Reservar el 1% del presupuesto federal no es excesivo. Ese dinero puede utilizarse bien, y hacerlo redunda en el propio interés de Estados Unidos
Nueva York : El papel de Estados Unidos en la ayuda internacional se ha transformado radicalmente desde enero, con el cierre de instituciones, la modificación de políticas y la drástica reducción de fondos. Ahora mismo, el futuro de la política estadounidense, del sistema de ayuda internacional y de las personas más pobres del mundo es incierto. Lo único que sabemos es que existe una enorme brecha que debe cubrirse.
La situación es urgente. El Banco Mundial revisó recientemente al alza su estimación de personas que viven en pobreza extrema (con menos de 3 dólares al día) hasta los 831 millones, lo que representa aproximadamente el 10 % de la población mundial. Más de la mitad de las personas en situación de pobreza extrema en el mundo viven actualmente en estados frágiles afectados por conflictos, y se prevé que esta cifra aumente a dos tercios en los próximos cinco años. Casi el 40 % de la población de estos países ya vive con menos de 3 dólares al día, en comparación con el 6 % en otras economías en desarrollo.
En este contexto, mi organización, el Comité Internacional de Rescate (IRC), analizó las cifras para determinar qué países necesitan más ayuda. Elaboramos una lista de 13, entre los que destaca Sudán, país que sufre la mayor crisis humanitaria del mundo. Si bien el 29 % de las personas en situación de pobreza extrema del mundo viven en estos países más afectados, solo reciben el 9 % de la ayuda internacional, lo que supone un déficit de financiación de 35 000 millones de dólares .
Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, Ucrania se ha convertido en el mayor receptor de ayuda internacional. Además, los países europeos destinan cada vez más fondos clasificados como «ayuda exterior» a la integración de los refugiados en sus territorios. Estos gastos representan actualmente alrededor del 14 % del total de la ayuda internacional, una cifra similar a la que se invierte en ayuda humanitaria .
Así pues, incluso sin recortes en la financiación estadounidense, sería necesario replantearse el funcionamiento del sector de la ayuda. En primer lugar, deberíamos centrar la ayuda en forma de donaciones —que representa más del 90 % del presupuesto mundial de ayuda (el resto son préstamos en condiciones favorables)— en las personas más pobres que viven en los lugares más pobres. Esto implica abordar la desproporción entre el 50 % de las personas en situación de pobreza extrema que viven en estados frágiles y afectados por conflictos, y el 25 % del presupuesto mundial de ayuda que se destina a esos países.
En segundo lugar, debemos destinar recursos a programas basados en la evidencia, probados y rentables, como la campaña de vacunación comunitaria que el IRC impulsó en África oriental, donde distribuimos más de 20 millones de dosis a 2 dólares cada una . También hemos propuesto un protocolo simplificado para el tratamiento de la desnutrición aguda moderada y grave. En nuestro estudio con 27 800 niños con desnutrición aguda en Malí, logramos un ahorro de aproximadamente el 20 % . Sin embargo, para ampliar la aplicación de estos enfoques, se requiere un cambio de mentalidad por parte de los donantes, de modo que sus esfuerzos potencien los resultados en lugar de diluirlos.
En tercer lugar, necesitamos más innovación en programas, financiación y ejecución. Por ejemplo, el IRC está utilizando actualmente IA para reducir el tiempo de diagnóstico de la viruela del mono en África de dos semanas a cinco minutos, y también hemos demostrado cómo esta tecnología puede contribuir a lograr resultados de aprendizaje impresionantes para niños cuya educación se ve interrumpida por conflictos y desastres.
Por supuesto, la innovación requiere nuevos compromisos de capital. La financiación para la gestión del riesgo de desastres, por ejemplo, los seguros paramétricos que pagan indemnizaciones en cuanto se alcanzan los umbrales de precipitaciones, establecen flujos de apoyo predecibles y rápidos. Pero también necesitamos incorporar los canjes de deuda al ámbito humanitario. Estos enfoques ya se han utilizado para financiar proyectos de mejora ambiental por valor de 1700 millones de dólares en siete países.
En cuarto lugar, necesitamos rendir cuentas por los resultados, no por los insumos, para reducir la burocracia, aumentar la flexibilidad, optimizar los recursos e impulsar la innovación. Los gobiernos y las instituciones internacionales deberían seguir el ejemplo de Suecia, que nos exige rendir cuentas por los resultados que logramos. Lo que importa es el nivel educativo, no la cantidad de docentes capacitados, y la cantidad de recién nacidos sanos, no la cantidad de consultas neonatales.
En quinto lugar, debemos adecuar la carga de la ayuda al desarrollo a la composición de la economía mundial. Estados Unidos aporta el 25 % del ingreso mundial, pero su porcentaje del ingreso nacional destinado a ayuda exterior es solo del 0,22 % , cifra que disminuirá tras los recientes recortes. Aun así, en una encuesta realizada en febrero , cerca del 89 % de los estadounidenses afirmó que el 1 % del presupuesto federal debería destinarse a ayuda exterior. Dado que esta cifra se aproxima a la actual, mantener dicha financiación podría ser una misión que unifique a Estados Unidos y a los estadounidenses.
Hoy, el 80% de los niños con desnutrición aguda en zonas de conflicto no reciben tratamiento, el 60% de las muertes maternas durante el parto ocurren en estados frágiles y 85 millones de niños en estos países no asisten a la escuela. La ayuda internacional eficaz es la solución a estos desafíos, no el problema. La humanidad cuenta con más recursos para hacer el bien que nunca antes en su historia, por lo que depende de nosotros utilizarlos con prudencia. Destinar el 1% del presupuesto federal no es excesivo. Ese dinero puede utilizarse bien y, además, redunda en beneficio de Estados Unidos. Cuanto antes se haga, mejor.
Nota: esta es un artículo republicado del medio «The Wire» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.
David Miliband, exministro de Asuntos Exteriores británico, es presidente y director ejecutivo del Comité Internacional de Rescate.














