanciones, y el proceso de democratización que —posiblemente— estas desencadenaron, causaron una desaceleración crónica de la economía, que hoy ya ha borrado todo el incremento que tuvo durante el gobierno de Suu Kyi.

En este respecto, las nuevas rondas de sanciones internacionales «inteligentes» que han implementado varios países occidentales luego del golpe de febrero, y que han apuntado exclusivamente contra la cúpula militar y sus corporaciones, probablemente terminen haciendo más mal que bien, en la medida en que estas corporaciones componen casi un cuarto de la economía birmana, y en tanto los principales inversores en el país (Singapur, Japón y China) se niegan a participar de mecanismos punitorios contra la Junta.

Sumado a ello, el panorama a futuro de Myanmar no posee prospectivas positivas por parte de casi nadie, y su suerte hoy encuentra en manos de negociaciones en el plano internacional, llevadas adelante por la ASEAN, y supervisadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Los viejos enconos políticos entre militares y militantes prodemocracia han destrozado en la práctica la economía birmana, que hoy sufre un éxodo de empresas y un colapso casi generalizado de, entre otros, el sistema bancario. Más allá de las posturas a favor y en contra de la democracia en el país, ya a casi veinte años de la apertura del proceso de democratización, se puede constatar que la economía se mantiene en una debacle que ha sido común a períodos con sanciones vigentes y sin ellas, a gobiernos militares y democráticos, y a flujos positivos y negativos de inversiones extranjeras.

Por todo esto, Myanmar se ha convertido en la prueba infame de lo que le sucede a la economía de un país cuando la política, tanto interna como externa, conduce experimentos sobre la forma de gobierno de manera continuada en el tiempo.

Acerca del autor

Politólogo y maestrando en Ciencias Sociales. Docente investigador de la Carrera de Ciencia Política y del Grupo de Estudios sobre Asia y América Latina (GESAAL) y de la Universidad de Buenos Aires. Secretario de redacción de la Revista Asia/AméricaLatina