Hace cincuenta años, China y la Comunidad Económica Europea —antecesora de la actual Unión Europea (UE)— establecieron relaciones diplomáticas, abriendo un nuevo capítulo en la historia de los vínculos entre China y Europa. En estas cinco décadas, se han producido transformaciones profundas tanto en los países, como en sus relaciones mutuas y en el contexto global en el que estas se inscriben.
El cambio más relevante ha sido la transformación de China en una potencia económica global. Este desarrollo histórico, único en su tipo, también se ha reflejado en sus vínculos con la UE, sentando las bases para una alianza económica sin precedentes. Ambos actores se beneficiaron enormemente de ello. El volumen de comercio bilateral creció de 2.400 millones de dólares en 1975 a 785.800 millones en 2024, mientras que la inversión mutua pasó de prácticamente cero a alrededor de 260.000 millones de dólares. En 2003, se lanzó una «asociación estratégica integral China-UE».
Un sistema internacional en transformación
El sistema mundial ha cambiado. Inicialmente configurado por la confrontación de bloques durante la Guerra Fría y, posteriormente, por un momento unipolar de hegemonía estadounidense sin rival, hoy está cada vez más determinado por una emergente multipolaridad y el ascenso del Sur Global.
Estos cambios se han acelerado considerablemente en los últimos años. La guerra en Ucrania plantea nuevas preguntas sobre la seguridad integral en Europa, las relaciones transatlánticas y las garantías de seguridad ofrecidas por Estados Unidos. La política arancelaria del presidente estadounidense Donald Trump ha dejado claro el alejamiento del orden económico mundial liberal liderado por Occidente, y el retorno al proteccionismo, el aislacionismo y el debilitamiento de los sistemas internacionales basados en reglas.
El mundo se encuentra, por tanto, en un estado histórico de agitación, en el cual se están reorganizando las relaciones económicas y políticas entre el Norte y el Sur Global, entre China y EE.UU., y entre China y la UE.
La UE aún no encuentra su rol en un mundo multipolar
Con el fin de la era unipolar y de un orden mundial dominado por Occidente durante 400 años —particularmente con la concentración del poder geoeconómico en EE.UU., del cual también Europa se benefició—, la Unión Europea se encuentra hoy en una encrucijada.
Algunos funcionarios europeos han reaccionado ante estos cambios con reflejos defensivos del pasado, calificando a China como un “rival sistémico” y representándola de forma constante como una amenaza. A pesar de la multitud de desafíos globales que solo pueden superarse mediante la cooperación, las relaciones comerciales entre China y la UE —altamente interdependientes e integradas en las cadenas de suministro globales— han sufrido un deterioro considerable en los últimos años. Este cambio de percepción en Europa hacia China se debió, en gran medida, a que el continente se dejó arrastrar por la acelerada espiral de confrontación entre China y Estados Unidos.
Frente a las múltiples crisis globales y a una economía mundial debilitada, la cooperación “ganar-ganar” entre Europa y China parece hoy más importante que nunca. No obstante, el futuro de las relaciones entre la UE y China dependerá no solo de cómo Europa redefina su relación con China, sino aún más de cómo logre adaptarse a las nuevas realidades del mundo multipolar.

¿Autonomía estratégica en un mundo multipolar?
En un mundo multipolar, Europa debe reinventarse y consolidarse como un polo de poder independiente, con suficiente autonomía estratégica y vínculos económicos diversificados con los demás polos de poder. La creación de la Unión Europea como una región geoeconómica autónoma se impulsó por el deseo de actuar políticamente con independencia, incluso siendo parte integral de Occidente bajo la influencia de Estados Unidos, y de representar sus propios intereses con confianza.
Sin embargo, en los últimos años, un enfoque cada vez más exclusivo en el espacio transatlántico ha generado el riesgo de que Europa derive hacia una relación centro-periferia con Estados Unidos dentro del nuevo orden mundial multipolar, perdiendo así su autonomía como región geoeconómica.
Como centro de poder independiente, la UE solo puede obtener ventajas económicas y políticas si adopta una estrategia de equilibrio que le permita mantener buenas relaciones con distintos poderes externos y regiones geoeconómicas. La autonomía estratégica y la influencia de la UE dependen del equilibrio en sus dependencias. En el momento en que la UE se compromete de manera permanente con una sola región, tanto sus socios como sus oponentes pierden el incentivo de tener en cuenta los intereses estratégicos de Europa.
El resto del mundo ya ha comenzado a avanzar, tanto en cuanto a los nuevos contornos del comercio mundial como al surgimiento de nuevas instituciones de pagos y flujos de capital que están descentralizando el dominio del dólar estadounidense. Estamos presenciando el fin de la globalización transatlántica, que está siendo reemplazada por una forma de globalización multipolar. Una dependencia excesiva de Estados Unidos ya no resulta ventajosa para la UE.
La necesidad de una nueva visión del mundo
Sin embargo, la UE no puede responder a la pregunta de si debe seguir comprometida exclusivamente con la región transatlántica o abrirse políticamente a otras regiones geoeconómicas —en especial la dinámica región euroasiática— únicamente con base en el pragmatismo estratégico. Para hacerlo, necesita una nueva visión del mundo y una nueva percepción de sí misma.
El pensamiento geopolítico europeo sigue estando marcado por un sentimiento de superioridad frente al resto del mundo. Esto hace que países como China —que siguen una política exterior independiente y una vía de desarrollo propia— no sean vistos simplemente como alternativas, sino a menudo como lo opuesto e incluso como amenazas al liberalismo occidental.
Esta visión del mundo dificulta los reajustes estratégicos, ya que el nuevo orden mundial multipolar no se ve como una nueva normalidad evolutiva a la que adaptarse de forma pragmática y constructiva, sino como un proyecto antioccidental que debe ser resistido.
Solo cuando la UE entienda el «orden mundial multipolar» como una necesidad y una oportunidad para su autonomía estratégica, podrá esperarse una nueva dinámica de cooperación en las relaciones entre Europa y China.
Nota: esta es un artículo republicado del medio «CGTN» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.
an Turowski, comentarista especial de CGTN, es el representante principal de la oficina de representación en Pekín de la Fundación Rosa Luxemburg, una organización sin fines de lucro dedicada a la educación cívica. El artículo refleja las opiniones del autor y no necesariamente las de CGTN












