El gigante chino de los autos eléctricos, BYD, atraviesa un momento crítico en Brasil. Mientras acelera su inversión para consolidarse como líder del mercado, enfrenta crecientes cuestionamientos de otros fabricantes, sindicatos, autoridades laborales y expertos en derechos humanos. La combinación de una ofensiva comercial agresiva, demoras en la producción local y denuncias por malas condiciones laborales ha puesto a BYD en el centro del debate sobre el futuro de la industria automotriz brasileña.
En abril de 2025, un buque transportando más de 7.000 vehículos BYD zarpó desde China hacia el puerto de Itajaí, en Santa Catarina. Con la llegada prevista para antes de julio, la maniobra tiene un objetivo claro: adelantarse a la nueva alza arancelaria para vehículos eléctricos importados, que pasará del 18% actual al 25%, con un techo proyectado de 35% en 2026.
La Asociación Nacional de Fabricantes de Vehículos Automotores (ANFAVEA), que representa a marcas japonesas, estadounidenses y europeas con fábricas en Brasil, ha criticado duramente esta acumulación de inventario. Solicitan al gobierno que eleve inmediatamente los aranceles e incluso evalúa pedir una investigación antidumping contra los fabricantes chinos, entre ellos BYD.
BYD vendió en 2024 un total de 76.811 unidades en Brasil, cuatro veces más que en 2023, y en los primeros meses de 2025 ya alcanzó una participación del 4,2% del mercado, superando a Nissan y acercándose a Honda. Sin embargo, su plan de comenzar a producir localmente a finales de 2024 ha sufrido retrasos. La fábrica que construye en Camaçari, Bahía, con una inversión de 5.500 millones de reales, ahora estima iniciar operaciones completas recién en la segunda mitad de 2025.
El retraso se agravó tras una orden del Ministerio de Trabajo de suspender las obras, debido a denuncias de condiciones laborales «análogas a la esclavitud» para 163 trabajadores chinos. BYD debió rescindir el contrato con el subcontratista responsable y repatriar a los empleados afectados antes de retomar la construcción.
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En paralelo, BYD ha avanzado en la adquisición de derechos mineros en el Valle de Jequitinhonha, también conocido como el «valle del litio». Este paso fortalece su estrategia de integración vertical, asegurando materia prima para sus baterías. Sin embargo, diversos analistas han advertido sobre los riesgos de una dependencia excesiva de China en sectores estratégicos como la minería y la movilidad eléctrica.
La investigadora Margaret Myers, del think tank Inter-American Dialogue, señaló que sin condiciones claras de transferencia tecnológica y uso de mano de obra local, América Latina corre el riesgo de quedar atrapada en un modelo extractivista sin desarrollo propio. A su vez, ONG y expertos han alertado sobre antecedentes de empresas chinas en violaciones ambientales y laborales en la región.
Para contrarrestar estas críticas, BYD anunció la apertura de dos centros de investigación en Brasil: uno en Río de Janeiro y otro en Bahía. El objetivo es impulsar la innovación tecnológica y formar talentos locales, una estrategia que algunos analistas consideran positiva para la modernización industrial brasileña. Sin embargo, otros advierten que el verdadero impacto dependerá de cómo se definan las prioridades de investigación y qué nivel de participación tenga la industria local.
Las exportaciones masivas de autos chinos, sumadas al ingreso de BYD y Great Wall en el mercado brasileño, han revertido temporalmente el superávit comercial de Brasil con China. Esto ha generado nuevas tensiones en la relación bilateral. El vicepresidente Geraldo Alckmin afirmó en abril que el gobierno está estudiando «alternativas para equilibrar la competencia». Algunos sectores proponen un esquema similar al de México, que exige contenido local y transferencia de tecnología para acceder a beneficios fiscales.
Pese a las críticas, BYD ha sido un actor clave en la aceleración de la movilidad eléctrica en Brasil. En 2024, las ventas de vehículos eléctricos crecieron un 90% en el país, alcanzando 177.360 unidades. BYD ya lidera el mercado de vehículos totalmente eléctricos y posee tres fábricas en funcionamiento (buses, baterías y paneles solares), además de la planta en construcción en Bahía.
La compañía también ha creado miles de empleos directos e indirectos, y promueve una imagen de tecnología limpia y desarrollo sustentable. Su vicepresidente, Alexandre Baldy, declaró que BYD quiere «combinar robustez, tecnología y sostenibilidad» para transformar el transporte brasileño.
El caso de BYD en Brasil es un ejemplo del dilema que enfrentan muchos países emergentes: cómo aprovechar la inversión extranjera para el desarrollo sin comprometer su soberanía económica, social y ambiental. La expansión de BYD ha dinamizado el mercado, impulsado la electrificación y generado empleo. Pero también ha revelado fisuras en el sistema de regulación y ha encendido alertas sobre prácticas laborales y dependencia externa.
El futuro del sector dependerá de la capacidad del gobierno brasileño para establecer reglas claras, exigir cumplimiento estricto de las leyes laborales y ambientales, y garantizar que la innovación que llega desde fuera también construya capacidades dentro del país. En este tablero global de la movilidad eléctrica, el desarrollo local debe ser una condición, no una consecuencia.
Colaborador en ReporteAsia.













