Una de las discusiones más recurrentes, amigables y hasta ahora inofensivas de Twitter consiste en declararse partidario del verano o del invierno, aduciendo distintas y en lo posible originales razones. Para quienes nos acostamos del lado invernal de esa cama, guiados por la más elemental de las lógicas (el frío se soluciona con ropa; el calor con desmayos), por su evidente superioridad estética (chimeneas, montañas y gamulanes) o incluso por vanidad (para abrazar el prestigio de la soledad y el encierro), la novela País de nieve, de Yasunari Kawabata, es una lectura casi obligatoria.
Juan Forn fue un escritor, editor, periodista y traductor argentino. Murió (cuenta su hija que odiaba el verbo “fallecer”) hace pocos días en Villa Gesell, en la Costa Atlántica, donde vivía ajeno a casi todo lo que no fuera literatura. Tradujo País de nieve del inglés al castellano, en una de esas traducciones que parecen haber sido hechas sólo con las mejores, más sobrias y elegantes palabras del diccionario. Algún mérito tendrá también Kawabata.
Las palabras se acumulan de manera suave y pulcra como la nieve en Yukiguni, el “País de nieve” ubicado en la parte alta de la actual prefectura de Niigata, al oeste de Japón. Con sus largos inviernos (de diciembre a mayo sólo se llega en ferrocarril) y enormes nevadas de hasta cuatro metros producidas por el viento helado que baja de Siberia a través del Mar del Japón, Yukiguni sirve de telón de fondo para narrar la historia de Shinamura, un rico diletante que viene de Tokio; de Komako, una aprendiz de geisha que vive en la montaña; y de Yoko, una bella y misteriosa joven.
En esa región, que Kawabata definió como “la espalda del Japón” al recibir el premio Nobel en 1968, se fabrica la delicada seda Chijimi con la que se hilan ligerísimos kimonos de verano. El capítulo dedicado a la seda Chijimi era uno de los preferidos de Forn, según detalla en el prólogo de su traducción. Dice Kawabata sobre el proceso de tejido: “Se hilaba en la nieve, se tejía en la nieve, se lavaba en la nieve y se blanqueaba en la nieve”. Así se conseguían un blanco y una ligereza únicas, que conservaban en esas prendas el «espíritu de la nieve”. Esta técnica japonesa de fabricación de tejidos es hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Además de haber traducido y prologado la novela, Forn dedicó algunas de sus famosas contratapas de los viernes en Página 12 a revisar otros aspectos de la vida y obra de Kawabata, a quien admiraba profundamente. Para escribir esas breves piezas de ingeniería estilística, el “método Forn” consistía en fumarse un porro y salir a caminar por la playa (acaso buscando su inspiración en el “espíritu del mar”) a pensar el tema que tenía desordenadamente en la cabeza. En esas caminatas trataba de encontrar lo que llamaba la “curva” de cada texto; una suerte de aleph, o de dibujo unido por puntos, donde convergen, natural e inevitablemente, las diversas historias mezcladas con sutileza en cada artículo.
En una de esas contratapas nos cuenta la historia de Donald Keene, un japonólogo estadounidense que, tras pelear en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, decidió dedicar su vida a la traducción y el estudio de la literatura nipona. A los treinta años se trasladó finalmente a Japón, donde fue rebautizado como Donaburo Kinu. Tradujo y popularizó en Occidente a escritores de la talla de Mishima, Oé, Tanizaki y el propio Kawabata. País de nieve nos llega desde Japón gracias al esfuerzo consecutivo de apasionados como Keene o Forn, aunque justo es decir que no son estas las únicas traducciones (hay al menos otra al castellano, hecha por César Durán para Espasa Calpe). Gracias a ellos, entre otras cosas, podemos alardear sobre cuántas cuerdas tiene un samisen, cómo calienta un kotatsu o qué diferencia al teatro kabuki del nôgaku.
Kawabata fue amigo y mentor de ese otro gran escritor japonés llamado Yukio Mishima.
Según cuenta Forn, Donald Keene interpretó entonces el suicidio de Kawabata en 1972 como un gesto de nobleza hacia Mishima, que se había quitado la vida un par de años antes. Hastiado de la vida sin su amigo, y tal vez aún incómodo por haber recibido el Nobel (el primero otorgado a un japonés y el segundo a un asiático) en lugar de su pupilo, a quien admiraba fuera de toda pose, Kawabata decidió abrir las llaves de gas de su casa hasta quedarse dormido. Mishima había recurrido al suicidio samurai por excelencia: el seppuku o harakiri.
Tanto en el prólogo como en el otro artículo que le dedica a Kawabata, Forn destaca que Shinamura, el especialista en danza que protagoniza la novela y que, esporádicamente, se aleja del bullicioso Tokio para internarse en la montaña, “prefiere contemplar el rostro de una joven que viaja en su vagón de tren a través del reflejo que ofrece la ventanilla, en lugar de mirarla directamente, porque de esa forma logra la distancia que le permite valorar la belleza sin sus ‘accidentes’”.
Tal vez algo de eso haya, además del deseo y la necesidad (Forn tuvo una pancreatitis grave a los cuarenta años, producto de la vida intensa que llevaba en Buenos Aires), en su decisión de irse a vivir a la costa; de “jubilarse” antes de tiempo. Tal vez, como Shinamura, Forn haya optado por alejarse de la ciudad para contemplar la vida y la literatura con cierta distancia, a través de su reflejo.
Maestrando en Historia (UTDT). Vende libros y arte en @bienvenidobob














