China y el «imperialismo bueno»

China Imperialismo
Imagen: Wikimedia Commons

Con el ascenso de Xi Jinping al poder en China en 2012, se sucedieron purgas internas que diluyeron el poder de los líderes tradicionales, Jiang Zemin y Hu Jintao, e implantaron el «pensamiento de Xi Jinping» como ideología oficial del Partido y, por extensión, del Estado y la nación china.

El fundamento de este «pensamiento» es el nacionalismo en su concepción más clásica, es decir, la política actual de China ya no está guiada principalmente por el compromiso ideológico con el comunismo, por los valores tradicionales confucianos, ni por la apertura económica, sino por el objetivo de reestablecer al país como una potencia de alcance global, reverberando tiempos inmemoriales de la China que gobierna sobre «todo bajo el cielo».

Estas ambiciones de tinte imperialista le han dado una impronta asertiva a la política exterior del país, al reemplazar las posturas moderadas y dialoguistas de los líderes que sucedieron a Mao Zedong por un discurso rígido, combativo y agitador que busca, por un lado, entusiasmar a los chinos con volver a ser la potencia que gobierna el mundo de manera inconsulta y, por el otro, infundir temor en el resto de los países, que miran cada vez con más precauciones el accionar del gigante asiático. En el contexto de esta gran estrategia, el Gobierno chino ha diseñado una serie de mecanismos para proyectar su poder fuera de sus fronteras, que van desde acciones benévolas tendientes a la cooptación hasta amenazas militares lisas y llanas.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta o la nueva tierra prometida

En este contexto de política asertiva expansionista, las acciones de China no se limitan a su vecindad inmediata, sino que su modus operandi se replica alrededor del mundo, inclusive en sus antípodas, América Latina. Tradicionalmente considerada como «el patio trasero» de Estados Unidos, los países latinoamericanos poseen una significación especial para China, así como también la tenían para con la Unión Soviética y su sucesora, Rusia.

Es que poseer aliados en la región implica una doble ganancia: por un lado, se hace pie en una región ajena, y por otro se gana un activo con el cual se puede influenciar al resto circundante y chantajear a Estados Unidos.

Sin embargo, los proyectos de la Iniciativa no vienen solos: su comercio en muchos casos genera balanzas deficitarias que drena de divisas a las ya frágiles economías mal administradas de la región; las inversiones directas generan oficinas regionales que responden a sus dueños chinos que, por más obligación que gusto, deben reportar ulteriormente sus actividades al Partido y, en casos extremos, otorgarle espacio para llevar actividades de vigilancia;

La política actual de China ya no está guiada principalmente por el compromiso ideológico con el comunismo sino por el objetivo de reestablecer al país como una potencia de alcance global

Las inversiones en infraestructura, que generan trampas de deuda alrededor del mundo, poseen efectos aún más nefastos en América Latina, toda vez que gran parte de las  contrataciones las hacen gobiernos con poco interés por el bienestar de las comunidades locales y el medioambiente; asimismo,  la cooperación financiera ha sumido a países como Venezuela en una dependencia monetaria tan fuerte que ha llevado a que el país deba pagar en especie las deudas contraídas a tasas usurarias con los bancos chinos, mientras que los swaps de moneda solo han servido para distraer las miradas, toda vez que no se comente que su uso efectivo es de casi imposible cumplimiento, dadas las regulaciones impuestas por el Banco Popular de China.

A esto se suma que la propia realidad económica china le ha hecho replegarse sobre sí misma, buscando potenciar su mercado interno y las inversiones en recursos estratégicos en su propio territorio o en el de sus aliados incondicionales. A partir de ello, se ha construido el relato del modelo económico chino como un sistema a imitar, perdiendo de vista que el milagro asiático del crecimiento económico acelerado y sostenido no es una invención del régimen chino, sino de las democracias asiáticas que generaron las condiciones de competitividad para consolidar mercados internos robustos.

Ello se evidencia tempranamente en Japón, en los tradicionales Tigres Asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán), y también en los nuevos Tigres Asiáticos: Filipinas, Indonesia, Malasia, Tailandia y Vietnam, de los cuales solo este último posee un régimen similar al chino.

Extractivismo y extraterritorialidad

La política del «sálvese quien pueda» que adopta China ante la adversidad no son hechos aislados, ni mucho menos espontáneos. Prueba de ello son las tácticas de erosión de soberanía que lleva a cabo de manera constante, en particular en América Latina. Por mencionar algunos ejemplos, el proyecto del canal de Nicaragua, la explotación minera en Venezuela y petrolera en Ecuador y otros países, la Estación de Espacio Lejano en la Patagonia, la base logística polar planificada en Tierra del Fuego, o la pesca irrestricta en las zonas económicas exclusivas de los países de la región, son todas pruebas de una lógica que trasciende lo coyuntural y se enmarca dentro de un plan sistemático de erosión soberana sobre países percibidos como demasiado débiles para poder o querer hacer frente a los avances chinos.

Así, los emprendimientos en actividades beneficiosas para el desarrollo de los países latinoamericanos, como las industrias hidrocarburífera, minera y piscícola, o la investigación astronómica y polar, se degeneran en excusas para lograr condiciones de explotación excepcionalmente flexibles y ambientalmente dañinas, y para conseguir atribuciones inconstitucionales de acceso exclusivo sobre partes de territorio latinoamericano.

Ello se da muchas veces bajo el patrocinio de las oligarquías económicas locales, más preocupadas en mejorar sus ganancias que en la defensa de la democracia y la soberanía de los países de la región.

Construyendo resiliencias autoritarias culturalmente subvencionadas

Frente a este escenario cada vez más complejo en las interrelaciones políticas y económicas de países periféricos como los latinoamericanos, por un lado, y potencias como China, por otro, es necesario resistir las presiones de establecer análisis simplistas que se limiten a describir las proporciones de correspondencia entre cooperación económica e influencia política. Como se ha mencionado anteriormente, China no mantiene una posición hegemónica en términos económicos en América Latina, y mucho menos existen correlaciones directas entre balanzas comerciales, inversiones, préstamos y regímenes políticos.

se ha construido el relato del modelo económico chino como un sistema a imitar

La región presenta claros ejemplos de democracias plenas como Chile, Uruguay y Costa Rica que mantienen fortísimas relaciones económicas con China, mientras que regímenes autoritarios como Venezuela o Cuba hasta hace pocos años comerciaban primordialmente con los Estados Unidos, y Nicaragua solo estableció relaciones formales con China hace unos pocos meses.

En este sentido, conscientes de que mayores afluencias de capitales no son suficientes para trastornar el ideario ético-político de las sociedades occidentales de los países en desarrollo, la estrategia cultural en América Latina ha sido mucho más efectiva. Así, de mínima, el Estado-partido ha logrado establecer un discurso alternativo al democrático, amparándose en el relativismo cultural para justificar las atrocidades del régimen, y arguyendo que mientras lo que se busque es el «bien común», cualquier acción contra las libertades individuales se encuentra justificada. Esto abre la puerta para la implantación de un segundo discurso: «si en China funciona, en tu país también».

¿Una potencia alternativa?

A partir de este análisis, debe recordarse la advertencia de que no existe algo así como una potencia benévola, sino que existen potencias en sí y, por lo tanto, Estados con un excedente de recursos que se dedican a la expansión de su influencia. China no escapa de esta lógica, y en la era de la informatización hace uso del recurso más valioso: la difusión de discursos biensonantes.

Ello se evidencia a través de la propaganda de agencias de comunicación estatales como Xinhua y CGNTV, que se dedican expresamente a criticar el liberalismo en América Latina, resaltan las «bondades» de la retórica oficial china, y a la vez que reproducen los discursos de los gobiernos autoritarios de la región, bajo el falso disfraz de neutralidad.

A partir de esto, se puede observar que China se autopercibe una potencia que viene solo a beneficiar a los países de región, pero con ello no logra ocultar sus verdaderos deseos de establecer su hegemonía sobre ellos. Con este fin, busca crear el mejor escenario para un régimen autoritario en expansión: poseer interlocutores que también sean autoritarios, y compartan el desdén por las libertades individuales que tanto le incomodan en su propio país.

Ante el peligro que esta estrategia suscita, solo una defensa coordinada de los diferentes actores de las democracias latinoamericanas puede salvarlas de caer en la trampa que ha tendido el Estado-partido comunista chino para consolidar su poder en la región.

El presente artículo está basado en el paper (DOI: 10.33177/GAPAC_ChinaLatam_3) publicado en «China y Latinoamérica, influencia autoritaria y resiliencia democrática»

Acerca del autor

Politólogo y maestrando en Ciencias Sociales. Docente investigador de la Carrera de Ciencia Política y del Grupo de Estudios sobre Asia y América Latina (GESAAL) y de la Universidad de Buenos Aires. Secretario de redacción de la Revista Asia/AméricaLatina