Desde su regreso a la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reavivado su agenda de represalias. Esta vez, su objetivo es Harvard, la universidad más antigua y prestigiosa del país.
Al calificar a Harvard como un “foco de liberalismo y antisemitismo”, la administración de Donald Trump impuso una serie de medidas punitivas. Estas incluyen la congelación de fondos federales significativos, amenazas a su estatus de exención impositiva y la suspensión de su certificación para inscribir estudiantes internacionales.
Si bien han surgido controversias por antisemitismo en los campus universitarios de EE. UU., especialmente en el contexto del conflicto israelí-palestino, las acciones de Trump son vistas en gran medida como parte de una guerra cultural más amplia promovida por el conservadurismo. Harvard, considerada desde hace tiempo como un bastión de los valores liberales de la élite, se ha convertido ahora en un punto central de la batalla ideológica.
¿Por qué Harvard?
Estados Unidos se encuentra inmerso en una guerra cultural persistente, un concepto que hace referencia a las divisiones profundas y crecientes, así como a las visiones enfrentadas sobre la identidad y los valores del país. Durante años, los conservadores han librado una cruzada contra las academias de élite, acusándolas de promover valores progresistas en detrimento de los principios tradicionales estadounidenses.
En la Conferencia Nacional del Conservadurismo de 2021, JD Vance —entonces candidato al Senado— declaró que “los profesores son el enemigo” y llamó a un “ataque honesto y agresivo” contra las universidades del país. Ahora vicepresidente de Trump, las palabras de Vance se están convirtiendo en acciones. Al inicio del segundo mandato de Trump, su administración lanzó medidas drásticas contra la educación superior, congelando fondos y tomando represalias contra estudiantes internacionales. Esto coincidió con una investigación del Departamento de Educación a unas 60 universidades por supuesta discriminación y acoso antisemita.
Entre ellas, Harvard se ha convertido en el principal objetivo. Un factor clave es su estatus simbólico inigualable. Como institución académica de primer nivel a nivel global y epítome de la educación de élite estadounidense, Harvard ha sido considerada durante mucho tiempo como un “bastión cultural” de los valores liberales. Su enfoque en iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI, por sus siglas en inglés) la ha convertido en el blanco ideal de las críticas conservadoras, que ven estas políticas como una amenaza al orden jerárquico tradicional.
Otro factor, según observan algunos analistas, es su postura desafiante ante las exigencias del presidente Trump. Harvard se negó a ceder ante la presión y permitir que el gobierno federal supervise sus políticas de contratación, admisión y gobernanza, llegando incluso a demandar a la administración por las restricciones impuestas a los estudiantes internacionales.
¿Qué espera lograr Trump?
El ataque de Trump a Harvard tiene menos que ver con la forma en que se administra la universidad y más con trazar una línea divisoria clara entre “nosotros” y “ellos”.
Al etiquetar a la institución como excesivamente liberal, antisemita y desconectada de la gente común —incluso contraria a los valores estadounidenses— Trump apela al resentimiento populista, especialmente entre su base conservadora.
Además, Trump también ha intentado enfrentar a Harvard con la clase trabajadora. En una publicación en redes sociales, propuso redirigir 3.000 millones de dólares en fondos de investigación desde Harvard hacia escuelas técnicas estadounidenses, calificándolo como una “gran inversión para EE. UU.”. Como señaló con acierto el experto en política educativa Nat Malkus, el mensaje es claro: Trump se posiciona del lado de los estadounidenses trabajadores frente a las instituciones de élite.
También hay una dimensión estratégica y económica. A pesar de ser una de las universidades más ricas del país, Harvard todavía depende en gran medida de fondos y subvenciones federales para investigación, representando aproximadamente el 46 % de su presupuesto total. Al atacar estas fuentes de ingresos, Trump utiliza el apalancamiento financiero para intentar reconfigurar la postura de la universidad sobre temas clave.
Ya sea a través de la retórica, las políticas o las medidas financieras, las acciones de Trump forman parte de una estrategia más amplia en su guerra cultural. Su objetivo no es simplemente obligar a Harvard a ceder, sino transformar el sistema de educación superior estadounidense en una plataforma para la ideología conservadora, apropiándose del derecho a definir qué son los “valores estadounidenses”. Pero, ¿a qué costo?
Consecuencias más amplias
Las implicancias van mucho más allá de Harvard. La educación internacional es la séptima mayor exportación de servicios de Estados Unidos. En el ciclo académico 2023-2024, más de 1,1 millones de estudiantes internacionales aportaron más de 44.000 millones de dólares a la economía estadounidense. Las medidas punitivas contra Harvard podrían provocar un efecto dominó, con el potencial de afectar a más de 378.000 empleos en todo el país.
La naturaleza impredecible y politizada de la política educativa superior en EE. UU. también está minando la confianza de académicos y estudiantes en el sistema educativo estadounidense a nivel global. La evidencia de esta creciente incertidumbre es clara. Según el sitio británico “FindAPhD”, las búsquedas de programas de doctorado en EE. UU. cayeron un 40 % interanual en abril de este año, y el interés de los estudiantes europeos por doctorarse en Estados Unidos se redujo a la mitad, lo que podría desencadenar una fuga de cerebros académica. Una encuesta de marzo publicada por la revista británica Nature reveló además que alrededor del 75 % de más de 1.600 investigadores radicados en EE. UU. están considerando dejar el país.
Asimismo, las acciones de Trump podrían socavar directamente la libertad académica y la diversidad. La interferencia política pone en riesgo la autonomía académica, generando un efecto paralizante sobre la investigación libre y el pensamiento independiente en instituciones de todo el país.
Aunque estas medidas puedan servir a los fines políticos de Trump, en última instancia ponen en peligro los cimientos mismos de la innovación estadounidense y su liderazgo académico a nivel global. En su intento por “hacer grande a América otra vez”, Trump está vaciando lentamente el núcleo intelectual que en su momento hizo grande al sistema de educación superior del país.
Nota: esta es un artículo republicado del medio «CGTN» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.
Wang Naiqian, comentarista especial en asuntos internacionales para CGTN, es un periodista radicado en Pekín. El artículo refleja las opiniones del autor y no necesariamente las de CGTN.













