Desde la asunción de Donald Trump a la Casa Blanca en su segundo mandato ha estado claramente insistiendo en la búsqueda de los objetivos nacionales mediante la fuerza. Evidentemente hay una ruptura con cualquier proceso tradicional en las relaciones internacionales claramente definidas desde el proceso establecido por los propios Estados Unidos después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Fue la propia nación norteamericana la impulsora de los mecanismos multilaterales luego de Bretton Woods. Hablar hoy de un “orden basado en reglas”, propugnado por el propio Trump, se refiere a un orden sin reglas en las que las únicas son las establecidas por él.
Podría parecer que al corto plazo Estados Unidos actualmente está obteniendo los resultados esperados y especialmente cuando la mayoría de las naciones desarrolladas y subdesarrolladas, son incapaces de hacer frente a los delirios prepotentes estadounidenses que incluso dañan la confianza de sus principales aliados. Donald Trump no tiene fronteras y con ello promueve los intereses nacionales por encima del mundo, pero peor aún, promueve sus intereses personales por encima de los nacionales. El mandatario ha demostrado ser un líder fuerte para negociar y la presión sin dudas ha llegado a intimidar a otros. No es el tradicional presidente con el que el mundo se ha enfrentado en los últimos tiempos y los métodos tradicionales de negociación han fracasado. Negociar con Estados Unidos y darle aparentemente lo que desea es la táctica más inteligente que han empleado algunas naciones asiáticas, para al menos distraerles; otras también de esta misma región le han devuelto con la misma moneda.
La Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos publicada en 2025 ha sido expresión clara del enfoque actual estadounidense y más reciente en enero de 2026 la Estrategia de Defensa Nacional mantiene el mismo perfil. Si bien los puntos focales mediáticos son Venezuela, Cuba, México, Groenlandia e Irán, detrás todos tienen un denominador común: China. La nación asiática es realmente el punto principal que está relacionada con toda actuación estadounidense. La pérdida creciente de hegemonía de Washington y la competencia económica y más importante, tecnológica china en el actual siglo XXI es una amenaza grave a los intereses del primero. Por otro lado, se acerca el 2027, año del cumplimiento del tercer centenario, el del Ejército Popular de Liberación (EPL) en el mismo período de celebración del XXI Congreso Nacional del Partido Comunista de China. Estados Unidos requiere adelantarse a algunos acontecimientos con resultados concretos, especialmente la previsible reunión entre Trump y el presidente chino, Xi Jinping para abril de 2026.
La ESN de 2025 presenta una crítica profunda al paradigma tradicional del liberalismo internacional, al papel de las instituciones multilaterales, al carácter sacrosanto de las alianzas y a la globalización económica. Según la ESN, estos marcos –durante décadas percibidos como instrumentos al servicio del interés nacional– se han desacoplado de las necesidades estratégicas actuales. China habría explotado el orden liberal internacional y la globalización para erosionar la posición estratégica de EEUU, mientras que las alianzas incondicionales han generado dinámicas de dependencia poco saludables que ya no benefician a Washington.
La estrategia de Defensa Nacional y China
La nueva Estrategia de Defensa Nacional publicada corto tiempo después de la ESN constituye un documento doctrinal que plasma la realidad de los cambios que se están produciendo no solo en Estados Unidos, sino también los que está modificando en el escenario internacional. Se producen cambios dramáticos que para lograr sus intereses inmediatos, perfilando una concentración en áreas específicas, en este caso en las Américas para tratar de recuperar la grandeza estadounidense y de esta manera podría estar abriendo paso a la creación de zonas de influencias regionales. No obstante, la realidad es que el cambio de prioridades, no condiciona el fin, que es crear condiciones e impedir el avance de China y particularmente en la zona más inmediata de influencia.
El documento reafirma que Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, aplicará con firmeza la agenda de “Estados Unidos primero”, con independencia de sus efectos sobre los aliados. Sin dudas hay un proceso de transición intersistémica en el que hay rupturas importantes con el orden imperante, las que pueden ser dolorosas similares a un cambio de modo de producción como sucedió en el período de transición entre el feudalismo y el capitalismo u otros tan dramáticos como este.
Aunque la Estrategia de Defensa Nacional expresa un cambio de enfoque a China, mantiene el concepto del uso de la fuerza. No es casual cada paso realizado con antelación como el cambio de nombre de Departamento de Defensa, por el Departamento de Guerra. El propósito es ir generando cambios cognitivos para en primer lugar generar percepciones disuasivas sobre los enemigos y rivales estadounidenses.
Según la Estrategia de Defensa Nacional, se debe disuadir a China en el Indopacífico mediante la fuerza, no la confrontación. El presidente Trump también ha demostrado la importancia de negociar desde una posición de fuerza, y ha encomendado al Departamento de Guerra la tarea correspondiente.
En consonancia con el enfoque del presidente, este departamento buscará y ampliará las comunicaciones militares con el Ejército Popular de Liberación (EPL), centrándose en apoyar la estabilidad estratégica con Beijing, así como en la distensión y la desescalada en general. Pero también seremos lúcidos y realistas sobre la velocidad, la escala y la calidad del histórico desarrollo militar de China. Nuestro objetivo al hacerlo no es dominar a China, ni estrangularla ni humillarla. Más bien, nuestro objetivo es simple:
Impedir que nadie, incluida China, pueda dominarnos a nosotros o a nuestros aliados; en esencia, establecer las condiciones militares necesarias para lograr el objetivo de la Estrategia Nacional de Seguridad (NSS) de un equilibrio de poder en el Indopacífico que nos permita a todos disfrutar de una paz digna.
Para ello, según las instrucciones del NSS, erigiremos una sólida defensa anti-negación a lo largo de la Primera Cadena de Islas (FIC). También instaremos y habilitaremos a nuestros aliados y socios regionales clave para que contribuyan más a nuestra defensa colectiva. Al hacerlo, reforzaremos la disuasión mediante la negación para que todas las naciones reconozcan que la paz y la moderación son la mejor manera de servir a sus intereses. Así estableceremos una posición de fuerza militar desde la cual el presidente Trump pueda negociar condiciones favorables para nuestra nación. Seremos fuertes, pero no innecesariamente confrontativos. Así es como ayudaremos a hacer realidad la visión del presidente Trump de paz mediante la fuerza en la vital región del Indopacífico. (Departamento de Guerra de Estados Unidos, 2026; 9)
La Estrategia de Defensa Nacional identifica a China como el principal competidor estratégico de Estados Unidos y el único actor con capacidad real para disputar el equilibrio de poder a escala global. El documento descarta explícitamente la búsqueda de un cambio de régimen en Beijing o una confrontación directa innecesaria. La disuasión deja de ser simbólica o declarativa para convertirse en capacidad material demostrable, con énfasis en presencia avanzada, interoperabilidad aliada y superioridad tecnológica.
Esto es importante para los intereses de Estados Unidos porque, como reconoce la Estrategia Nacional de Seguridad (NSS), el Indopacífico pronto representará más de la mitad de la economía mundial. Por lo tanto, la seguridad, la libertad y la prosperidad del pueblo estadounidense están directamente vinculadas a nuestra capacidad para comerciar y participar desde una posición de fuerza en el Indopacífico. Si China, o cualquier otro país, dominara esta amplia y crucial región, podría vetar efectivamente el acceso de los estadounidenses al centro de gravedad económico mundial, con implicaciones duraderas para las perspectivas económicas de nuestra nación, incluida nuestra capacidad de reindustrialización.
Por eso, la NSS ordena al Departamento de Guerra mantener un equilibrio favorable de poder militar en el Indopacífico. No con el propósito de dominar, humillar o estrangular a China. Al contrario, nuestro objetivo es mucho más ambicioso y razonable: simplemente garantizar que ni China ni ningún otro país pueda dominarnos a nosotros ni a nuestros aliados. Esto no requiere un cambio de régimen ni ninguna otra lucha existencial. (Departamento de Guerra de Estados Unidos, 2026; 10)
Aunque el documento afirma que Washington no busca una confrontación directa con China ni un cambio de régimen, sí deja en claro que la relación estará marcada por la competencia estratégica y la negociación desde una posición de fuerza. La apertura a canales militares de comunicación con Beijing apunta a reducir riesgos de escalada, pero no altera el objetivo central de impedir que China alcance una posición hegemónica regional.
Consideraciones finales
Estados Unidos con sus documentos doctrinales, especialmente la Estrategia de Defensa Nacional y con el actuar práctico en el 2026 ha demostrado ejercer el poder mediante la fuerza. No necesariamente condiciona su involucramiento en un conflicto a gran escala en todo caso, sino la presión que lleve a la negociación favorable a sus intereses bajo la coacción. Actualmente Estados Unidos actúa con coerción, no sobre la base de normas y reglas. La desesperación de recuperar el poder que está perdiendo con velocidad, le lleva a ganar al corto plazo batallas, pero la guerra contra la pérdida de la hegemonía no la ganará, especialmente cuando está lacerando la confianza de sus aliados. China se encuentra expectativa, junto a otros actores del sistema internacional. Expresa la necesidad de respetar las normas; pero cada acción estadounidense le otorga credibilidad a Beijing para que pueda concretar la defensa de su total soberanía e intereses nacionales.
Lo más peligroso es que el poder militar retorna como importante instrumento político. En este sentido, se proyecta acciones sobre países cercanos políticamente a China, en los que algunos casos generan impactos económicos moderados hacia la nación asiática, pero otros podrían provocar desafíos energéticos y de seguridad sensibles para el futuro del gigante asiático. Por tanto, el documento es mucho más que una estrategia doctrinal. Pensar que China no es la prioridad en la actual Estrategia de Defensa Nacional estaría cayendo en un grave error.
Doctor en Ciencias Económicas (2015) por la Universidad de La Habana. Vicepresidente de Asociación de Amistad Cuba-Vietnam. Investigador Titular y miembro del Consejo Científico del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI). Jefe del Programa Sectorial de Relaciones Internacionales de Cuba y coordinador nacional de la sección cubana de la Asociación Latinoamericana de Estudios sobre Asia y África (ALADAA). Miembro del Grupo de Trabajo de CLACSO sobre China en el mapa del poder mundial. Miembro de la Red China-América Latina y el Caribe (REDCAEM). Miembro del Grupo de Trabajo para la inserción de Cuba a la Iniciativa de la Franja y a Ruta. Miembro del Comité Editorial de la Revista Cuadernos de China de Venezuela y de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos (SAEEG). Miembro del Comité Académico y profesor Auxiliar de la Maestría del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de Cuba y del Doctorado de Economía Política de la Universidad de La Habana.














