Samsung Electronics enfrenta la mayor amenaza laboral de su historia reciente. El Sindicato de Trabajadores de Samsung Electronics (SELU, por su sigla en inglés) confirmó una huelga de 18 días, programada para comenzar el 21 de mayo y extenderse hasta el 7 de junio, a menos que la empresa elimine el tope en los bonos de desempeño y acepte distribuir el 15% del beneficio operativo anual entre los trabajadores. Según estimaciones del liderazgo sindical, la acción podría afectar alrededor de la mitad de la producción de semiconductores del complejo de Pyeongtaek, la mayor planta de chips del mundo, con pérdidas estimadas en 1 billón de won —unos 680 millones de dólares— por día de paro.
La escala del conflicto no tiene precedentes en Samsung. El SELU, que hasta septiembre pasado contaba con apenas 6.000 afiliados, se convirtió en el sindicato mayoritario de la empresa en pocas semanas, alcanzando los 74.000 miembros y obteniendo reconocimiento legal como representante oficial de los trabajadores el 17 de abril de 2026. De los 125.000 empleados de Samsung en Corea del Sur, 90.000 son elegibles para votar en el proceso que definirá si la huelga se concreta. El líder del SELU, Choi Seung-ho, fue directo: «La industria de los chips está en auge, pero esas ganancias no nos llegan. Por eso estamos peleando.»
SELU, el sindicato que nació sin apoyo y hoy pone en jaque la cadena global de chips de Samsung
El detonante: SK Hynix cambió las reglas del juego
El origen del conflicto tiene una fecha precisa: septiembre de 2025. Ese mes, el sindicato de SK Hynix —el principal rival de Samsung en memoria— y la dirección de la empresa acordaron eliminar el tope en los bonos de desempeño y destinar el 10% del beneficio operativo anual a esos pagos durante los próximos diez años. El impacto inmediato fue demoledor en términos comparativos: se estima que cada trabajador de SK Hynix podría recibir un bono de alrededor de 700 millones de won solo en 2026, equivalente a unos 478.000 dólares por persona.
El contraste con Samsung es brutal. Un empleado del Departamento de Soluciones de Dispositivos (DS Division) de Samsung —la unidad de chips— con un salario base de 76 millones de won recibiría 38 millones en bonos de desempeño por 2025, menos de un tercio de lo que recibiría un trabajador con el mismo salario en SK Hynix bajo el nuevo esquema. El SELU calcula que si el esquema actual de bonos de Samsung se mantiene, la brecha se ampliará aún más este año.
Esa disparidad disparó el éxodo de talento. En los últimos tres meses, más de 100 miembros del sindicato dejaron Samsung para incorporarse a SK Hynix. Un empleado de la DS Division que pidió no ser identificado dijo que varios colegas jóvenes forman grupos de estudio para preparar el proceso de selección de SK Hynix, atraídos por lo que perciben como un sistema de compensación más claro y generoso. El coqueteo de Tesla también inquieta a Samsung: en febrero, el CEO Elon Musk instó públicamente a los trabajadores de la industria de chips de Corea del Sur a postularse en la automotriz, que está haciendo una apuesta fuerte en chips de IA para vehículos autónomos y robots humanoides.
Los números que hacen difícil la negociación
Samsung Electronics registró un beneficio operativo de 57,2 billones de won en el primer trimestre de 2026 solo, convirtiéndose en la cuarta empresa más rentable del mundo en ese período. Los analistas proyectan que el beneficio operativo anual de 2026 podría superar los 300 billones de won, más del cuádruple del año anterior, impulsado por el superciclo de la memoria HBM —High Bandwidth Memory— necesaria para los procesadores de inteligencia artificial de Nvidia.
El contexto de esas ganancias extraordinarias no surgió de la nada. Ya en noviembre de 2025, cuando Samsung y SK Hynix comenzaban a consolidar su recuperación, las proyecciones del sector anticipaban que ambas empresas podrían generar ganancias operativas combinadas cercanas a los 200 billones de won —unos 150.000 millones de dólares— impulsadas por la demanda sin precedentes de chips HBM para inteligencia artificial y la recuperación sostenida de los precios de la memoria DRAM. Esa proyección, que en su momento parecía ambiciosa, quedó corta: solo en el primer trimestre de 2026, Samsung registró 57,2 billones de won de beneficio operativo. El superciclo que los analistas anticipaban un semestre atrás se materializó con una intensidad que nadie había calculado con exactitud, y fue precisamente esa brecha entre las proyecciones y la realidad lo que transformó un conflicto laboral previsible en una disputa de proporciones históricas.
Sobre esa base, la demanda del SELU de distribuir el 15% del beneficio operativo equivale a 45 billones de won, una suma que supera el gasto de investigación y desarrollo de Samsung en 2025 —37 billones de won— y es cuatro veces y media el monto que la empresa pagó por Harman International, la mayor adquisición de su historia. También es cuatro veces el total de dividendos abonados a los accionistas el año pasado.
Samsung respondió con lo que describió como una propuesta «sin precedentes»: un aumento salarial del 6,2% y bonos especiales para los empleados de la división de memoria equivalentes al 100% del salario base por cada 100 billones de won de beneficio operativo anual. La empresa argumentó que eliminar el tope haría difícil financiar las inversiones futuras en una industria intensiva en capital y altamente cíclica. Un funcionario de Samsung que pidió no ser identificado advirtió que «incluso una sola huelga que detenga las líneas de producción y dañe la confianza de los clientes podría tardar años en recuperarse».
El antecedente: la primera huelga de 2024
El conflicto actual tiene un antecedente directo en 2024, cuando Samsung protagonizó su primera huelga en toda su historia. En esa ocasión, el detonante fue el opuesto al actual: los enormes números de las pérdidas de la DS Division en 2023 derivaron en la ausencia total de bonos de desempeño. Los trabajadores, que habían aceptado el discurso del sacrificio colectivo durante años, salieron a la calle por primera vez. La huelga duró días pero instaló definitivamente a los sindicatos como actores del tablero laboral de Samsung, en una empresa que durante décadas mantuvo lo que el sector conocía como política de «empresa sin sindicatos».
Samsung Electronics fue fundada en 1969 y durante más de cinco décadas el presidente del Grupo Samsung, Lee Kun-hee —fallecido en 2020—, mantuvo una postura firme de oposición a los sindicatos. Fue su hijo, el actual presidente Jay Y. Lee, quien en 2020 se comprometió públicamente a abandonar esa política, abriendo la puerta al sindicalismo que hoy acumula el músculo necesario para amenazar la producción global de chips.
El impacto potencial en la cadena de suministro mundial
Las consecuencias de una huelga de 18 días en Pyeongtaek trascenderían ampliamente el conflicto laboral coreano. Samsung controla aproximadamente el 40% de la producción mundial de DRAM y alrededor del 33% de la producción de NAND Flash. La planta de Pyeongtaek, inaugurada en 2017 y ampliada en varias fases, es la mayor instalación de fabricación de semiconductores del mundo y alberga las líneas de producción de los chips HBM4 —la memoria de alta velocidad que alimenta los procesadores de inteligencia artificial de Nvidia, AMD, Google y otros clientes de primer nivel.
Una interrupción del 50% en la producción de Pyeongtaek durante 18 días afectaría directamente a los fabricantes de servidores, las empresas de computación en la nube y los desarrolladores de sistemas de inteligencia artificial en un momento en que la demanda de memoria HBM supera consistentemente la oferta disponible. Analistas del sector consultados por Reuters señalaron que cualquier interrupción en la cadena de suministro de HBM en este momento tendría efectos en cascada sobre los plazos de entrega de chips de IA, que ya acumulan listas de espera de meses.
Una huelga sin apoyo popular
Uno de los rasgos más llamativos del conflicto es su aislamiento político y social. A diferencia de los conflictos laborales históricos en Hyundai Motor o en los sectores del transporte y la construcción, la amenaza de huelga de Samsung no concitó solidaridad de los dos grandes bloques sindicales de Corea del Sur ni de los principales partidos políticos. El presidente Lee Jae Myung, cuya administración tiene una agenda laboral considerada progresista, señaló su oposición a la huelga, un gesto inusual para un gobierno de esa orientación.
Medios conservadores y liberales por igual expresaron escepticismo sobre las demandas sindicales. El debate público se polarizó rápidamente cuando se difundieron los números concretos: la posibilidad de que trabajadores de SK Hynix reciban bonos de 700 millones de won desató una ola de comentarios en redes sociales que oscilaron entre la crítica y la ironía. «Elegí mal la industria si gano menos que un trabajador de producción en SK Hynix», escribió un usuario en las principales plataformas coreanas.
El ministro de Industria, Kim Jung-kwan, añadió combustible a ese sentimiento al señalar que los resultados de Samsung son fruto de la infraestructura pública, miles de empresas subcontratistas, más de 4 millones de accionistas minoristas y el Fondo Nacional de Pensiones, que tiene el 7,8% del capital de la empresa. El ministro de Trabajo, Kim Young-hoon, fue en la misma dirección: «Los logros de Samsung de hoy no fueron construidos solo por los trabajadores. Los trabajadores deben considerar también la economía nacional y los intereses de las empresas asociadas.»
El sindicato rechazó esas posiciones en un comunicado del martes, denunciando que los medios estaban encuadrando «nuestra lucha como egoísmo individual» y cuestionando por qué las demandas legítimas de compensación de los trabajadores debían ser tratadas como una «crisis económica nacional».
El debate de fondo: ¿a quién pertenecen las ganancias del superciclo?
Detrás del conflicto laboral puntual hay una pregunta más amplia que Corea del Sur nunca resolvió de manera explícita: cuando una empresa pasa por un superciclo de ganancias extraordinarias —en gran medida impulsado por condiciones de mercado globales, años de inversión acumulada y decisiones tecnológicas que precedieron en lustros al actual management y a la actual fuerza laboral—, ¿qué proporción corresponde a los trabajadores actuales, cuánto a los accionistas, cuánto a la reinversión y cuánto al entorno más amplio que hizo posible ese resultado?
Kim Dae-jong, profesor de economía de la Universidad Sejong, planteó que el conflicto no es simplemente sobre dinero sino sobre cómo una de las empresas líderes de Corea puede construir gobernanza de confianza en un entorno laboral transformado. Recomendó no mantener el tope de bonos de manera incondicional, sino introducir mayor flexibilidad diversificando la estructura de los bonos y ampliando los incentivos de largo plazo, para que los empleados estén motivados a contribuir a la creación de valor sostenible.
La pregunta que quedó flotando en las salas de negociación y en los foros de internet es si Samsung y su sindicato pueden encontrar ese equilibrio antes del 21 de mayo. Si no lo hacen, la huelga comenzará en la planta más importante de chips del mundo, en el momento en que la demanda de esos chips nunca fue mayor, y las consecuencias se sentirán mucho más lejos de Pyeongtaek.
Co-fundador de Reporte Asia.














