Los pronósticos indican que el fenómeno de El Niño actualmente en desarrollo en el Pacífico tropical se intensificará hasta convertirse en un evento fuerte o muy fuerte hacia fines de este año. Su llegada reorganiza los patrones de lluvia en todo el planeta: mientras partes de América y África oriental tienden a recibir precipitaciones más intensas, los monzones asiáticos se debilitan y se instalan condiciones más secas sobre el este de Australia, el Sudeste Asiático, la India y el sur de África.
Esta combinación de calor y disrupción hídrica podría tener consecuencias concretas sobre el suministro de alimentos, en particular sobre el arroz. A diferencia del trigo, donde una mala campaña en una región suele compensarse en otra, la producción arrocera está concentrada en Asia y solo una porción menor se comercializa internacionalmente. El último El Niño, en 2023-24, ya amenazó las existencias; este podría resultar peor para la agricultura, porque el cambio climático suma calor adicional sobre las lluvias alteradas.
Por qué el arroz es el cultivo a vigilar
Más de la mitad de la población mundial depende del arroz. India y China producen más de la mitad de la oferta global, y el cereal aporta más de la mitad de las calorías diarias en países como Bangladesh, Vietnam y Camboya.
Los hogares más pobres destinan la mayor proporción de sus ingresos a la comida, por lo que los picos de precios los golpean primero y con más fuerza. En 2007-08, el precio del arroz prácticamente se triplicó, estallaron disturbios alimentarios en decenas de países y en Haití la agitación contribuyó a la caída del primer ministro. Asegurar el arroz trasciende lo alimentario: sostiene el orden público.
Se trata además de un cultivo sediento. La mayoría de las variedades de alto rendimiento fueron desarrolladas para arrozales inundados, donde el agua suprime malezas, favorece la floración y el desarrollo del grano, y ayuda a mantener frescas las plantas. El arroz de secano, más resistente, requiere menos agua pero rinde menos, por lo que los mejoradores genéticos buscan trasladar su tolerancia a la sequía hacia las variedades de tierras bajas que cultiva la mayoría de los productores.
Si El Niño de este año resulta severo, podría afectar simultáneamente el suministro hídrico de varios grandes productores, de modo que los déficits se acumulen en lugar de compensarse. A esto se suma que los precios de los fertilizantes se dispararon en 2026 por la guerra con Irán y la disrupción del Estrecho de Ormuz, lo que agrava una campaña ya difícil.
El talón de Aquiles del riego
Alrededor de tres cuartas partes del arroz mundial proviene de arrozales de tierras bajas irrigados. El riego amortigua la irregularidad de las lluvias en años normales, pero depende de fuentes como ríos, embalses y deshielos, todas susceptibles al impacto de El Niño.
Australia lo ilustra con claridad. La región de Riverina, en Nueva Gales del Sur, produce uno de los arroces más eficientes del mundo en el uso del agua, pero compite por el recurso con plantaciones permanentes como los almendros, que requieren riego constante. En las peores sequías, la cosecha arrocera australiana cayó a una pequeña fracción de la producción normal.
Un shock que viaja rápido
El arroz se comercializa poco: la mayor parte de lo que un país produce se consume internamente y las exportaciones suelen representar menos del 10% de la producción. Por eso, una disrupción en unos pocos grandes exportadores puede mover los precios con velocidad.

En 2023, la India restringió sus exportaciones para proteger los precios domésticos y provocó una escalada global. El panorama se revirtió recientemente: el país acumula existencias récord y exporta con intensidad tras levantar las prohibiciones, lo que alivia los precios. Pero esa situación no está garantizada. Durante la crisis arrocera de 2007-08, las prohibiciones a la exportación y las compras de pánico fueron los principales impulsores de la suba.
Si El Niño golpea varias regiones a la vez, podría desencadenar restricciones y acaparamiento a mayor escala. Los más perjudicados serían los países pobres dependientes de importaciones de arroz, como Filipinas y varias naciones de África occidental.
Prepararse es posible
Los agricultores de Indonesia se apuran a sembrar antes de la llegada del fenómeno, y sus pares en otras latitudes también intentan adaptarse. La investigación científica tiene un papel central: el arroz silvestre era una gramínea modesta, de granos pequeños y bajo rendimiento, que miles de años de selección convirtieron en el cultivo actual. Todavía queda margen para hacerlo más resistente al estrés, más adaptado al clima y más eficiente en el uso del agua. Trabajos recientes sugieren que algunas variedades pueden conservar agua sin una penalidad evidente en rendimiento y calidad, incluso con suministros limitados.
Las prácticas agrícolas también ayudan: dejar secar los arrozales entre riegos, irrigar más tarde en la temporada o cultivar el arroz de manera más parecida a un cultivo de secano. Aunque con un límite: el agua estancada protege al cultivo de los extremos térmicos, enfriándolo en el calor y amortiguando el frío, por lo que reducirla demasiado puede exponer las flores a daños en la etapa más vulnerable.
Más allá del campo, la preparación exige mejores pronósticos, inversión sostenida en investigación y una decisión compartida entre las naciones arroceras de mantener el comercio abierto en lugar de acaparar en la crisis. El mundo no está indefenso ante un El Niño fuerte, pero el suministro de arroz de este año enfrenta una prueba real, con apuestas altas no solo para la seguridad alimentaria, sino también para la estabilidad global.
Co-fundador de ReporteAsia.













