El plan surcoreano de levantar un complejo de semiconductores cinco veces más demandante que la Fab 22 de TSMC en Kaohsiung, y en menos tiempo, despertó advertencias desde la isla que mejor conoce el negocio. Energía, agua y la reubicación de un aeropuerto militar en funcionamiento son los cuellos de botella que podrían frustrar la meta de producir en 2030.
Cuando los que fabrican los chips más avanzados del planeta te dicen que vas demasiado justo de tiempo, conviene escuchar. Eso es exactamente lo que está pasando entre Taiwán y Corea del Sur a raíz de la «Mega Fábrica del Suroeste», el ambicioso complejo de semiconductores de memoria de última generación que Seúl anunció a comienzos de junio para el predio del aeropuerto militar de Gwangju, con el objetivo de que algunas de sus fábricas empiecen a operar en 2030.
La reacción de los expertos taiwaneses fue tan elogiosa en la ambición como lapidaria en los plazos: el proyecto es mucho más grande que la Fab 22 que TSMC construye en Kaohsiung, pero el período de preparación es más corto. Su receta, casi una orden: la adquisición de terrenos, la infraestructura de energía y agua y los demás trabajos fundamentales deben acelerarse simultáneamente, empezando ahora mismo.
Cinco veces más grande, con menos tiempo
La comparación con Kaohsiung es el espejo incómodo del proyecto coreano. La Fab 22 taiwanesa ocupa 1,83 millones de metros cuadrados y albergará cinco fábricas con proceso de 2 nanómetros; su construcción arrancó en agosto de 2022 con un horizonte total de unos cinco años. El predio de Gwangju la triplica: 6,1 millones de metros cuadrados, con una demanda eléctrica máxima proyectada de 6,3 gigavatios y un consumo diario de agua de 650.000 toneladas, ambos aproximadamente cinco veces superiores a los del complejo taiwanés.
El problema es la aritmética del calendario. Un alto funcionario de la industria taiwanesa lo puso en números: para llegar a 2030, la reubicación de las instalaciones existentes, la preparación del terreno, los permisos y la infraestructura de energía y agua deberían completarse en apenas dos o tres años. La experiencia de la propia TSMC muestra lo exigente de ese estándar: la primera fábrica de Kaohsiung inició obras en agosto de 2022, se terminó en noviembre de 2024 y recién alcanzó la producción en masa de chips de 2 nanómetros en el último trimestre de 2025. Más de tres años de punta a punta, con pleno respaldo estatal, 40 años de experiencia en gestión de parques científicos, mano de obra calificada y un ecosistema de proveedores aceitado. Corea pretende algo más grande, en menos tiempo y partiendo de cero.
Los tres cuellos de botella: energía, agua y un aeropuerto en uso
El diagnóstico taiwanés identifica con precisión quirúrgica dónde se pierde el tiempo en estos proyectos. Primero, la electricidad: aunque la región de Honam abunda en generación renovable, especialmente solar, ese excedente no garantiza el suministro estable las 24 horas que exige una fábrica de semiconductores avanzada. Habrá que construir subestaciones dedicadas y múltiples líneas de transmisión capaces de alimentar al gigantesco complejo.
Segundo, el agua: los especialistas de la isla reclaman planes de suministro concretos y rápidos para las 650.000 toneladas diarias, un volumen que ninguna improvisación resuelve.

Tercero, y quizás el más espinoso, el terreno. La Fab 22 se levantó sobre una refinería estatal fuera de servicio; Gwangju, en cambio, es un aeropuerto militar en pleno funcionamiento. Eso implica reubicar la base, obtener el consentimiento de los residentes, demoler instalaciones, ajustar las zonas de protección militar y completar evaluaciones de impacto ambiental que, junto con la limpieza de suelos, suelen demandar entre uno y dos años por sí solas.
La lección de las pantallas LCD: cuando llegar tarde es no llegar
La advertencia más punzante llegó de Chen Liang-rong, columnista jefe de tecnología del semanario taiwanés Tianxia, quien recordó una herida propia para ilustrar el riesgo coreano. En 2008, Taiwán designó a las pantallas LCD como industria estratégica nacional y comenzó a construir un complejo especializado en Changhua. Pero en los dos o tres años que tomó asegurar el terreno y la infraestructura, las surcoreanas Samsung y LG expandieron su cuota de mercado, el negocio del LCD se deterioró y el proyecto colapsó antes de despegar.
La ironía histórica es deliciosa: Taiwán le advierte hoy a Corea del Sur sobre el mismo error que Corea del Sur le hizo pagar a Taiwán hace quince años. En las industrias de vanguardia, sentenció Chen, perder el momento óptimo puede volver inútiles todos los esfuerzos, incluso con Estado y empresas colaborando de urgencia. Y ni siquiera llegar a tiempo con la infraestructura garantiza el éxito: por eso, concluyó, la velocidad es fundamental.
Lo que se juega en Gwangju
Detrás del debate técnico hay una pulseada estratégica mayor. Corea del Sur busca descentralizar su industria de chips, hoy concentrada en el corredor de la capital, y convertir al suroeste en un segundo polo de memoria avanzada justo cuando la demanda de la inteligencia artificial redefine el mercado global. Taiwán, su rival y espejo, sabe mejor que nadie que estos proyectos se ganan o se pierden en los primeros tres años, cuando todavía no hay ninguna oblea en producción y todo se decide entre permisos, torres de transmisión y acueductos. Para el resto del mundo, incluida América Latina como proveedora de los minerales que alimentan esta industria, la carrera de Gwangju será un caso testigo de si la velocidad estatal puede seguirle el ritmo a la ley de Moore.
Colaborador en ReporteAsia.













