El presidente Lee Jae Myung eligió el 30 de abril —víspera del Día del Trabajo, primera vez que esa fecha se celebra como feriado nacional en Corea del Sur— para enviar una advertencia directa al principal sindicato de Samsung Electronics: las demandas excesivas de los trabajadores organizados pueden terminar perjudicando no solo a sus propios sindicatos sino al conjunto de la clase trabajadora. El mensaje, emitido durante una reunión con asesores de alto rango en la sede presidencial de Cheong Wa Dae, fue recibido con sorpresa en los círculos laborales progresistas que contribuyeron a llevar a Lee al poder tras el anuncio de huelga de parte de los trabajadores de Samsung.
«Si ciertas organizaciones laborales enfrentan el rechazo público por demandas excesivas, injustas o de carácter puramente corporativo, eso perjudicará no solo a los propios sindicatos sino también a otros trabajadores», dijo Lee, instando a un «sentido de solidaridad con los compañeros trabajadores». La advertencia llega en un momento en que el sindicato mayoritario de Samsung, el SELU, amenaza con una huelga de 18 días a partir del 21 de mayo para exigir la eliminación del tope en los bonos de desempeño y la distribución del 15% del beneficio operativo anual entre los empleados. Según estimaciones de analistas, las pérdidas de producción podrían alcanzar los 10 billones de won si la huelga se concreta como está planeada.
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Un presidente laborista que frena a los sindicatos
La declaración de Lee expone una tensión que su gobierno ha intentado gestionar con discreción desde que el conflicto en Samsung escaló en las últimas semanas. Lee Jae Myung llegó a la presidencia con el apoyo mayoritario del movimiento sindical organizado, de los partidos de centroizquierda y de una base electoral que históricamente ha identificado al Partido Democrático con la defensa de los derechos laborales. Que sea precisamente ese presidente quien tome distancia pública de una huelga sindical —y lo haga en los días previos al Día del Trabajo— es una señal política que sus propios aliados no pueden ignorar.
No es la primera vez que Lee se ve en esta posición incómoda. Durante su campaña y en los primeros meses de gobierno, el presidente impulsó reformas laborales orientadas a reducir la brecha entre trabajadores regulares y contratados, a expandir la cobertura de la seguridad social y a garantizar condiciones mínimas en los sectores más precarios. Pero el conflicto en Samsung no ocurre en esos sectores: ocurre en la empresa más poderosa del país, entre trabajadores que ya se ubican en el cuartil superior de ingresos de Corea del Sur y que ahora exigen bonos que, proyectados sobre las ganancias esperadas de 2026, equivaldrían a 45 billones de won —más que el presupuesto anual de investigación y desarrollo de la propia empresa.
Los números que hacen difícil la solidaridad
La cobertura del conflicto en los medios surcoreanos dejó en evidencia cuán difícil resulta construir solidaridad popular cuando los montos en disputa son de esa escala. Samsung registró un beneficio operativo de 57,2 billones de won en el primer trimestre de 2026, y ese mismo día Lee recibió el informe completo de los resultados anuales: una ganancia neta que se multiplicó más de cinco veces respecto al año anterior, de 8,22 billones de won a 47,22 billones. El superciclo de la memoria HBM —los chips de alta velocidad que alimentan los procesadores de inteligencia artificial de Nvidia y otros clientes de primer nivel— está generando ganancias que hace un año los propios analistas del sector subestimaban en sus proyecciones. En noviembre de 2025, cuando Samsung y SK Hynix comenzaban a consolidar su recuperación, los pronósticos más optimistas apuntaban a ganancias operativas combinadas de ambas empresas cercanas a los 200 billones de won para el conjunto del año. Esa proyección ya quedó corta.
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Pero la reacción de la opinión pública no acompañó al sindicato. La posibilidad de que trabajadores de SK Hynix reciban bonos individuales de 700 millones de won este año —equivalentes a unos 478.000 dólares por persona— generó en las redes sociales coreanas una ola de comentarios que oscilaron entre la incredulidad y la ironía, pero no la solidaridad. «Elegí mal la industria si gano menos que un trabajador de producción en SK Hynix» fue uno de los comentarios más retuiteados. En ese clima, la posición de Lee de distanciarse del sindicato tiene una lectura pragmática clara: el conflicto no le suma votos en ningún segmento electoral relevante y amenaza con dañar a la empresa que más exporta, más emplea y más impuestos paga en todo el país.
La trampa del «trabajador aristocrático»
La crítica implícita de Lee al sindicato de Samsung se conecta con un debate más profundo sobre la estructura del mercado laboral coreano que su propio partido nunca terminó de resolver. Corea del Sur tiene una de las brechas salariales más pronunciadas del mundo entre trabajadores de las grandes empresas —los llamados «chaebols»— y los empleados de las miles de subcontratistas y proveedores que orbitan alrededor de esos conglomerados. Un trabajador de Samsung Electronics gana en promedio entre tres y cuatro veces más que un empleado en la cadena de proveedores que hace posible su producción. Cuando el sindicato de Samsung exige una tajada del 15% de los beneficios operativos, los empleados de esa cadena de valor —que no participan en esas ganancias pero sí en la producción que las genera— quedan excluidos de cualquier reparto.
El ministro de Industria Kim Jung-kwan lo dijo sin eufemismos en una conferencia de prensa el mismo día: «Los logros de Samsung son resultado de la infraestructura, de numerosas empresas asociadas, de más de 4 millones de accionistas minoristas y del Fondo Nacional de Pensiones, que tiene el 7,8% del capital de la empresa. Necesitamos considerar si las ganancias generadas hoy deben ser compartidas solo entre los miembros de adentro de la compañía.» El ministro de Trabajo Kim Young-hoon fue en la misma dirección ante la televisión pública KBS: «Los logros de Samsung de hoy no fueron construidos solo por los trabajadores. Los trabajadores deben considerar también la economía nacional y los intereses de las empresas asociadas.»
El SELU respondió el martes con un comunicado en el que denunció que los medios estaban encuadrando «nuestra lucha como egoísmo individual» y cuestionó por qué las demandas legítimas de compensación debían ser tratadas como una «crisis económica nacional». La tensión entre esas dos narrativas —la del trabajador que reclama su parte de las ganancias que ayudó a generar y la del sindicato poderoso que bloquea el interés general— es la que Lee intentó administrar el jueves con sus declaraciones, sin tomar partido explícito pero dejando en claro dónde se ubica el gobierno.
Lo que está en juego más allá del bonus
La huelga planificada para el 21 de mayo no es solo un conflicto sobre distribución de ingresos. Es una prueba de qué tipo de capitalismo quiere ser Corea del Sur en el momento en que sus empresas de semiconductores se convirtieron en infraestructura global de la inteligencia artificial. Samsung controla alrededor del 40% de la producción mundial de DRAM y una porción comparable del mercado de NAND. Su complejo de Pyeongtaek, donde se concentraría el impacto de la huelga, es la mayor instalación de fabricación de semiconductores del mundo. Una interrupción del 50% de esa producción durante 18 días en el momento de mayor demanda de chips HBM en la historia afectaría cadenas de suministro que van desde los servidores de Amazon y Google hasta los centros de datos que alimentan los modelos de inteligencia artificial de Anthropic, OpenAI y DeepSeek.
Lee lo sabe. Por eso habló de «coexistencia y cooperación» en el contexto de «la transición de la inteligencia artificial». Por eso habló de «solidaridad con los compañeros trabajadores», en una alusión a los millones de coreanos que no trabajan en Samsung y que verán los precios de los productos electrónicos subir si la cadena de chips se interrumpe. Y por eso eligió el día previo al Día del Trabajo para decirlo: el mensaje era para el sindicato, pero el auditorio era el resto del país.












