Los pequeños inversores sacuden el capitalismo en Japón

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Durante décadas, las empresas japonesas cotizadas consideraron a los inversores minoristas como una base accionaria tranquila, leal y predecible: compraban acciones, cobraban beneficios en especie y rara vez cuestionaban las decisiones de la dirección. Ese modelo está cambiando. Una encuesta reciente de Nomura Securities revela que el 72% de los inversores individuales ejerció sus derechos de voto en las asambleas de accionistas durante 2025, un incremento de aproximadamente 20 puntos porcentuales respecto a dos décadas atrás. El dato marca un punto de inflexión en la cultura corporativa del país y pone en tensión una estrategia empresarial que apostó por el accionista minorista como ancla de estabilidad.

El contexto es relevante. En los últimos años, las grandes empresas japonesas han acelerado el desmantelamiento de las llamadas participaciones cruzadas, una práctica histórica por la que compañías vinculadas comercialmente se sostenían mutuamente como accionistas, creando un entramado de protección mutua que blindaba a los directorios de presiones externas. Al deshacerse de esas estructuras, las firmas buscaron reemplazar esa estabilidad con una base más amplia de pequeños inversores. El número acumulado de accionistas individuales alcanzó un récord de 84 millones a fines de marzo de 2025, según la Asociación Japonesa de Operadores de Valores.

Pero la apuesta tiene un lado imprevisto: cuantos más pequeños inversores ingresan al mercado, mayor es la probabilidad de que una parte de ellos decida votar, cuestionar y, eventualmente, alinearse con activistas que exigen cambios en la conducción de las compañías.

El accionista silencioso ya no existe

La figura del inversor minorista japonés pasivo tiene raíces históricas y culturales. Muchos individuos mantienen sus acciones durante años motivados por los llamados yutai, beneficios en especie que las empresas ofrecen a sus accionistas: descuentos en productos, entradas a eventos, vales de consumo. La llegada en 2024 de la nueva versión de la cuenta de ahorro individual con exención fiscal, conocida como NISA, potenció además el interés de la población general por la inversión en bolsa, ampliando el universo de pequeños tenedores de acciones.

Sin embargo, ese perfil de accionista pasivo está siendo reemplazado, al menos parcialmente, por uno más activo. Una encuesta de Link Saussure, empresa especializada en soporte a relaciones con inversores, reveló que más del 50% de los inversores individuales respaldó propuestas de accionistas activistas en las asambleas celebradas durante 2024, citando como motivos principales el «menosprecio por los retornos a los accionistas» y la «desconfianza en el gobierno corporativo».

Un caso concreto ilustra la magnitud del cambio. Una propuesta de la firma Bold Investment para reformar la dirección de Ekitan, proveedor de información de horarios ferroviarios, obtuvo cerca del 80% de apoyo en una asamblea anual celebrada en junio pasado. El respaldo masivo fue posible porque los accionistas individuales representan aproximadamente el 60% del capital de la empresa y decidieron votar a favor del cambio.

El dilema de la retención

El problema para las empresas no termina en el activismo. Aun cuando logran mejorar sus resultados financieros, retener a los inversores minoristas resulta difícil. Un análisis de Nikkei muestra que la proporción de accionistas individuales tiende a caer una vez que las compañías mejoran su retorno sobre el patrimonio neto. Cuando el precio de una acción sube, los pequeños inversores suelen venderla para financiar nuevas inversiones, comportamiento que persiste desde el largo declive bursátil que siguió al estallido de la burbuja económica de principios de los años noventa.

«Sin los recursos financieros de los inversores institucionales, los individuos tienden a vender las acciones que se han apreciado para financiar inversiones posteriores», explicó Risa Imanishi, consultora de Mitsubishi UFJ Trust and Banking.

El fenómeno revela una tensión estructural: las empresas que más crecen en número de accionistas individuales exhiben, en promedio, mejoras más lentas en sus indicadores de rentabilidad y crecimiento de ventas. Así lo señala un estudio liderado por Hiroyuki Ishikawa, profesor de la Universidad Metropolitana de Osaka. La conclusión es incómoda: cuando los directorios perciben a los minoristas como accionistas cautivos, la disciplina de gestión tiende a aflojarse. Los gerentes, según Ishikawa, priorizan programas de fidelización y beneficios en especie para proteger su posición, en lugar de enfocarse en estrategias de crecimiento real.

Dividendo y diálogo como respuesta

Frente a este escenario, algunas empresas ensayan un modelo diferente: transformar al accionista en algo parecido a un seguidor comprometido con el proyecto de la compañía. La cadena de retail Aeon, donde los inversores individuales representan alrededor del 30% del capital, organiza reuniones anuales en las que ejecutivos de primer nivel intercambian opiniones directamente con accionistas. «Sentí que la empresa podía seguir creciendo, así que no venderé mis acciones en el corto plazo», dijo un participante de treinta y tantos años tras uno de esos encuentros.

«Cultivar ‘fans’ entre los accionistas depende de cuánto considera una empresa los beneficios tanto de sus clientes como de sus accionistas en su enfoque de gestión», afirmó Tsukasa Ojima, asesor de Aeon.

La operadora de supermercados Blue Zones Holdings, anteriormente conocida como Yaoko, realizó en abril su primera división de acciones en aproximadamente diez años, con el objetivo explícito de ampliar su base minorista. «Buscamos construir una base accionaria más estable atrayendo a un mayor número de inversores individuales», dijo su presidente, Sumito Kawano.

Yuki Seto, investigador del Instituto Daiwa de Investigación en Tokio, enmarca la tendencia en un proceso más amplio: «Detrás de esta tendencia están los esfuerzos de las empresas por construir una base accionaria estable tras reducir sus lazos de participación cruzada.»

Un reequilibrio en curso

Lo que está ocurriendo en el mercado de capitales japonés es, en el fondo, un reequilibrio del poder en las salas de directorio. Las empresas que durante años cultivaron accionistas individuales como masa silenciosa y estable descubren ahora que ese mismo universo puede volverse un canal de presión efectivo si se alinea con fondos activistas o simplemente decide ejercer sus derechos.

El dato de Nomura —72% de participación en votaciones— no es sólo una estadística. Es el termómetro de una transformación cultural que, en un país donde el consenso corporativo ha sido históricamente la norma, adquiere una dimensión particular. Japón lleva años intentando modernizar su gobierno corporativo bajo la presión de reformas impulsadas desde la Bolsa de Tokio y el gobierno. El accionista minorista, antes comparsa, empieza a ser protagonista.

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Colaboradora en ReporteAsia.