Privación de sueño y karoshi: el debate que reabrió Sanae Takaichi al admitir que duerme de cero a tres horas

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La primera ministra japonesa convirtió su falta de descanso en bandera política y reavivó el debate más incómodo del país: el del karoshi, la muerte por exceso de trabajo. La ciencia, mientras tanto, tiene un veredicto bastante menos heroico.

El lunes pasado fue el Día del Mar en Japón, un feriado nacional en el que buena parte del país aprovecha para escaparle al calor del verano en la playa. Sanae Takaichi, en cambio, pasó el fin de semana largo releyendo documentos de política pública y despachando un atraso de miles de correos electrónicos, según contó ella misma en redes sociales. Escribió que había logrado dormir «cinco horas completas por primera vez en mucho tiempo», una mejora respecto de las «cero a tres horas» a las que dijo estar acostumbrada, y que dedicó su escaso tiempo libre a planchar, coser faldas deshilachadas y reforzar botones flojos de sus sacos.

El posteo, pensado quizás como una postal de sacrificio y cercanía, encendió otra cosa: una nueva ronda del debate que Japón arrastra hace décadas sobre el trabajo sin límites. «Dormir de cero a tres horas por día se volvió mi norma desde que asumí el cargo», escribió la primera ministra en X, y la frase quedó flotando sobre un país que inventó una palabra —karoshi— para nombrar la muerte por exceso de trabajo.

La mujer que prometió trabajar, trabajar y trabajar

Nada de esto es nuevo en el personaje. Cuando fue electa presidenta del Partido Liberal Democrático en octubre de 2025, Takaichi anunció con orgullo: «Voy a abandonar la frase ‘equilibrio entre trabajo y vida’. Voy a trabajar, trabajar, trabajar, trabajar y seguir trabajando». También pidió a los miembros del partido que trabajaran «como caballos de tiro».

En noviembre, ante una comisión legislativa que le preguntaba justamente cómo pensaba reducir las jornadas laborales notoriamente largas de Japón, respondió: «Duermo unas dos horas ahora, cuatro como máximo. Siento que es malo para mi piel». Días antes había convocado a sus asesores a una reunión a las tres de la madrugada en Tokio, apenas seis horas antes de una audiencia de la comisión de presupuesto, en lo que la prensa japonesa bautizó como la «sesión de estudio de las 3 a.m.».

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La primera ministra japonesa convirtió su falta de descanso en bandera política y reavivó el debate más incómodo del país: el del karoshi, la muerte por exceso de trabajo

La reacción esta semana no se hizo esperar. Yuichiro Tamaki, líder del opositor Partido Democrático para el Pueblo, sostuvo que Takaichi «debería usar su tiempo valioso para las tareas que solo la primera ministra puede hacer». El vocero del gabinete, Minoru Kihara, salió a defenderla: aclaró que se trataba de «un posteo de una cuenta personal», que «esto es por el bien de la nación y del pueblo», y que «la primera ministra no niega la importancia del equilibrio entre trabajo y vida».

El problema de fondo es que el mensaje personal de la líder choca de frente con la política oficial. Mientras los trabajadores japoneses empujan por un mejor equilibrio vida/trabajo y Tokio impulsa la semana laboral de cuatro días, la primera ministra se mueve exactamente en la dirección contraria.

¿Se puede vivir con dos horas de sueño?

La respuesta corta de la ciencia del sueño es: casi nadie puede, y quienes creen que pueden, en general se equivocan.

Existe un grupo minúsculo de personas, los llamados «durmientes cortos naturales», que portan mutaciones genéticas raras —la más estudiada afecta al gen DEC2— y funcionan bien con cuatro a seis horas de sueño sin consecuencias aparentes. Se estima que representan menos del uno por ciento de la población. Pero incluso ellos están lejos del rango de cero a tres horas que describe Takaichi: eso no es sueño corto, es privación crónica de sueño.

Lo que la investigación acumulada muestra sobre dormir menos de cuatro horas de manera sostenida es contundente. En lo cognitivo, la privación de sueño degrada la atención sostenida, la memoria de trabajo, la velocidad de reacción y, sobre todo, el juicio: estudios clásicos demostraron que estar despierto entre 17 y 19 horas produce un rendimiento comparable al de una alcoholemia de 0,05 por ciento, el límite legal para conducir en muchos países. Lo más insidioso es que la persona privada de sueño pierde la capacidad de percibir su propio deterioro: se siente lúcida mientras rinde peor. La sensación subjetiva de estar «acostumbrado» a dormir poco es, en buena medida, una ilusión neurológica.

En lo fisiológico, el sueño profundo es el momento en que el cerebro activa su sistema glinfático, una suerte de lavado nocturno que elimina desechos metabólicos, incluida la proteína beta-amiloide asociada al Alzheimer. La restricción crónica de sueño se vincula con mayor riesgo cardiovascular, hipertensión, resistencia a la insulina, inmunidad debilitada y desregulación hormonal del apetito. La Organización Mundial de la Salud clasificó el trabajo nocturno por turnos como probable carcinógeno, en parte por la disrupción de los ritmos circadianos.

¿Y la efectividad? Ahí está la paradoja que ningún culto al esfuerzo resuelve: trabajar más horas despierto no equivale a producir más. La fatiga acumulada multiplica los errores, alarga las tareas y empobrece las decisiones. Para alguien cuyo trabajo consiste precisamente en decidir —una jefa de gobierno que negocia con Washington y Beijing—, el costo no es estético, es funcional.

De hecho, ya hubo señales de alarma. En marzo, un video en el que Takaichi aparecía con dificultades para mantenerse en pie antes de una cumbre con Donald Trump se volvió viral y alimentó la preocupación pública por su salud; su equipo confirmó que estaba resfriada y que había debido cancelar reuniones con embajadores de Medio Oriente.

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Mientras los trabajadores japoneses empujan por un mejor equilibrio vida/trabajo y Tokio impulsa la semana laboral de cuatro días, la primera ministra se mueve exactamente en la dirección contraria.

El espejo de Thatcher y el mito del líder que no duerme

Takaichi no inventó el género. Ella misma cita a Margaret Thatcher como su heroína política y ha declarado que su objetivo es «convertirse en la Dama de Hierro». Thatcher presumía de dormir cuatro horas; Napoleón y Edison cultivaron leyendas parecidas. El detalle que la mitología suele omitir es que Thatcher desarrolló demencia en sus últimos años, y aunque no puede establecerse una causalidad individual, la epidemiología moderna sí asocia la privación crónica de sueño con mayor riesgo de deterioro cognitivo.

El liderazgo insomne funciona como teatro político: comunica sacrificio, entrega total, disponibilidad absoluta. Li Hao, profesor asociado de la Universidad de Tokio, interpretó el posteo de Takaichi como un intento de «persuadir» al público de que está trabajando muchísimo, una suerte de apelación directa a la ciudadanía en un momento en que su popularidad siente el peso de la inflación y de un yen en mínimos de cuarenta años.

Karoshi: cuando el sacrificio se institucionaliza

El problema es el contexto. Japón no es un país cualquiera para hacer apología del insomnio productivo: es el país que legalizó la categoría de muerte por sobretrabajo. El karoshi —infartos, ACV y suicidios vinculados al exceso laboral— es una figura reconocida oficialmente, con familias que cobran compensaciones del Estado cuando logran demostrar que la jornada mató a su ser querido. La llamada «línea del karoshi» se ubica en torno a las 80 horas extra mensuales.

El caso que marcó un antes y un después fue el de Matsuri Takahashi, una joven empleada de la agencia de publicidad Dentsu que se quitó la vida en 2015 tras acumular más de cien horas extra por mes. Su muerte forzó las reformas de estilo de trabajo de la era Abe, que impusieron topes legales a las horas extraordinarias. La ironía histórica es notable: Takaichi, discípula política de Shinzo Abe, hoy discute la posibilidad de extender el límite máximo de horas extra para estimular el crecimiento económico, mientras el gobierno metropolitano de Tokio avanza con la semana laboral de cuatro días, cuyos experimentos muestran menos estrés, menos burnout, mejor descanso y mayor concentración durante las horas trabajadas.

Ahí está el nudo del debate japonés de 2026. Un país envejecido, con natalidad en caída y escasez de mano de obra, que necesita que su gente trabaje de forma sostenible durante más años, no que se queme antes. Una sociedad donde las nuevas generaciones rechazan abiertamente la cultura del sacrificio que sus padres naturalizaron. Y una primera ministra que, con cada posteo sobre sus noches sin dormir, les dice a millones de trabajadores —y a sus jefes— que el agotamiento sigue siendo una virtud.

Quizás Takaichi pertenezca a esa fracción ínfima de la humanidad que tolera el sueño mínimo. Pero gobernar es también dar el ejemplo, y el ejemplo que transmite desde la residencia oficial es el mismo que Japón lleva treinta años intentando desactivar. La pregunta que dejó abierta el Día del Mar no es si la primera ministra aguanta: es cuántos japoneses sentirán que también tienen que aguantar.

 

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Colaboradora en ReporteAsia.