El fenómeno del voleibol japonés

Parte 1: recibir

Una pelota “al voleo”

Corría el año 1895 y William Morgan se desempeñaba como directivo de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por sus siglas en inglés) en Massachussets, Estados Unidos. Años antes, había conocido a James Naismith, inventor del básquetbol, y juntos decidieron formarse como profesionales de educación física en la asociación. La práctica del basquetbol ya se estaba difundiendo con éxito, sin embargo, William observó que no todos contaban con el físico exigente que este deporte requería, lo que, ya sea por edad, debilidad u otras causas, dejaba fuera a muchos grupos. 

Fue así que, tomando inspiración del propio básquetbol -como así también del hándbol, tenis y bádminton-, y utilizando además sus propios conocimientos sobre técnicas de entrenamiento, ideó un deporte más amigable atléticamente que permitía una participación colectiva mucho más equitativa. Lo llamó “mintonette”.

Como ninguna pelota de los deportes disponibles cuajaba en peso y tamaño para desarrollar el juego, solicitó la creación de una pelota nueva y especial a la compañía A.G. Spalding & Bros. Durante la presentación de este nuevo juego, alguien versado en marketing de la época le sugirió a Morgan un cambio de nombre: siendo que al fin y al cabo la pelota estaría “al voleo” (volley), mejor llamarlo volleyball

El tiempo pasó y las reglas se fueron ajustando. Surgió un vocabulario específico – setter (armador/colocador), middle blocker (bloqueador central), outside hitter (punta/atacante externo), opposite (opuesto), libero (líbero). El objetivo, por supuesto, es hacer puntos al equipo contrario. Pero para ello, la pelota no debe tocar el suelo en tu propio campo, nunca. Una tríada vital tomó forma: recibir, colocar y rematar.  Para poder hacer el punto, entonces, primero hay que recibir.

El deporte como política del Japón moderno

Desde que Japón abriera sus puertas a Occidente en 1853 luego de 200 años de encierro, todo ingresaba a raudales. Para el Japón que había permanecido ajeno al desarrollo acontecido al otro lado del mundo, urgía ponerse a la par lo antes posible, y los deportes no serían una excepción. 

“Abundante evidencia fotográfica de mediados del siglo XIX demuestra que, en promedio, los japoneses eran de estatura más baja que los europeos y estadounidenses. Por lo tanto, las personas en los círculos gubernamentales, militares y educativos consideraron la ‘mejora’ física de los cuerpos japoneses como una prioridad”, explica Taylor Atkins en su libro A History of Popular Culture in Japan. Si bien Japón no carecía de actividades y disciplinas propias, lo cierto es que ahora buscaba medirse según los estándares establecidos por los países occidentales. Era necesario, para este nuevo Japón, pasar a formar parte del club de potencias.

Sin embargo, no todo lo occidental le era absolutamente ajeno. Según reproduce Atkins, el ministro de educación Meiji, Mori Arinori, reivindicó valores samurái y afirmó por aquel entonces que la formación física era un elemento indispensable para la formación del carácter (“si el cuerpo es fuerte, el espíritu avanzará sin decaer”). Algo del espíritu japonés encontraba eco en lo que Occidente ofrecía, y brindaba un espacio de desarrollo común. De hecho, estas décadas de influencia externa inicial dieron pie a las primeras experiencias para un Japón que, cien años después, crearía conceptos o dispositivos “híbridos” (algo japonés y algo occidental), como el kaizen o el walkman. Pero esa es otra historia. 

voleibol
Mujeres de escuela secundaria jugando al fútbol en 1916 (© Yoshihiro Sakita, et al. Japan Journal of Physical Education, Health and Sports Science. March 11, 2021)

A tono con esta visión, muy pronto el deporte competitivo y sus espectadores (es decir, el deporte entendido como espectáculo) penetraron en la vida nipona adulta, pero encontraron también un nicho entre niños y adolescentes que crecían bajo el nuevo sistema educativo modelado – una vez más- según Occidente. El béisbol (yakyū) en particular se volvió sumamente popular, y pronto se convirtió en el epicentro de las actividades escolares que comenzaron a conformarse en torno a clubes deportivos. La palabra undōkai, que hace referencia a los festivales deportivos realizados en el contexto escolar, se incorporó al vocabulario japonés como una práctica sostenida hasta el día de hoy.

Curiosamente, no pasaría mucho tiempo hasta que el voleibol pisara tierras niponas. La YMCA tenía una amplia red que llegaba hasta Asia, y a través de su sede establecida en Tokio en 1880, el voleibol se hizo presente y fue difundido a partir de 1909.  Acompañando el desarrollo de este deporte, en 1927 se establecería la Asociación de Voleibol de Japón.

Todo parecía indicar que Japón transitaba un crecimiento sin techo. Hasta que nos acercamos a la década de 1940, la escalada militarista y la Segunda Guerra Mundial. El camino de Japón se reformularía tras las trágicas bombas de Hiroshima y Nagasaki. Había que comenzar (a recibir) de nuevo.

 

Magia en la cancha 

La vida no era fácil en el Japón de la posguerra. Con ciudades destruidas, una economía en crisis y muchas bocas que alimentar, las autoridades del país planificaron una emigración calificada que les permitiría aliviar, aunque sea temporalmente, la situación local (entre los destinos elegidos se encontraba Argentina, aunque ya volveremos a eso).  En casa, la planificación giraba en torno a la reconstrucción, una que comenzaba a vislumbrarse gracias a la inyección de capital de los estadounidenses – quienes, vale aclarar, ocuparon el territorio nipón por varios años para asegurarse de que iba en el “rumbo correcto”. Toda oportunidad laboral era más que bienvenida y ninguna familia podía darse el lujo de rechazar trabajo. 

Nichibo Kaizuka (hoy Unitika), en la ciudad de Osaka, era una de las tantas fábricas textiles que brindaban empuje al Japón de posguerra. Sin embargo, no era una más del montón. Muchas de sus trabajadoras habían practicado voleibol cuando eran estudiantes, y pronto conformaron un equipo oficial en el seno de una industria en recuperación. Al frente del equipo se hallaba el líder que lograría encauzar este potencial. Hirofumi Daimatsu, un veterano de la Segunda Guerra Mundial y ex jugador de voleibol, había ingresado a trabajar a Nichibo en 1941. Era un hombre exigente, con un perfil formado a base de sacrificio y duras experiencias personales (la historia de cómo condujo exitosamente a una unidad de soldados a través de la jungla birmana ha sido ampliamente difundida). Los entrenamientos, en consecuencia, eran tan extremos como la personalidad de Daimatsu: comenzaban al terminar la jornada laboral, tenían lugar seis veces a la semana, e implicaban una serie de ejercicios que, si no se lograban satisfactoriamente, podían extenderse hasta la madrugada del día siguiente. Este era el método del “entrenador demonio” (así se lo llamaba) que las jugadoras acataban sin queja. 

En 2021, el documentalista francés Julien Faraut plasmó la historia de este equipo en Les Sorcières de l’Orient (Las Brujas del Oriente). “Al principio, caíamos al suelo como se hace en judo, de costado y luego te levantas”- cuenta una de las ex jugadoras en la película – “Primero entrenábamos sobre alfombras, y luego lo hacíamos en la cancha. Pero no creo que el entrenador estuviera pensando en judo al principio, sino en muñecos daruma”. Sí, aquellas tradicionales figuras regordetas y rojizas a las que se les pide un deseo pintándoles un ojo, y se les dibuja el restante cuando el deseo se cumple. “Se enderezan inmediatamente si los empujas, y esto lo inspiró, le dio la idea de recibir la pelota mientras ruedas”. Daimatsu, entonces, también logró dominar el arte de combinar lo japonés y lo occidental. 

Con Daimatsu a la cabeza, las “Brujas del Oriente” (nombre que las consagró) pasaron de ser un equipo de trabajadoras de fábrica a integrar la selección nacional femenina, alcanzando el récord de 258 victorias consecutivas y ganando además el campeonato mundial de voleibol de 1962 y la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. Tokio fue, de hecho, el debut del voleibol como deporte olímpico.

Debido a su enorme influencia y trayectoria, en el año 2000 Daimatsu fue incluido en el Salón de la Fama del Voleibol. Es por ello que, aunque algunos de sus métodos hoy podrían pensarse como controversiales, es incorrecto juzgarlos por fuera de su propio contexto: en el Japón -pero, sobre todo, en el de posguerra- se entendía que nada podía lograrse sin ese nivel de sacrificio y disciplina.

(continúa en la próxima entrega)

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Licenciada en Estudios Orientales (Universidad del Salvador). Especialista en Relaciones Públicas. Cuenta con una diplomatura superior en Educación, Imágenes y Medios (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Tiene una Maestría en Industrias Culturales, Política y Gestión (Universidad Nacional de Quilmes). Es profesora de la clase sobre Japón en la materia Procesos Interculturales, de la Maestría de Diversidad Cultural (Universidad Nacional de Tres de Febrero). Imparte cursos de capacitación sobre historia, cultura y protocolo de China, Corea y Japón (Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco).