Ucrania, Irán y el frente Israel-Hezbollah exponen una parálisis estratégica donde las potencias no logran imponerse, las urnas condicionan la guerra y China emerge como la gran beneficiaria del desgaste occidental.
La cartografía del conflicto contemporáneo ha dejado de responder a las viejas lógicas de la victoria militar rápida para adentrarse en una preocupante dimensión de desgaste perenne. Tres frentes globales interconectados —la guerra entre Ucrania y Rusia, la histórica pugna entre Estados Unidos e Irán, y la violenta frontera entre Israel y Hezbollah— ejemplifican hoy una parálisis estratégica donde las acciones militares no cesan y las estructuras internacionales tradicionales se resquebrajan sin capacidad de proponer soluciones efectivas. La temporalidad misma de estas crisis evidencia su arraigo; mientras el choque en el este de Europa ya ha traspasado la barrera de los cuatro años de desgaste continuo, las operaciones de Israel en su frente norte contra la milicia chií superan ya los tres años de hostilidades ininterrumpidas, sumándose al longevo antagonismo entre Washington y Teherán, una confrontación de baja intensidad estructural que inició bajo el signo de una retórica hostil extrema y amenazas de represalia masiva que marcaron un punto de no retorno en la geopolítica de Medio Oriente.
Más allá de sus diferencias geográficas, estos tres escenarios comparten características intrínsecas que desafían los axiomas de la polemología clásica, empezando por la posesión real o aparente del máximo factor de disuasión global: el armamento nuclear. Tanto Rusia como Estados Unidos, y de forma tácita pero indiscutible en los equilibrios regionales, Israel, respaldan sus posturas sobre arsenales atómicos, transformando cada teatro de operaciones en un tablero de altísimo riesgo operacional. No obstante, la paradoja central de nuestra era radica en la profunda asimetría de estas guerras, donde las potencias más colosales, poseedoras de una supremacía tecnológica y presupuestaria teóricamente aplastante, no han logrado doblegar ni derrotar definitivamente a sus respectivos oponentes. Ante la parálisis de los ejércitos convencionales, la respuesta al interrogante de quién prevalecerá en este siglo ya no se dirime en el tonelaje de los tanques ni en la superioridad de los cazas de quinta generación, sino en la capacidad de producción, despliegue masivo y saturación tecnológica a través de vehículos aéreos no tripulados; aquel bando que logre consolidar la mayor cantidad de drones y optimizar su integración táctica será el que consiga inclinar la balanza en campos de batalla hiperconectados y atomizados.

La conducción de estas hostilidades se encuentra íntimamente ligada a los vaivenes políticos de los sistemas domésticos, donde las elecciones legislativas operan como catalizadores de la estrategia exterior, aunque con intensidades radicalmente distintas. Esta influencia es particularmente dramática en el caso de Israel, cuyo sistema parlamentario fragmentado y de representación proporcional extrema genera una dependencia absoluta de coaliciones gubernamentales volátiles, donde los partidos minoritarios sostienen o derriban al primer ministro de turno, provocando que la supervivencia política del Ejecutivo esté directamente condicionada por la prolongación o el endurecimiento del conflicto.
En contraste, el régimen político de la Federación Rusa adolece de una rigidez institucional que impermeabiliza sus decisiones de defensa frente a las presiones electorales, garantizando una continuidad monolítica en sus objetivos de campaña. Por su parte, la administración estadounidense bajo el liderazgo de Donald Trump opera bajo una lógica estrictamente transaccional; el mandatario norteamericano busca desvincularse aceleradamente del conflicto ucraniano argumentando que la sangría de recursos en Europa oriental no afecta la percepción del electorado estadounidense ni inclina los resultados en sus propias urnas, priorizando un repliegue estratégico que le permita clausurar frentes lejanos cuanto antes.
Mientras Occidente se desgasta en debates presupuestarios, las dinámicas de los adversarios añaden capas de complejidad jurídica y territorial que consolidan el estancamiento. En el golfo Pérsico, Irán mantiene su pulseada internacional exigiendo la devolución inmediata de los once mil millones de dólares en fondos soberanos incautados por Washington, al tiempo que la Organización Internacional de Energía Atómica pierde progresivamente la capacidad de supervisar de forma efectiva el desarrollo nuclear de Teherán, debilitando los mecanismos globales de no proliferación.
Simultáneamente, el Líbano sufre las consecuencias físicas de esta parálisis, con una tercera parte de su territorio bajo ocupación efectiva o control operacional por parte de las fuerzas israelíes, lo que anula la soberanía del Estado libanés y cronifica la crisis humanitaria y de seguridad. Frente a este panorama de dispersión y desgaste de los recursos de las potencias occidentales, la República Popular China emerge como la gran beneficiaria de facto del orden internacional contemporáneo; al permanecer al margen de un involucramiento militar directo, Pekín capitaliza el debilitamiento estratégico de Estados Unidos y la erosión política y militar de Israel, consolidando su hegemonía económica global sin la necesidad de realizar disparos.

Sorprendentemente, los mercados financieros globales y los flujos de materias primas no han mostrado hasta el momento alteraciones significativas ni caídas catastróficas, asimilando la violencia como una variable constante de la economía del siglo veintiuno. Sin embargo, este equilibrio macroeconómico pende de un hilo ante la latente amenaza rusa de emplear armas nucleares tácticas en caso de percibir un riesgo existencial para la integridad del Estado, una advertencia que introduce un factor de incertidumbre absoluto debido a la falta de certezas sobre cómo respondería la Alianza Atlántica, dado que Ucrania no forma parte de la OTAN y los límites de la defensa colectiva jurídica del Artículo Quinto permanecen difusos para este caso.
En este escenario de fragmentación donde el sistema internacional clama por un nuevo vector de orden pero choca contra la obstinación de los actores, los intentos de alineamiento ideológico regional han demostrado su ineficacia; un claro ejemplo de ello fue la convocatoria del presidente argentino Javier Milei, quien instó formalmente a las naciones de América Latina a encolumnarse detrás del Estado de Israel en esta confrontación global, obteniendo como resultado un vacío diplomático absoluto y el rechazo táctico de la región, donde ningún país adhirió a la propuesta, confirmando que la multipolaridad y la cautela estratégica prevalecen sobre los impulsos ideológicos en un mundo que avanza a tientas hacia una configuración geopolítica tan incierta como peligrosa.
GB (R) PhD Oscar Armanelli
Ciencia Política UB
Defensa Nacional UNDEF
Profesor Universitario UA
Mg. Historia, Estrategia, Geopolítica, Ciencias Militares y Operaciones de Paz ACAGÜE Chile













