Mientras buena parte de la elite global se instala este verano en Europa, la cúpula política china elige otro destino, mucho menos glamoroso: Beidaihe, un pueblo costero de unos 300 kilómetros al este de Beijing, popular entre familias chinas de a pie desde hace décadas y, al mismo tiempo, refugio histórico del Partido Comunista.
Nunca se sabe con exactitud cuándo llegan, pero el operativo de seguridad arranca a principios de julio: se prohíben los drones y quedan vetados los paseos en globo aerostático y las excursiones privadas en barco por la costa. En algún momento de comienzos de agosto, sin ningún anuncio oficial, Xi Jinping y su círculo más cercano simplemente desaparecen de la vista pública. Los registros muestran que el receso suele durar entre 10 y 14 días, período en el que los máximos dirigentes no aparecen salvo que medie una urgencia nacional, como un desastre natural.
La elección del destino no es casual: encaja con el mensaje que Xi viene machacando desde que convirtió la lucha anticorrupción en bandera personal de su gestión. Beidaihe está salpicada de villas grises de estilo soviético, muchas con carteles pintados de rojo y nombres como «Sanatorio de los Trabajadores». El historiador Rana Mitter, especialista en China moderna, sostiene que ese perfil austero refleja el mandato más amplio de Xi: que cada funcionario actúe con humildad y entienda cuál es su lugar dentro del Partido.
Un balneario con 50 millones de visitantes al año
Pese a su apariencia modesta, Beidaihe recibe unos 50 millones de turistas nacionales por temporada. Desde el agua —fría incluso en pleno verano— se llega a ver el paso de Shanhai, la puerta fortificada que marca el extremo oriental de la Gran Muralla. Lo único que no va a ver ningún visitante es rastro alguno de los dirigentes del país.

El retiro veraniego del Partido en esta ciudad se remonta a 1953, cuando Mao Zedong la eligió como sede de trabajo de verano para la cúpula dirigente. Mao era un nadador entusiasta de mar abierto, y en una época sin aire acondicionado —ni ventiladores, muchas veces—, escapar del calor sofocante de Beijing tenía sentido práctico además de político. La cercanía con la capital terminó de consolidar a Beidaihe como el lugar ideal para definir la agenda política nacional en un momento más relajado del calendario.
Uno de los episodios más determinantes de la historia china reciente ocurrió justamente ahí: en la reunión de Beidaihe de 1958, Mao decidió movilizar a todo el país detrás de metas de producción cada vez más desmedidas, según reconstruye Mitter. De esa reunión salió el Gran Salto Adelante, que terminó provocando la muerte de millones de personas por hambruna, producto de una planificación económica catastrófica.
De Mao a Xi, con la política en pausa
Los retiros se interrumpieron durante la Revolución Cultural y se retomaron recién tras la muerte de Mao en 1976. Deng Xiaoping, el líder más influyente de la etapa posterior, solía veranear ahí con su familia, y en los años 80 abrió el balneario al turismo extranjero, en un momento en que China necesitaba divisas con urgencia. Con el tiempo, el rol político de Beidaihe fue mutando: durante los años de reforma económica de comienzos de siglo, los dirigentes evitaban directamente que los vieran de vacaciones, según Mitter.
Hoy, cada año, Cai Qi —jefe de gabinete de Xi— convoca en Beidaihe a más de treinta de los académicos más destacados de China para debatir prioridades nacionales como la inteligencia artificial. La fecha de ese encuentro suele leerse como una pista de cuándo arranca el propio descanso veraniego de Xi y del resto de la cúpula, un momento que, según fuentes cercanas, muchos funcionarios aprovechan para tomarse sus propios días libres. El peso de Beidaihe en las internas de poder del Partido bajó bastante en los últimos años, a medida que Xi consolidó su control, aunque el imaginario popular sobre las intrigas de palacio junto al mar sigue tan vigente como siempre.

Una historia de poder que empieza en el siglo III a.C.
El vínculo entre Beidaihe y el poder es mucho más viejo de lo que sugiere su fachada actual: según registros históricos, el primer emperador chino, Qin Shi Huang, pasó por la zona en el 221 a.C. en busca de una isla mítica donde, cuenta la leyenda, unos inmortales guardaban el elixir de la vida eterna.
Su versión moderna nació en 1898, cuando el gobierno Qing abrió al comercio internacional el cercano puerto de Qinhuangdao y designó oficialmente a Beidaihe como lugar de descanso estival, donde chinos y extranjeros podían convivir. La primera guía de viajes sobre la zona apareció en 1921, y con la fama del balneario creciendo, funcionarios del Kuomintang y diplomáticos extranjeros levantaron villas de verano a lo largo de la costa a comienzos del siglo XX.
Tras el triunfo comunista en la guerra civil de 1949, el Partido tomó posesión de esas villas desocupadas y montó ahí sanatorios para soldados heridos y centros de retiro para su cúpula. Mao ocupó las villas número 1 y 99, y según distintos testimonios, solía extender su estadía más de lo previsto, lo que empujaba a otros dirigentes a hacer lo mismo. Entre las villas más recordadas está la antigua residencia de Lin Biao, el mariscal que llegó a ser designado heredero de Mao: la versión oficial dice que huyó de la villa número 96 tras fracasar en un intento de derrocarlo, y murió en un accidente aéreo en 1971, aunque la causa real de su muerte sigue en debate entre historiadores.

Fue también en Beidaihe donde Mao escribió uno de sus poemas más conocidos, «Langtaosha: Beidaihe» («Las olas arrastran la arena»), que arranca con imágenes de olas enormes y un mar tan agitado que hasta los barcos pesqueros desaparecen de la vista, y que recorre la historia china desde el primer emperador hasta el presente usando al mar embravecido como metáfora del paso del tiempo.
Entre la vigilancia y el turismo de a pie
El periodista alemán Johnny Erling, que cubrió China durante casi cuatro décadas, contó que visitó Beidaihe en numerosas oportunidades entre los años 80 y 2019 para tratar de entender mejor a la élite política del país, y que la policía siempre le advertía que se mantuviera alejado de ciertas zonas: cuando alguna vez se acercó al área donde se cree que está el complejo reservado para la cúpula, la seguridad se activó de inmediato.
Aunque no está entre los litorales más espectaculares de Asia, el atractivo de Beidaihe pasa por la combinación entre historia, cultura local y paisaje costero. Su ubicación en el norte del país también la convirtió en destino popular entre turistas rusos: unos 50.000 la visitan cada año.
En los últimos tiempos, además, sumó un polo cultural propio en las cercanías: Aranya, un desarrollo costero de arquitectura vanguardista —con una capilla frente al mar incluida— que se volvió uno de los destinos de estilo de vida más influyentes entre los jóvenes chinos, y que atrae artistas, arquitectos y emprendedores.
Entre la vigilancia extrema para la cúpula y el turismo masivo de a pie, Beidaihe termina ofreciendo, como resume un visitante habitual, niveles muy distintos de acceso y privilegio según quién sea el que llega.
Co-fundador de ReporteAsia.














