Millones de agricultores en la India escrutan el cielo cada comienzo de junio en busca de señales del monzón. Este año, la espera se transformó en preocupación: las lluvias de la temporada 2026 acumulan un déficit del 43 por ciento respecto del promedio, tras el quinto junio más seco desde que existen registros, en 1901. El Departamento Meteorológico de la India (IMD) anticipa que julio —el mes que concentra el grueso de las precipitaciones y en el que la mayoría de los productores siembra sus cultivos de verano— también quedará por debajo del 94 por ciento del promedio histórico.
El monzón aporta cerca del 70 por ciento de las lluvias anuales del país y resulta vital para recargar las fuentes de agua en un territorio donde casi la mitad de la superficie agrícola carece de riego y alrededor de la mitad de la población vive del campo. Si bien El Niño podría explicar la irregularidad de este año, una amenaza mayor y de más largo plazo se gesta a 15.000 kilómetros de distancia, en el Atlántico Norte.
Una cinta transportadora planetaria en riesgo
La Circulación Meridional de Retorno del Atlántico (AMOC, por su sigla en inglés) es una pieza central del sistema de corrientes oceánicas del planeta. Funciona como una gigantesca cinta transportadora que lleva agua cálida, sal y nutrientes desde los trópicos hacia Europa y el Ártico, y devuelve agua fría y profunda hacia el sur. Esa agua fría, al ingresar en los océanos Índico y Pacífico, incide de manera directa sobre los patrones climáticos de Asia-Pacífico.
La AMOC contribuye a mantener condiciones relativamente templadas en el Atlántico Norte y participa del equilibrio térmico global que determina la distribución de lluvias en los trópicos, explicó Himadri Saini, investigadora en variabilidad climática tropical de la Universidad de Melbourne.
La comunidad científica coincide en que la corriente ya se desaceleró, pero nuevas investigaciones sugieren que un colapso es más probable de lo que se pensaba. Un análisis liderado por Valentin Portmann, del centro de investigación Inria de Burdeos, determinó que la AMOC podría desacelerarse entre un 42 y un 58 por ciento hacia 2100, un escenario que derivaría en un colapso casi seguro.
La paleoclimatóloga Laurie Menviel, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, graficó la magnitud del riesgo con una analogía contundente: nadie subiría a un avión con una probabilidad de caída de una en diez, y en el caso de la AMOC las chances de debilitamiento son muy superiores. Según sus estimaciones, existe un 90 por ciento de probabilidad de que la corriente se debilite al menos un 30 por ciento hacia fin de siglo, una reducción cuyo impacto ya sería masivo.
Efectos en cadena sobre Asia-Pacífico
Si la AMOC pierde fuerza, se transfiere menos calor hacia el norte: el hemisferio sur tiende a calentarse mientras el norte se enfría. Un colapso o una desaceleración significativa tendría consecuencias globales: Europa sufriría un enfriamiento drástico, el nivel del mar subiría en la costa este de Estados Unidos y la Amazonia podría experimentar una inversión completa de sus estaciones.
Asia-Pacífico no quedaría al margen. Entre las reacciones en cadena identificadas por los especialistas figuran el desplazamiento hacia el sur de las principales franjas de lluvia tropical, la disrupción de los sistemas monzónicos —en particular los monzones de verano de la India y de Asia oriental, muy sensibles a los desequilibrios energéticos entre hemisferios—, cambios en los vientos del oeste de latitudes medias del hemisferio sur que afectarían las lluvias en el sur de Australia y Nueva Zelanda, y un calentamiento oceánico en torno a Australasia y la Antártida que aceleraría la pérdida de hielo marino y de las capas de hielo.
El corazón del problema: la franja de lluvias ecuatorial
El vínculo crucial con la región es la Zona de Convergencia Intertropical (ZCIT), el cinturón de precipitaciones ecuatorial que se desplaza constantemente hacia el hemisferio más cálido. Como la AMOC influye sobre el balance térmico entre hemisferios, determina de manera indirecta dónde se ubica la ZCIT y, por lo tanto, cómo se distribuyen las lluvias tropicales en Asia y el Pacífico.
Maya Ben Yami, investigadora en elementos de inflexión climática del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, advirtió que un debilitamiento sustancial de la AMOC —probable bajo escenarios de alto calentamiento futuro— desplazaría la ZCIT hacia el sur y, en la práctica, le quitaría las lluvias a las actuales regiones monzónicas. En el caso del monzón de Asia oriental, los efectos son más complejos, pero las simulaciones también muestran un secado, con una reducción cercana al 4 por ciento en la precipitación mensual promedio ante un colapso de la corriente.
En el sudeste asiático, particularmente sobre Sumatra, Borneo, Indonesia y el norte de Papúa Nueva Guinea, también se proyecta una reducción de las lluvias. Al tratarse de una región ubicada junto a la franja ecuatorial de precipitaciones, incluso desplazamientos pequeños de su posición pueden traducirse en un secado perceptible, señaló Saini.
Las lecciones del pasado profundo
Los investigadores recurren a indicadores paleoclimáticos —anillos de árboles, arrecifes de coral, testigos de hielo y capas de sedimentos— para identificar momentos en que la AMOC cambió drásticamente. El equipo de Ben Yami cruzó esos datos con simulaciones de modelos climáticos en los que se impone un colapso de la corriente sobre condiciones preindustriales.
Los resultados para el monzón indio son elocuentes: una caída promedio del 19 por ciento en la lluvia mensual, con un secado más intenso durante la estación húmeda. La estación seca podría alargarse hasta un mes en el interior del subcontinente, mientras que la húmeda se acortaría al menos un mes en casi todas partes.
El último episodio de desaceleración de la AMOC ocurrió hace 8.200 años, provocado por el derretimiento de la capa de hielo Laurentino que cubría Canadá. Duró alrededor de un siglo y, aunque la corriente probablemente no colapsó por completo, se debilitó antes de recuperar fuerza.
Un monzón que ya está cambiando
A medida que el planeta se calienta, se espera que la AMOC siga declinando durante el siglo XXI. La incógnita es si el debilitamiento será gradual o si se aproximará a un punto de inflexión. El oceanógrafo Ed Doddridge, de la Universidad de Tasmania, señaló que los grandes modelos climáticos sugieren una desaceleración suave hacia fin de siglo, aunque algunos proyectan un colapso total hacia 2050, un horizonte que no puede descartarse.
El monzón indio, mientras tanto, ya muestra alteraciones. El climatólogo Roxy Mathew Koll, del Instituto Indio de Meteorología Tropical, describió un sistema más débil en su distribución estacional pero más violento en sus ráfagas: la lluvia media estacional declinó sobre el centro y el norte de la India y en zonas de los Ghats occidentales, al tiempo que aumentaron los eventos de precipitación extrema.
Koll aclaró que la AMOC probablemente no explica lo ocurrido hasta ahora. El principal motor ha sido el calentamiento acelerado del océano Índico, que debilitó el contraste térmico entre tierra y mar que impulsa la circulación monzónica. La influencia de la corriente atlántica, precisó, resulta más relevante al analizar los riesgos futuros de un debilitamiento mayor o un colapso.
Abhik Santra, investigador de la Universidad de Monash, agregó un matiz regional: una desaceleración de la AMOC podría reducir las lluvias sobre el norte de la India, pero incrementarlas sobre el este de la bahía de Bengala y el sudeste asiático, específicamente en Camboya, Laos, Myanmar, Tailandia y Vietnam.

El costo económico de un clima errático
El impacto económico de una alteración del monzón sería considerable. En la India, una variación del 1 por ciento en las lluvias monzónicas puede modificar el PBI agrícola en torno al 0,34 por ciento. Los años de monzón débil elevan los precios de los alimentos, reducen los ingresos rurales y agravan la pobreza.
Dhrubajyoti Samanta, investigador del Observatorio de la Tierra de Singapur en la Universidad Tecnológica de Nanyang, subrayó que el monzón es la línea vital de la agricultura en buena parte de Asia, por lo que incluso cambios pequeños repercuten en todo el sistema alimentario. Un monzón más débil, tardío o errático deja a los productores con menos agua confiable y una planificación más difícil: los cultivos dependen del timing, las lluvias tardías o las sequías prolongadas dañan el crecimiento, y las ráfagas intensas provocan inundaciones y erosión del suelo. Esa imprevisibilidad, remarcó, suele importar más que el volumen total de lluvia.
¿Se puede frenar la desaceleración?
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) proyecta que la AMOC declinará a lo largo del siglo XXI a medida que el mundo se calienta. Su debilitamiento responde principalmente al calentamiento global y al mayor aporte de agua dulce por el derretimiento de la capa de hielo de Groenlandia.
Para Koll, la vía para reducir el riesgo pasa por recortes rápidos de emisiones a escala global, combinados con adaptación: mejores pronósticos, alertas tempranas, agricultura resiliente al clima y una gestión hídrica más robusta. Ben Yami coincidió en que mantener la AMOC fuerte exige contener el calentamiento al mínimo posible, con una mitigación climática decidida y un abandono acelerado de los combustibles fósiles.
Cada fracción de grado cuenta, advirtió, porque se sospecha que la corriente tiene un punto de inflexión: si el calentamiento no se mantiene en niveles suficientemente bajos, el mundo podría enfrentar un debilitamiento sustancial y prácticamente irreversible.
Colaboradora en ReporteAsia.














