Más allá de la advertencia sobre Taiwán, la cumbre de Pekín del 14 de mayo produjo señales concretas en tres frentes que el mundo tenía bajo observación: el conflicto en Medio Oriente, el comercio bilateral y el acceso de las empresas estadounidenses al mercado chino. En todos ellos hubo avances parciales, lenguaje positivo y muy pocos detalles. Es el equilibrio típico de una cumbre que ambas partes necesitaban que fuera exitosa y que ninguna quería convertir en un compromiso demasiado específico.
Ormuz: el primer consenso explícito
El único acuerdo registrado públicamente de manera inequívoca fue sobre el Estrecho de Ormuz: Trump y Xi acordaron que la vía marítima debe estar abierta para el libre flujo de energía. Xi expresó además interés en comprar más petróleo estadounidense para reducir la dependencia china del estrecho en el futuro, según informó la Casa Blanca.
El secretario de Estado Marco Rubio, quien participó de los encuentros, fue directo en Fox News sobre el pedido de Washington: «Esperamos convencerlos de que jueguen un rol más activo para que Irán se aleje de lo que están haciendo ahora en el Golfo Pérsico.» Trump, en cambio, había bajado las expectativas antes de aterrizar, diciendo que no creía que Estados Unidos necesitara ayuda de China con Irán. La distancia entre las dos formulaciones —Rubio pidiendo activamente la presión china sobre Teherán, Trump minimizando esa necesidad— refleja la tensión interna de una posición negociadora que requiere a Beijing sin querer admitirlo públicamente.
El ministerio de Comercio chino aprovechó el contexto para recordar su peso en la cadena de suministro global: «China es un proveedor clave de la infraestructura global de IA», dijo un vocero, señalando que el país es «tanto un gran comprador como un gran vendedor» de chips. En los primeros cuatro meses del año, las exportaciones chinas de semiconductores crecieron un 83,7% interanual en valor.
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Comercio: tregua extendida, detalles pendientes
Xi calificó de «equilibrado y positivo» el resultado de las conversaciones comerciales que los representantes de ambos países tuvieron el miércoles en Corea del Sur, encabezadas por el secretario del Tesoro Scott Bessent y el viceprimer ministro He Lifeng. China expresó su voluntad de «expandir la lista de oportunidades de cooperación y reducir la lista de problemas», la fórmula con la que Beijing describe el proceso de distensión arancelaria iniciado en la cumbre de Busan en octubre de 2025.
Xi y Trump acordaron orientar la relación hacia una «estabilidad estratégica constructiva» durante los próximos tres años, lo que en términos prácticos sugiere la voluntad de ambas partes de evitar nuevas escaladas mientras negocian los aspectos más difíciles de su rivalidad estructural.
Los observadores esperan que en los días siguientes se anuncien compras chinas de productos agrícolas estadounidenses, aviones de Boeing y energía, mientras que Washington podría moderar las amenazas de aranceles adicionales. El senador republicano Steve Daines, que viajó a China con una delegación bipartidaria días antes de la cumbre, lo resumió con precisión: «Boeing, beef and beans» —aviones, carne y soja— como los tres grandes acuerdos que se esperan.
Boeing y los 600 aviones
El CEO de Boeing, Kelly Ortberg, viajó con la delegación con una expectativa concreta que los medios chinos y occidentales venían anticipando: China estaría evaluando la compra de hasta 600 aviones, el doble de los 300 que acordó adquirir durante la visita de Trump de 2017, valuados entonces en 37.000 millones de dólares a precios de catálogo. La operación, de concretarse, sería la más grande en la historia de la aviación comercial china con un fabricante estadounidense.
El contexto, sin embargo, complica la narrativa. En los últimos dos meses, China Southern Airlines y China Eastern Airlines firmaron contratos con Airbus por 238 aviones y 37.200 millones de dólares combinados, aprovechando las tensiones comerciales sino-estadounidenses para diversificar proveedores. Las aerolíneas chinas también enfrentan presión creciente del sistema de trenes de alta velocidad —que ofrece precios más bajos en rutas domésticas— y el alza en los costos de combustible derivada del conflicto en Medio Oriente. Desde el sábado siguiente a la cumbre, los recargos por combustible en vuelos domésticos chinos subirían hasta 50 yuanes por trayecto.
Los CEOs en la sala de negociaciones
A mitad de la reunión bilateral, un grupo de CEOs estadounidenses —incluyendo a Elon Musk, Tim Cook y Jensen Huang— ingresó a la sala de negociaciones. Xi los recibió con un mensaje directo: las puertas de China «solo se abrirán más». La Casa Blanca confirmó que los líderes discutieron la expansión del acceso al mercado chino para los negocios estadounidenses y el aumento de la inversión china en industrias norteamericanas.
Por la tarde, el premier Li Qiang recibió por separado a los ejecutivos en el Gran Palacio del Pueblo, en un encuentro que también incluyó al CEO de BlackRock, Larry Fink, y a la presidenta de Meta, Dina Powell McCormick. «Veo muchas caras conocidas y viejos amigos», dijo Li. «China y Estados Unidos pueden y deben seguir siendo amigos y socios.»
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La presencia de Jensen Huang en la reunión bilateral alimentó la especulación sobre si Washington podría flexibilizar las restricciones de exportación de chips de IA hacia China. El ministerio de Comercio chino no desaprovechó el momento para posicionar su argumento: China es un actor central en la cadena global de semiconductores, y cualquier acuerdo en ese frente requiere reconocer ese peso.
El yuan y la apuesta de largo plazo de Beijing
Mientras los líderes se fotografiaban en el Templo del Cielo, los mercados de divisas enviaban una señal que ningún comunicado puede ignorar. El yuan cotizaba alrededor de 6,79 por dólar el miércoles, su nivel más alto en más de tres años. Rohit Arora, jefe de estrategia de divisas y tasas para Asia en UBS, lo interpretó como una señal deliberada: China avanza en la internacionalización de su moneda, reduciendo la dependencia del dólar en el comercio global, especialmente en el sector energético. «Si y cuando las tensiones en Medio Oriente se resuelvan y el dólar vuelva a caer, esperaría que esa conversión se acelere», dijo.
Banquete, Templo del Cielo y una invitación para septiembre
La jornada tuvo su coda diplomática en el banquete de Estado del Gran Palacio del Pueblo. Xi dijo que «la gran rejuvenecimiento de la nación china y el hacer grande a América nuevamente pueden ir de la mano». Trump respondió con la frase más concreta de la velada: invitó formalmente a Xi y su esposa a visitar la Casa Blanca el 24 de septiembre, y prometió «un futuro de mayor prosperidad, cooperación, felicidad y paz para nuestros hijos».
La invitación para septiembre convierte la cumbre de Pekín en el primer capítulo de un proceso diplomático que tendrá su siguiente episodio en Washington. Entre el 14 de mayo y el 24 de septiembre, los equipos de ambos países tendrán que convertir el lenguaje positivo del banquete en acuerdos concretos sobre aranceles, chips, aviones y energía. La distancia entre esos dos momentos es donde se decidirá si la cumbre de Pekín fue el inicio de una estabilización genuina o una pausa bien fotografiada en una rivalidad que no tiene solución de corto plazo.
El People’s Daily lo capturó con la precisión que solo puede lograr un medio que habla en nombre del poder: «Las relaciones China-Estados Unidos no pueden volver al pasado, pero pueden tener un mejor futuro.» La frase describe exactamente lo que ambas partes saben: que la rivalidad es estructural, que el desacoplamiento total no le conviene a ninguno, y que el espacio entre esos dos límites es donde ocurre la diplomacia.
Colaborador en ReporteAsia














