Los paradigmas culturales e históricos para la interpretación de la Segunda Guerra Mundial desde 1950 han estado dominados, principalmente, por perspectivas eurocéntricas. La periodización clásica 1939 – 1945 se impuso universalmente, pero refleja una visión parcial del conflicto. Las invasiones de Japón a Manchuria en 1931 y a China en 1937 forman parte de una política expansionista que en 1941 condujeron al ataque a Pearl Harbor, y con la beligerancia abierta de EEUU a la mundialización de las tres guerras regionales: Europa Atlántica y África del Norte; Rusia europea; Asia Oriental, que dan estructura a la Segunda Guerra Mundial.
Los planes expansionistas de Japón sobre el primer cinturón insular, las islas Kuriles, Bonin y Ryukyu son anteriores al Estado Meiji. No obstante fue esta Restauración del poder imperial y el proceso de modernización e industrialización quienes dieron fuerza agresiva regional al Imperio Japonés. El nuevo sistema de poder se organizó entorno a los feudos de Satsuma y Choshu, siendo sus samuráis los consejeros directos del Emperador. Desde este sistema se impulsó un plan de transformación económica sobre cinco sectores principales: industrias estratégicas, transportes, industria pesada, industria textil y colonización de espacios vacíos.
Este proceso condujo a la formación de grupos empresariales oriundos del sector sur del archipiélago japonés; los feudos de gran poder económico de los feudos de Honshu, Satsuma, Ihzen, y Tosa fueron la base de los zaibatsu: los conglomerados de empresa que funcionaron como motores de crecimiento y expansión geopolítica. En el contexto de la modernización, los samurái de Choshu organizaron al nuevo Ejército Imperial sobre el modelo del Ejército Francés; y los samurái de Satsuma reestructuraron la antigua flota de los shogunes en base a las doctrinas y organización de la Armada Real Británica. De esta combinación y de las transformaciones sociales y económicas de la industrialización surgió la fuerza agresiva y expansionista del Japón sobre el filo del siglo XX.
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Entre 1894 y 1918 Japón ocupó Taiwán, la Península de Liaotung en Manchuria, Corea y las Colonias Alemanas en el Pacífico. Hacia 1918 Japón había librado dos grandes guerras regionales victoriosas contra China y contra Rusia, y una guerra limitada contra Alemania en el contexto de la Primera Guerra Mundial en Asia Oriental y el Pacífico. En 1917 por un pedido de auxilio de Gran Bretaña y Francia una flota de tres divisiones de destructores japoneses irrumpió en el Mar Mediterráneo al mando del Almirante Sato, constituyendo la primera proyección militar de una potencia asiática en Europa en la era industrial.
Estos acontecimientos consolidaron la visión de la Primera Guerra Mundial como una guerra civil europea que implicaba un síntoma cultural y político del agotamiento de la expansión colonial sobre Asia Oriental y África, y la tesis de la “decadencia de Occidente” que había anticipado Oswald Spengler. Tal era la perspectiva de las elites nacionalistas asiáticas en China, India, Filipinas y el Sudeste Asiático, que en la lucha política contra los imperios coloniales, británico, francés, holandés, y el poder estadounidense, tenían como referencia hacia 1920 a los modelos del Japón industrial y moderno y a la Revolución Rusa.
En la década de 1920, Japón reimpulsó su proyecto expansionista. El punto de inflexión fue el Memorándum que en 1927 el Primer Ministro Giichi Tanaka elevó al Emperador. Su contenido proponía cuatro asuntos centrales: la conquista de Manchuria y Mongolia; la expectativa de guerra contra la URSS; la conquista de China y el Sudeste Asiático; y previo a esta la eliminación del poder naval y militar de los EEUU en el Pacífico y Filipinas.
Los paradigmas culturales e históricos para la interpretación de la Segunda Guerra Mundial desde 1950 han estado dominados, principalmente, por perspectivas eurocéntrica
En este escenario incidieron dos procesos de luchas sociales y políticas: la guerra civil en China, y los conflictos sociales derivados de la industrialización en Japón. Desde los gabinetes de Tokio y desde las sociedades secretas ultranacionalistas japonesas vinculadas al ejército y la marina de guerra, se tenía la certeza de que en ambos procesos operaba la estrategia soviética. Este diagnóstico, sumado a los efectos regionales de la crisis económica mundial, fue el disparador de la invasión japonesa a Manchuria en 1931 y posteriormente a Mongolia, y finalmente, en 1937 la invasión a China. En conjunto, esta agresión militar desató una guerra en gran escala en Asia Oriental: en perspectiva fue la Segunda Guerra Mundial antes de la Conferencia de Munich, del Pacto de no Agresión Ruso-Alemán y de la invasión a Polonia (por parte de Alemania y la URSS).
Cuando tras el ataque a Pearl Harbor, Japón declaró la guerra a EEUU, sus ejércitos llevaban cuatro años en un teatro de operaciones de estancamiento militar hostigados por los ejércitos chinos, del Kuomintang liderado por Chiang Kai- shek y del Partido Comunista conducido por Mao Zedong que hicieron frente común contra la agresión japonesa. En 1938 Japón fue derrotado en una guerra local en Mongolia por la URSS, resultante de la cual se firmó entre las partes un Tratado de no Agresión que se mantuvo hasta agosto de 1945. En este contexto Japón se lanzó a completar la conquista militar del Sudeste Asiático en pos de su proyecto económico de la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental: la dominación sobre economías coloniales productoras de materias primas.
En este frente continental más de 300 divisiones y brigadas chinas aferraron al grueso del ejército japonés entre 1937 y 1945, facilitando la economía de fuerzas de la estrategia operacional de los EEUU en la guerra naval y anfibia en el Pacífico Sudoccidental y Central.
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El costo en pérdidas humanas fue elevado en la Campaña del Pacífico, por parte de EEUU (111.000 muertos) y de Japón (3 millones de muertos). El ataque a Pearl Harbor, las batallas navales, Guadalcanal, las islas Salomón, Nueva Guinea, los atolones de las islas Marshall y Gilbert, Peleliu, Saipán, las Filipinas, Iwo Jima y Okinawa. El bombardeo estratégico contra las ciudades japonesas, el ataque aéreo incendiario sobre Tokio y las incursiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, dan registro de las estadísticas catastróficas. Pero en el balance de sangre los 20 millones de vidas humanas perdidas por China y el rol de su poder militar en la gran estrategia de la victoria aliada contra el Eje, imponen un ajuste de perspectiva sobre la magnitud de Asia Oriental en la Segunda Guerra Mundial.
La geopolítica de la transición del poder mundial en el siglo XXI, tiene en los procesos de cambio social y económico de medio término de los últimos 45 años en Asia-Pacífico sus vectores de impulso como centro dominante en tanto espacio de súper acumulación capitalista, y en la perspectiva de la Segunda Guerra Mundial una de sus fuerzas profundas.
Es Doctor en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador, Argentina), Master of Strategic Studies and Defense (China's National Defense University) y Master en Planeamiento Estratégico y Dirección por Objetivos del Instituto Internacional de Estudios Globales para el Desarrollo Humano (España). Asimismo, tiene un tercer Master of Strategic Studies (US National Defense University, Estados Unidos) y es Lic. en Estrategia y Organización del Instituto de Estudios Superiores del Ejército argentino. Asimismo, es miembro del Consejo Asesor Académico de la Facultad del Ejército, es profesor en el doctorado en Defensa de dicha entidad, profesor invitado en la Universidad de Cuyo y de la Universidad Católica de Córdoba, e integra el Consejo Asesor de la Fundación CIEPEI (Centro de Investigación en Estudios Políticos Económicos e Internacionales).
Magister en Ciencia Política por la Facultad de Derecho y Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.















