El triunfo del más débil ¿Porqué los gigantes globales están perdiendo las guerras modernas?

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Las métricas tradicionales de poder material (PIB, presupuesto de defensa, tecnología furtiva) colapsan frente a variables intangibles como la voluntad de resistencia, el santuario geográfico y la parálisis por disuasión mutua.

La premisa de que las crisis escalan por error de cálculo es una constante en la historia de las relaciones internacionales. En el caso de Irán, la errática dinámica de presiones mutuas con EE.UU. ha rozado el conflicto abierto debido a interpretaciones cruzadas sobre las líneas rojas del adversario. Sin embargo, el contraste entre Venezuela y Cuba es clave desde el punto de vista de la «percepción de resistencia».

En Venezuela, la opción militar formal estadounidense nunca se ejecutó sustancialmente porque el cálculo estratégico arrojaba que el régimen dependía de equilibrios internos frágiles y de un soporte externo (ruso-chino) transaccional. En cambio, respecto a Cuba, la persistente disuasión de la opción militar responde a un axioma doctrinario: Washington sabe que el aparato de defensa cubano está estructurado bajo la concepción de la «Guerra de Todo el Pueblo». Al igual que Irán, la isla representa una cultura política y militar dispuesta a asumir niveles de destrucción catastróficos antes que la rendición. Frente a actores con ese umbral de resistencia, el costo político-militar de una invasión anula cualquier beneficio racional.

En la guerra convencional, la victoria se define por la destrucción de las fuerzas del enemigo o la captura de su territorio. En la guerra asimétrica de desgaste, las reglas cambian: el fuerte gana solo si logra una victoria total y rápida; al débil le basta con sobrevivir para ganar.

Irán ha perfeccionado la guerra híbrida a través de su «Eje de la Resistencia». Su victoria no es militar, sino estratégica. Al utilizar tecnologías de bajo costo (drones kamikaze de la familia Shahed, misiles antibuque y balísticos tácticos), obliga a EE.UU. e Israel a disparar interceptores (como el sistema Patriot o el Iron Dome) cuyos costos unitarios superan en cien veces al vector atacante. Es una sangría financiera e industrial insostenible a largo plazo.

La campaña en Gaza demuestra los límites del poder tecnológico; a pesar de la devastación superficial, la densa red de túneles opera como un santuario táctico insoldable para las fuerzas convencionales. En el norte, Hezbolá plantea una amenaza multidimensional con más de 150.000 cohetes que paraliza la economía israelí, forzando un empate táctico que daña la doctrina de disuasión absoluta del Estado hebreo.

El frente ucraniano encarna esta misma lógica en un entorno híbrido; aunque el potencial industrial de Rusia es inmensamente superior, el sostén logístico occidental y la adaptación tecnológica ucraniana (mediante el uso masivo de drones y guerra electrónica) han convertido el conflicto en una guerra de desgaste estática. Si Ucrania logra preservar su condición de Estado soberano y agotar la voluntad económica y demográfica rusa, el resultado final, incluso con pérdidas territoriales, equivaldrá a una victoria estratégica frente al agresor mayor.

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Al parecer estos tres conflictos en desarrollo aprendieron muy poco de otros que se desarrollaron en forma contemporánea como fue la derrota de la Unión Soviética en 1989 y la retirada de la OTAN en 2021 en Afganistán, que lo conocemos como el cementerio de los imperios, parece que el ser humano tropieza dos veces con la misma piedra.

Finalmente, la lectura sobre el mercado petrolero complementa el análisis político con el realismo económico. La razón fundamental por la cual las tensiones militares en el Golfo Pérsico o el Mar Negro no han disparado de forma permanente el barril de crudo Brent por encima de los 100 dólares no es la abundancia de oferta, sino la desaceleración estructural de China.

Por factores económicos (la crisis de su sector inmobiliario y la transición hacia energías limpias) y decisiones políticas (la acumulación estratégica de reservas rusas e iraníes con descuento fuera del circuito del petrodólar), Pekín ha enfriado su demanda global de importación. Al ser el principal motor del consumo energético mundial, la retracción china compensa el “premio por riesgo geopolítico” que los mercados de futuros debieran aplicar ante la inestabilidad en Medio Oriente.

Conclusión

Nos encontramos ante un cambio de paradigma sistémico; la era de la unipolaridad militar y de la infalibilidad tecnológica de las grandes potencias ha concluido. El orden internacional actual está determinado por la eficacia de la guerra asimétrica, donde los actores intermedios y débiles, mediante la resiliencia socio-militar y el uso inteligente de tecnologías de bajo costo, logran imponer empates que desgastan la hegemonía de los gigantes globales.

La estrategia sin inteligencia es ruido, la inteligencia sin estrategia es irrelevante”

Sun Tzu

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GB (R) PhD Oscar Armanelli
Ciencia Política UB
Defensa Nacional UNDEF
Profesor Universitario UA
Mg. Historia, Estrategia, Geopolítica, Ciencias Militares y Operaciones de Paz ACAGÜE Chile